de Elvira Hernández Carballido.
Laura Martín*
23 de marzo de 2011
Celebramos la publicación de “Dos violetas del Anáhuac”, donde Elvira Hernández Carballido realiza un homenaje al quehacer periodístico de Laureana Wright y Mateana Murguía. Y qué mejor manera de hacerlo, sino siguiendo su ejemplo, al escribir, como ellas hicieron, sobre la vida de otras mujeres destacadas. Al hurgar en la historia nacional, en la de los grandes acontecimientos, la de las batallas memorables, la de los momentos que cambiaron el rumbo del país, simplemente pareciera que las mujeres no estuvieron allí. Virtualmente ignoradas por los historiadores, no es sino hasta hace muy poco que se habla del papel que jugaron en la historia de México.
Los nombres y apellidos de la gran mayoría de aquellas que fueron más allá del rol al cual parecían destinadas por su condición de mujeres, apenas empiezan a ver la luz. Libros como “Dos violetas del Anáhuac” nos ayudan, precisamente, a ejemplificar el quehacer y la lucha apenas reconocidos de muchas de ellas. Sirven, también, para juntar las piezas del rompecabezas de la lucha feminista en nuestro país, que para muchos no comenzó sino hasta los albores del siglo XX, ignorando claro, que ésta se originó en un convento en el siglo XVII, de la mano de una mujer que empuñó la pluma como medio de protesta y que llamó necios a los hombres que acusaban a la mujer sin razón. A partir de entonces, siguiendo el ejemplo de Sor Juana Inés de la Cruz, muchas otras usaron el papel y la tinta para exigir lo que la sociedad les negaba: una educación integral. A través de las páginas de “Dos violetas del Anáhuac”, nos transportamos a un espacio tiempo -el México de la segunda mitad del siglo XIX- donde la vida de las mujeres transcurría en el ámbito de lo privado y donde lo público estaba reservado a los hombres. Es precisamente en ese contexto que surgen las primeras revistas femeninas, impulsadas por mujeres cuyas particulares circunstancias les permitieron acceder a una educación mucho más amplia y esmerada que el común de sus contemporáneas, y con ello lograron desarrollar una conciencia de género.
Tal es el caso de la prolífica escritora y periodista Laureana Wright, fundadora del periódico “Violetas del Anáhuac” y de Mateana Murguía, su fiel colaboradora y quien la sucedería a su retiro de dicha publicación.
Optar, tal y como hicieron estas dos mujeres, por una disciplina predominantemente masculina como era el periodismo de aquel momento, fue una decisión osada, desafiante y de franca rebeldía frente al status quo. Y es que, sin duda, ambas tenían las agallas propias de quienes no se conforman.
“Violetas del Anáhuac”, a pesar de su corta vida -apenas circuló de 1887 a 1889- fue uno de los precursores del feminismo en México, pues sirvió como tribuna a muchas escritoras de la época para levantar la voz en pro de los derechos de las mujeres. Writgth promovió fervientemente el sufragio femenino y la educación de la mujer como instrumento de emancipación.
Al ser un medio de expresión de nuevas corrientes de pensamiento, “Violetas del Anáhuac” reflejaba una sociedad en tránsito hacia la modernidad. La suya fue una lucha por cerrar la brecha, por poner el dedo en la llaga. Una lucha que recuerda asignaturas aún pendientes, pues hoy las menciones a la igualdad de género, el respeto y la tolerancia son una constante en el discurso público, pero no una realidad totalmente consumada. Laureana Wright fue, nada más y nada menos, que la primera mujer en ingresar a la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística, la academia científica más prestigiada del siglo XIX. Sus artículos se caracterizaron por el tono combativo, el patriotismo y la grandilocuencia decimonónica. Aquí un ejemplo:
“…la mujer perfecta, hasta donde puede serlo nuestra raza, será la que tomándose los derechos y los recursos que indebidamente se le niegan, se levante de la inutilidad en que vegeta, la que sea digna de las altas misiones a las que pueda hallarse obligada, la que sea capaz de dirigir por sí sola al puerto de salvación, la frágil embarcación de su porvenir, la que lo misma sepa ser esposa que socia…”
Los textos de Mateana, en cambio, se distinguían por el tono irónico y hasta mordaz, aunque no estaban exentos de cierto moralismo. Ella criticó, además de temas de interés general, la injusta distribución de los deberes conyugales, la desigualdad en las leyes para hombres y mujeres y algunos modos del deber ser femenino.
