Talladoras de Palabras

Julio, 2010

Casiopea

Retrato de una mujer.

Hoy hablaremos de dos aspectos de la vida femenina, la de ser madre que desde niña se ensaya con unas muñecas que arrullamos y la de amante que está vedada, que deseamos y que descubrimos algunas con nuestros novios en sus carros, si tenemos suerte, pero que nos llena de culpas; la primera si la logramos como si no la logramos y la segunda porque la sociedad no perdona que una mujer explore y decida vivir su sexualidad libremente.

Hablar de sexualidad es hablar de un tema vedado, de un tema tabú para las mujeres, por enseñanza no debemos disfrutar, yo alguna vez escuché a mi abuelita que al hombre hay que traerlo bien comido, bien vestido y bien cogido.

Y me pregunté ¿y la mujer que no se merece lo mismo?, ¿qué acaso no tenemos las mismas ganas los mismos deseos?, ¿qué acaso no temblamos con un beso y una caricia? Una cantante decía que con un hueso baila un perro y con sexo el mundo entero.

Recuerdo mi primera vez, fue con mi esposo, fue dolorosa, confusa y llena de reproches, yo terminé llorando y creo que eso marcó para siempre mi matrimonio y mi vida sexual. Durante once años siempre terminé llorando y no porque fuera un magnifico sexo, sino por la falta de un buen sexo, por sus agresiones físicas y verbales; por mucho tiempo aborrecí el sexo y hasta en cierta forma agradecí la llegada de su amante.

Pero hay otra sexualidad, una que acabo de descubrir, la prohibida, la de cuartos de hotel, la de guardar en secreto su nombre y la de gritar mientras se llega al clímax. Este tipo de sexualidad la encontré cuando me decidí a dejar de pensar en el que dirán y a aceptar que estoy viva, que tengo deseos, la encontré en brazos de un hombre mayor, amante de muchas, amigo de pocas y para mi es el maestro y genio que cumple mis sueños, fantasías y me hace  redescubrir todo. Quiero sentir todo como si fuera la primera vez sin fijarme en el mañana y sin darle nombres a esto, no sé si soy santa o soy una mujerzuela, sólo sé que quiero disfrutar.

Lo mismo pasa con la maternidad, estamos tan enfocadas a este rol que sentimos que, si no llegamos a ser madres como las tipo Sara García, llenas de amor y compresión por nuestros hijos, somos unos monstruos.

Recuerdo que cuando me casé me dijeron que, por mi corazón, no podía ser madre y mi suegra me acabó. Y así estuve dos años, cuidándome y evitando ese sentimiento y llevando por dentro el dolor y el estigma de nunca cumplir ese deber sagrado que, según la fe y la sociedad, tiene una mujer.

De pronto el milagro ocurrió, no le dije a nadie porque sabía cuál era la respuesta a este milagro y era la médica: abortar. Guardé el secreto tres meses hasta que no había forma de detenerlo y casi muero, pero cuando vi a mi hijo me sentí llena de muchas sensaciones, unas placenteras, como orgullo, fe y esperanza, y otras dolorosas, como miedo, incertidumbre y terror de no ser buena madre. Y cuando  mi niño lloró toda la noche y no me bajaba la leche, se afianzó más mi terror, pero sobrevivimos a sus tres primeros años, a las tías, a mi suegra, amigas y demás buenas intencionadas que me llenaban de consejos de cómo ser madre.

Luego, un segundo embarazo, esta vez de gemelas y, si pensé terminar mi carrera, esta idea se aplazó, pero me sentía alegre con esta llegada, pero de nuevo la lluvia de consejos y de críticas que no han mejorado con los años. Parece que todo mundo tiene que opinar sobre cómo educas a tus hijos, que casi siempre es la peor según el mundo, si eres estricta, eres una tirana y si  eres su amiga y tolerante, estas malcriándolos.

Y hasta la fecha no siento que haya perdido nada por ser madre, porque en algún momento soy mujer, soy madre y soy soñadora. ¿Mis expectativas como madre? Tengo muchísimas y la mayoría acerca de la felicidad de mis hijos, pero sin querer vivir su vida.

Casiopea.