Talladoras de Palabras

Noviembre, 2009

Caperucita

Llueve, detrás de los cristales llueve y llueve
Sobre los chopos medio deshojados
Sobre los pardo tejados
Sobre los campos llueve
 J. M. Serrat

Buscando mi espacio

La noche estuvo lluviosa, no paró de llover en varias horas. Hacía falta que se llenara de humedad el ambiente. Sin agua no hay vida, nada, ni plantas, ni gusanos, ni moscas.

Casi todo en este cuarto está en silencio, digo casi, porque desde afuera se oye el golpeteo de las últimas gotas del aguacero al caer. A ratos, se alcanza a escuchar el motor de algún coche y el splash que hace al pasar los charcos.

¿Cómo es mi espacio?  He decidido que mi espacio para escribir será mi cama. Es un espacio desordenado, con libros, revistas y ropa encima; no obstante, es mi espacio, mi refugio si estoy triste, si llego cansada, si estoy feliz, por las noches me abraza, me consuela, me reconforta. Me recuerda ser agradecida con la vida, con el universo, con Dios; que tengo una cama tibia que me espera,  que no se queja, no recrimina, no exige. Cuando no ceno o tengo insomnio y doy muchas vueltas sin poder conciliar el sueño igual me place y, cuando caigo rendida  más.

Cerca de mi cama hay un apilable blanco, de plástico, que hace las veces de buró. Alberga de todo: cremas, aromas, colores, pedazos de vanidad  y deleite. Cada envase es especial, pequeños almacenes de sueños, uno huele a menta, otro más a té blanco (me parece un aroma elegante), otro es dulce, sensual, aunque dice mi hija que huele a jarabe para la tos. Arriba hay libros en desorden: Gaby Vargas, Paulo Coelho, una revista con sugerencias para mantener tu cuarto organizado y en orden, una caja de pañuelos desechables  indispensables para lágrimas y resfriados.

Miro detenidamente mi closet de lado a lado, muchos de esos sacos los uso poco, ya no visto tan formal como hice por muchos años, sólo soy formal algunos días.

Noto algo en lo que no había reparado, tengo muchos juegos de sábanas. Adoro las sábanas  ¿Será alguna fijación? No sé qué me recuerdan o qué representan. Ya recuerdo, cuando yo era niña íbamos cada fin de semana a visitar a mi abuela materna, invariablemente preparaba nuestra cama y sacaba sus sábanas limpias, bordadas por ella con dos iniciales, de color liso, siempre de color liso y blancas, olían a hogar, a familia, a sol, al gusto que le daba que la visitáramos y nos quedáramos unos días en su casa.
Aunque mis favoritas son lisas, en algodón, ya sea blancas, azul cielo, verde agua, crema, también tengo estampados florales que envuelven mis sueños por las noches y mis mañanas al despertar.

Estoy sentada sobre unas sábanas con flores en tonos pastel, trazos en rosa, azul y amarillo. Las compré poco después que regresé al D. F. con mi recién nacido y mi hija de cinco años. Son como un símbolo de renovación. Aquellas de cuadrícula azul cielo y blanco las compré en Cuernavaca y me traen recuerdos maravillosos de un breve e intenso romance.

Ahora que lo pienso, mi ex tenía sábanas muy distintas a las mías. Eran de colores oscuros, grandes,  pesadas, hacían juego con su edredón: verde pino, vino, café, blanco y negro con grecas o líneas duras.

No puedo decir que fueran precisamente unas sábanas masculinas, las sábanas masculinas también pueden ser blancas, suaves, limpias. Creo que su mensaje era soy macho, muy macho, uso colores de macho, soy duro.

En fin, cada juego tiene sus propias historias. Si hago un análisis particular de sábanas, no acabaría en días.

Encontré el toque que hace especial mi refugio: las sábanas, mis sábanas, colocadas en mi cama hacen el espacio ideal para escribir ¿El horario? Sin duda, por la noche, sí. ¿Qué más necesito para escribir? ¿Con qué me siento más cómoda? Tiene que ser algo especial…especial.

¿Qué tal la carpeta esquela? Esa de forro verde que compré sólo porque me gustó y algún día iba a servir.

