Talleres Puebla

Mayo, 2011

“…el único futuro, es el presente…”

Esta es una frase recurrente en un libro que leí esta semana y en el cual, encontré textos maravillosamente escritos que me desnudaron el alma, porque pareciera que son como si mi corazón y mis pensamientos hablaran a través de ellos.  En esta novela, la narradora vive una lucha continua contra La Otra, una batalla mental que la tiene al filo de la vida y la muerte al mismo tiempo; esa Otra es una misma, la que nos impulsa y nos anima a seguir adelante o la que nos persigue a cada instante, nos acosa, nos orilla a ya no dar un paso más; la que nos sabotea, juzga cruelmente y persigue. Esa Otra tiene el don y la virtud de surgir dentro de nuestra mente, atormentarnos en el momento más inoportuno y, de pronto hacerse presente en los espejos en los que nos miramos; puede ser benévola y comprensiva en ocasiones o tremendamente cruel en otras.

Los espejos no mienten…no saben hacerlo, solo irradian lo que sí es, lo que sí está. Son superficies brillantes, frías, luminosas. Nos pueden seducir, atrapar, cautivar; pero también asustar; incluso aterrorizarnos cuando vemos en ellos lo que no queremos mirar.

Se pueden presentar enmarcados en maderas talladas y elegantes o bien ser un simple trozo de vidrio; son atractivos y muy indiscretos, porque a través de ellos también podemos mirar a los demás. Los espejos podrían ser grandes narradores, contar miles de historias sobre de todo lo que han visto y que acumulan en su memoria sin tiempo. Sin embargo, se mantienen mudos y nos regalan en silencio lo que queremos mirar o ver en ellos.

Al enfrentarme a ese juez implacable, me veo reflejada en su luz plana y brillante, me observo detenidamente y la imagen que me devuelve no me gusta, no me reconozco. Atrás de mí, se insinúa la gélida presencia de esa Otra que, con una sonrisita entre sádica y burlona, me observa desde su limbo gelatinoso y me obliga a mirarme detenidamente… ¡Mírate!, me ordena. Siento en mi interior una energía, unas ganas de vivir que no coinciden con mi exterior, me veo cansada y triste; sobre todo mis ojos, están muy tristes. Mis párpados se están abandonando a la ley de gravedad; pero dentro de mí siento que todavía estoy llena de vida, con ganas de hacer muchas cosas.

Me sigo observando en medio de reflejos luminosos, ignorando a esa sombra que me vigila callada y en silencio. Veo que el paso del tiempo ya se hace notar en mi cuerpo y en mi piel, ¡hasta en los lóbulos de mis orejas!, incluso descubrí: ¡tres canas en una de mis cejas y dos pelos negros, como de bruja, debajo de mi barbilla!, además de mi pelo ya canoso. Mi rostro de un tiempo a la fecha tiene una expresión que tampoco me gusta, me veo seria y como enojada, sin embargo, dentro de mí, la alegría y el amor todavía llenan mi corazón; sorpresivamente me inunda una enorme nostalgia por los tiempos pasados en que mi rostro era un reflejo de juventud y felicidad.  

Continúo mi observación y veo un cuerpo que todavía es joven y que, con ejercicio, puedo mejorar en un 100%, claro que esto implica mucha disciplina, entusiasmo y un ingrediente muy especial: ilusión de….  Mis brazos siguen siendo mi tormento, nunca me gustaron porque tengo constitución “fuerte” y ahora además están un poco flácidos y gordos. Mis manos reflejan todo lo que he trabajado, ya logré aceptarlas y quererlas, antes sufría muchísimo al ver cómo se iban deteriorando. Mis pies han sido el soporte de una vida de lucha y esfuerzo. Mis piernas, que fueron armoniosas y torneadas, están cediendo al tono muscular, algunas venas se transparentan, como si quisieran salirse de mi piel, en las pantorrillas, en los muslos, atrás de las rodillas, son como un “tatoo”, se asemejan a las raíces de un árbol desgajado; mis senos y mis nalgas están perdiendo firmeza. En general, me conservo delgada y fuerte, me veo desnuda y sigo teniendo un aspecto juvenil para mis 53 años, soy muy ágil, flexible y tengo una piel noble. Me encantaría volver a ser amada y sentir esa sensación de placer en todo mi cuerpo, ¡rejuvenecería en un instante por aquello de las endorfinas! Mis canas proyectan “edad”, pero me dan una personalidad interesante. Sé muy bien que si me pintara el pelo me quitaría 10 años de un plumazo; pero no, me gustan mis canas y mi cara lavada, me siento bien así, sin la esclavitud del salón de belleza o el tiente en casa.

