Lo que vi en el espejo
Frente al espejo me recorro, me gusto; no toda, aunque el conjunto no me es para nada desagradable. El blanco predomina; casi toda la piel es de un blanco tal, que deja ver las venas azules, sinuosas. Siempre ha sido así, desde niña mis brazos y piernas han dejado ver un poco de adentro de mi cuerpo. “Buenas venas para donar [sangre]”, me decían las enfermeras que me vacunaban o revisaban durante los chequeos médicos.
Hoy, la piel pálida y delgada deja ver algunas várices. No es grave, todavía.
Blanca también es mi cabeza. El cabello casi todo es cano. Brilla.
Me he negado a pintarlo, aunque debería hacerlo. Seguramente me vería “más joven”, pero es divertido observar a la gente que cuando me ve, no sabe si soy una vieja desubicada o una joven estrafalaria. Supongo que mi cuerpo les dice “soy joven” y mi cabeza “soy madura”. Sin embargo mi cabello me gusta, es abundante y guarda un equilibrio casi perfecto entre lacio y ondulado. Es una bendición: no es necesario que me preocupe por peinarme.
Mi cara ¿qué decir? La veo diario, varias veces al día; no porque me maquille o la retoque, sino porque me reflejo siempre en algo: en uno de los varios espejos de la casa, en los vidrios de las puertas y ventanas, en la pantalla de la computadora… no es una cara linda según los estereotipos occidentales, menos los más recientes. Es una cara seria, sin muchas arrugas pero con dos líneas bien marcadas en la frente, producto de un casi perpetuo ceño fruncido. Recuerdo muy bien una fotografía, yo tendría unos diez meses de edad ¡y ya tenia el ceño fruncido!
Todo lo demás: cejas, ojos, nariz, boca, mejillas, es regular. Debo decir sin embargo que amo mi nariz; ella es como mi cabello, equilibrada: no sobresale en una punta exagerada, ni se ensancha prominente en medio de mi rostro.
El cuello, el cuello es corto, con una tímida pero visible papada. Los hombros son delgados pero un poco más anchos de lo que puede esperarse para alguien de mi estatura (baja).
Los brazos son delgados, muy delgados; las muñecas de mis manos son pequeñitas, como las de una niña, las mismas manos son pequeñas con dedos largos y delgados. Las uñas son cortas, al ras y sin esmalte.
El torso es delgado y los senos más bien pequeños. Aún no ceden los tejidos, pero tampoco tienen la firmeza de antes. Luego, un pequeño rollo de grasa antes del abdomen. Esa parte realmente me desagrada. La acepto, si, pero no puedo decir que celebro su presencia en mi cuerpo.
Nunca tuve un cuerpo esculpido en el gimnasio, y puedo afirmar que nunca fui esclava de la imagen buscando ser obligadamente la mujer “ideal”, pero me agradaría mucho ser más delgada; bueno, lo que me gustaría básicamente es tener un abdomen plano.
Las caderas son anchas, pero no demasiado. Me gustan; forman unas curvas visibles. Me parece que le dan estabilidad al cuerpo, cierta firmeza.
Mis nalgas son planas, lo cual agradezco infinitamente, porque a su forma atribuyo, primero, que no haya sido, ni sea, blanco de las miradas atosigantes o de los toqueteos de algún macho abusivo; y después, que no acumule, en esa parte, grasa excesiva.
Las piernas son fuertes, bien delineadas: muslos redondeados, rodillas flexibles y pantorrillas marcadas. Me encantan. Nunca las muestro, llevo años, la mayor parte de mi vida, cubriéndolas con comodísimos pantalones, y algunas veces con faldas largas y amplias.
Es verdad que prefiero la comodidad sobre la formalidad e incluso sobre la elegancia, pero en el fondo me da un poco de miedo exhibirlas. Sé que atraen miradas y que las miradas generan expresiones, algunas de legítima admiración, las más, de legítima vulgaridad.
Los pies son delgados, sin juanetes o callosidades; los dedos son muy delgados y hasta los gordos son más bien largos, pero éstos tienen una pequeña saliente en la parte externa, como si quisieran apoyarse más en el piso y necesitaran una extensión de sí mismos. “Tienes pies de princesa”, me dijo una amiga. No lo sé, en los cuentos de hadas, excepto por la Cenicienta, no sabemos nada de los pies de las princesas. De lo que estoy segura es que tengo pies sedentarios, ellos caminan más distancias desde mi cabeza, que desde sus propias plantas.
Esa que veo, esa que me devuelve el espejo me cuadra, me gusta. Las curvas y delgadeces, las partes firmes y las no tanto; el tono muscular, la flexibilidad. La capacidad de movimiento y el ritmo de su música interior.
Sí, me gusta mi cuerpo. Podría estar más cuidado, podría lucir mejor. Pero éste, del que me siento en posesión, el que recientemente me ha hablado y me ha hecho repensar la integridad y la salud, es el que quiero, es el que soy, y el que quiero seguir siendo.
PD. Ya no tengo el cabello blanco. A principio de año y como ritual de renovación, lo teñí. El espejo me dice que, efectivamente, luzco más joven… y los espejos no mienten ¿verdad?
Silvia Llaguno
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Felicidades
Por MARTHA MEDINA (no verificado)Nos das un claro ejemplo de lo que es una descripción personal en primera persona, está muy bien la descripción, eres muy clara, escojes las palabras adecuadas, denota amplio lenguaje. Te felicito. Martha Medina
Martha, Agradezco mucho tu
Por Silvia Llaguno (no verificado)Martha,
Agradezco mucho tu atenta lectura y por supuesto tus comentarios.
Recibe un saludo cordial!
me gusto mucho la descripcion
Por alejandra arriaga (no verificado)me gusto mucho la descripcion que haces de tu cuerpo, el recorrido por el y la aceptacion ante el, Muchas felcididades, muy bonito tu manuscrito¡¡¡