La usé una vez en una ocasión especial. Fui a Monterrey al seminario anual de MK y desfilé en el escenario. Mis apuntes tienen frases importantes, trascendentes. Por esas fechas, mi sobrina dio a luz en un parto muy complicado y por poco no la cuenta. Volviendo a la  carpeta, aún tiene muchas hojas en blanco…y son rayadas.

¿Con qué voy a escribir? Pluma negra con tinta de gel, hubiera preferido pluma fuente, pero no tengo. Pasaron días y yo sin escribir. No es la pluma correcta. Por fin la encuentro. Me la regaló Sandy, mi ex directora de MK. Es una pluma bonita, femenina, en la parte donde se coloca la mano al escribir tiene una cubierta tipo nácar, el cuerpo es negro y en su remate superior se repite el detalle nacarado, y entre éstos impresos dibujos relativos a cosméticos, símbolos.

Hace unos días la usé por primera vez mientras disfrutaba de un té verde con flores en Café Europa Polanco. Platicaba con Gerardo, un artista del café, le llamó la atención mi pluma y me preguntó si me la habían regalado en donde trabajo. Sonreí y le conté la historia, así como la importancia que tiene el reconocimiento al desempeño. Me preguntó si actualmente reconocían mi trabajo, sí, he recibido teteritas, perfumes, cremas, un estuche precioso con variedades de té que mucho tiempo soñé con tener. Sí, es la pluma correcta.

Qué significa mi nombre...siempre creí que hacía alusión a una famosa princesa egipcia, enamorada de un guerrero y cuyo amor terminó trágicamente. Pues no, resulta que no fue princesa, sino esclava, de cualquier todo un personaje.

Sé por mi madre que hasta que tenía cerca de un año todos me llamaban Adriana. Adriana para acá, Adriana para allá. Cuando finalmente me llevaron al Registro Civil, a mi padre, por sus pistolas, decidió registrarme con otro nombre. Siempre me ha gustado. Empieza con A, termina con A, es breve, sonoro, poco común, sus diminutivos suenan bien, etcétera,  etcétera. Nunca antes me había preguntado sobre su significado. Recurrí al Internet y no pude menos que reír con las respuestas que encontré: Acariciada. Mariposa del Nilo. En etíope, belleza. Personaje creado para la música. Estrella del Norte. Variante de Ada. Acróstico de los principios publicitarios: atención, interés, deseo, acción. Vaya, vaya de lo que se viene una a enterar.

¿Cómo me siento con él? Cómoda, orgullosa, va bien conmigo, se amolda a mi persona, es a mí como la sombra de Peter Pan cosida a sus pies. Me gusta como se oye cuando un hombre me llama por mi nombre en lugar de amor, gorda o preciosa; al oírlo pienso que le intereso, el tono también importa, si te lo dice al despertar, con ternura, o simplemente lo dice y repite para sí.

Una anécdota de hace años. Rafael repetía mi nombre una y otra vez mientras miraba la ventana, hasta que lo sorprendió su mujer. Ya no recuerdo que dijo para salvar la situación, pero a mí me hacía morir de la risa, sólo eso. Me sentí halagada y con culpa ajena.

¿A qué huele un nombre? Ups!!! ¿A malvaviscos Bremen frescos? Mmmm… No  ¿A durazno? No,  a chocolate…tampoco. ¡Ya sé! Tiene el aroma de las almendras cuando se tuestan en un comal. Otras veces mi nombre huele a una mañana húmeda, sí, a ese perfume de las plantas después de la lluvia, a corteza mojada. ¡Hey! Creí que un nombre no tenía olor, ni color.

También encontré su color. Tiene varios colores: azul, vino, bugambilia, rojo carmesí, según la situación en la que se use, a veces un negro muy formal y elegante como la ropa o una tarjeta de presentación con letra cursiva.

Si escribo mi nombre debe tener curvas y líneas bien definidas, no es un nombre muy largo, se ve bien.
Definitivamente, no creí que describir y analizar lo que hay alrededor de mí, incluyendo mi nombre y mi espacio, fuera tan fascinante.