Siento que a mi edad me puedo dar el lujo de sentirme yo misma, esa sensación de libertad de ya no ponerme la máscara que me haga ver diferente a quien realmente soy. Esa carrera por mantenerse joven físicamente a pesar de todo y contra todo no va conmigo, he visto a tantas mujeres perdidas en sí mismas por los efectos de las cirugías, unas quedan hermosas; pero sus mentes ya no coinciden con su físico y otras francamente lucen patéticas.

Hoy por hoy, prefiero trabajar con mi interior y mi intelecto, que estarme maquillando. Eso no quiere decir que sea yo una facha, no, nada de eso, tengo mi estilo y siempre estoy arreglada dentro de lo casual. El fashion quedó agotado entre los 18 y los 45 años, posteriormente le fui dando un giro a mi apariencia, cosa que ha afectado mucho a mi hijo Eugenio, las canas no le gustan, le entristece tener una mamá que se ve “vieja”. Debo confesarlo, la economía también contribuyó a este cambio, porque la belleza cuesta.   Físicamente soy de estatura regular, ni fea ni bonita, pero sí con clase y presencia.

Al estarme analizando ante el espejo, detengo mis ojos en el mueble al cuál está integrado un “tocador” con cajones a los lados que era de la recámara de mis padres y mi mente se empieza a desdoblar; mueble y espejo me conducen en sentido inverso al tiempo, a mi niñez y a mi juventud y viene de golpe otro recuerdo: el de un enorme espejo que estaba en la sala de la casa familiar, de hecho eran dos, rectifico, el otro estaba en el comedor, encima del “bufetero”. Estos espejos no se borrarán nunca de mi mente, crecí mirándolos y mirándome en ellos, estaban colgados, por su peso y tamaño, en paredes estratégicas de la casa, ¡por donde pasaras te reflejabas en ellos! Eran hermosos, te atrapaban por su belleza y te obligaban a mirarlos y a mirarte en ellos; cuando salía de casa, para darme un último vistazo y cuando llegaba, porque era inevitable toparme con ellos.

¡Cuántas historias familiares se reflejaron en sus lunas, cuántas vidas fueron observadas por ellos como en un carnaval multicolor y cuántas discordias ocasionaron al morir mi padre! Todos los hermanos los codiciaron…unos con discreción y otros con franca impudicia.

Mi mente encuentra en esos recuerdos un pedazo de mi vida atrapada entre los destellos de esos espejos, sonrisas, llantos, juventud, familia, penas,  inocencia; pienso en una vida pasada y siento mucha nostalgia. Mis ojos regresan en el tiempo y me vuelvo a ver en mi espejo actual, empotrado en ese mueble que pertenece a aquel tiempo pasado y que está conmigo en el presente; en mi habitación, me observa día a día, de igual manera que aquellos me observaron en otra época. La Otra. Siento su compañía. Me deja tranquila y observa con ternura la imagen que me devuelve este espejo de mí misma; ahora es de conformidad, acompañada de un sentimiento de total aceptación: siento que, mientras llega el final, habrán muchas cosas por venir, por hacer, conforme la voluntad de lograrlo no se vaya de mi vida. Incluso a la Otra, cuando llegue el momento de seguirla, cuando insista, persista y se empeñe en que la acompañe a mi último destino, quiero recibirla, acunarla muy dentro de mí, seguirla... y abandonarme a ella.

Consciente de que ese tiempo llegará, cada día descubro algo nuevo dentro de mí, escribir ahora mismoha sido la llave correcta que conecta de manera exacta y perfecta con mi cerradura interior. He abierto una puerta y de ella han salido, como mariposas largamente dormidas, atesoradas, ansiosas, torpes, tropezándose entre sí por ver la luz hasta encontrar su justo lugar: las palabras.

…y me digo a través del espejo: “…tu único futuro, Tere, es tu presente…”

 

Ana Teresa Mercado A.

Taller Demac en la Universidad Iberoamericana de Puebla,
como parte del Programa Universitario para Adultos Mayores

 

¿Qué opinas de este texto? Escribe aquí tus comentarios o envíalos a diana.perez@demac.org.mx