Los testimonios de estas dos mexicanas, que como explica la autora, rompían el estereotipo femenino, nos permiten conocer el debate existente en la segunda parte del siglo XIX sobre la educación de la mujer. Ambas defendían la idea de que ésta recibiera una educación que no se limitara a prepararla para los avatares del quehacer doméstico, sino para desarrollarse en los diversos ámbitos de la actividad intelectual.
Ya en tiempos del México independiente se discutía si valía la pena o no educar a las mujeres. Durante el siglo XIX conservadores y liberales ostentaban opiniones divergentes al respecto:
Mientras los primeros consideraban que no era necesario, los segundos, creían que las mujeres debían estudiar humanidades, algo de ciencia y “materias propias de su sexo”, ya que en su papel de madres, caía sobre ellas la responsabilidad educar a los nuevos ciudadanos.
Así, discutiendo, se fue el siglo y siguió imperando la desigualdad entre sexos. Hubo algunos avances, sí, pero las mujeres todavía no podían tomar decisiones importantes sobre su propio destino. El Código Civil de 1884, por no ir más lejos, estipulaba que las mujeres casadas eran “imbéciles por razones de su sexo” y por tanto, no podían realizar ninguna transacción con respecto a sus propiedades sin el permiso del marido.
Ante esta situación, “La mujer contemporánea”, sentenció Laureana en su periódico, “quiere abandonar para siempre el limbo de la ignorancia y con las alas levantadas desea llegar a las regiones de luz y verdad.”
Lo verdaderamente novedoso de su discurso estriba en la argumentación sobre la equidad intelectual entre ambos sexos, así como en la afirmación de que la única diferencia entre hombres y mujeres radica en su desigual nivel educativo producto de la marginación a la cual éstas han sido sometidas durante siglos.
Con respecto a la educación femenina, Mateana, quien fuera profesora, denunció el hecho de que éstas, por el simple hecho de ser mujeres, ganaran menos que los profesores. Cito: “Por una disposición que no nos atrevemos a calificar, los profesores disponen de sesenta pesos y las profesoras solo reciben… ¡cuarenta y cinco pesos!”. Además, creía que la superficial educación femenina conducía a tener “una conducta equívoca” pues se enseñaba a las mujeres a disimular y no ha externar sus verdaderos sentimientos.
Laureana Wright y Mateana Munguía, escritoras, poetas, periodistas, levantaron sus plumas y con ello contribuyeron no sólo a la inclusión de la mujer dentro del periodismo ni a los avances en cuestiones de género, sino también a la discusión pública sobre temas científicos, sociales, culturales, históricos, de actualidad y literarios.
Estoy segura que si ellas pudieran asomarse al México de hoy, se sentirían contentas de constatar que son muchas las mujeres con agallas como ellas, que ejercen el periodismo y afrontan con valor, como escribió Laureana, “las espinas que en este oficio se encuentran”.
Para terminar, quiero reconocer la labor de Elvira Hernández Carballido que, como las dos violetas del Anáhuac, con su pluma ha demostrado que no se conforma.
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Laura Martín Díaz-Caneja.
Nació en la Ciudad de México y radica en Puebla desde el año 2002. Es egresada de la Carrera de Comunicación con especialidad en Periodismo en la Universidad Iberoamericana Plantel Santa Fe y ha estudiado varios diplomados entre los que destacan el de Literatura Mexicana y el de Literatura Hispanoamericana Contemporánea, ambos en la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla. A lo largo de su carrera ha colaborado en diversos medios escritos y algunos de sus cuentos han sido publicados en antologías.
Actualmente imparte clases de Periodismo y Creación Literaria en UNARTE, universidad de la cual es consejera. Colabora también con el Consejo Puebla de Lectura, cuenta con un segmento de literatura en el programa radiofónico Engatusadas y escribe semanalmente en el blog del After y en el periódico Status Puebla.