Ya llegamos a la parte final del ensayo de Anna Caballé titulado Figuras de la Autobiografía, publicado por la Revista de Occidente, 1987. Esperamos que sea de tu interés y ayuda para tu propio trabajo autobiográfico…
“… De manera que en la autobiografía sigue teniendo vigencia la prueba de la verificación o de la verdad, aunque, sin duda, tal prueba comportaría, de hacerse, enormes dificultades prácticas, dado que los textos autobiográficos suelen relatar precisamente aquello que el autor de la obra nos puede decir: ahí radica su interés y también la inevitable decepción ante lo que no son más que refritos. En otras palabras, una autobiografía pretende concordar con otros testimonios, y estamos invitados, por convención, a compararla con otros documentos que describan los mismos acontecimientos que se relatan en la obra y con todo aquello que su autor ha podido decir o escribir en otras ocasiones (a fin de determinar su sinceridad). Ningún ejemplo puede ser de mayor oportunidad que la polémica, más bien disputa familiar, suscitada por Juan Goytisolo con su autobiografía Coto Vedado. A su hermano Luis han correspondido las puntualizaciones, las discrepancias interpretativas ante determinados hechos, y también los reproches más duros a la obra autobiográfica de su hermano…
De lo dicho hasta aquí se deduce que el objetivo del lenguaje del autobiógrafo no es representar lo real, en este caso narrar su vida objetivamente, sino significarla en la perspectiva del tiempo o, dicho de otro modo, valorarla en la medida que implica una selección del material biográfico, de los hechos o circunstancias que la jalonaron y que, por ello, alcanzan un valor semiológico: se convierten en signos de una biografía, con todas las limitaciones que impone el hecho de ser uno mismo el objeto de la interpretación. Roland Barthes habla de los biografemas como aquellos aspectos que subsisten en la persona física del escritor más allá de su estado civil, o de las aventuras y fracasos que sin duda conforman la vida de todo hombre:
Si yo fuera escritor y estuviese muerto, cuánto me gustaría que mi vida se redujese, por gracia de un biógrafo amistoso y desenfrenado, a algunos detalles, unos cuantos gustos, algunas inflexiones, digamos: “biografemas”, cuya distinción y movilidad pudieran viajar fuera de todo destino, y venir a tocar, como los átomos epicúreos, algún cuerpo futuro, prometido a la misma dispersión; una vida agujereada, en suma, como Proust supo escribir la suya en su obra, o incluso un film, a la manera antigua, del cual toda palabra se ausenta y donde el fluido de imágenes se ve entrecortado, como un hipo saludable, por el negro apenas escrito del titular.
De aceptar la sugerencia del ensayista francés habría que denominar autobiografemas a aquellas circunstancias de la propia vida que, al ser mencionadas, alcanzan una significación relevante. Y en subrayar el valor de algunas de las mismas coinciden la mayoría de los autobiógrafos: así ocurre con la importancia concedida a los orígenes, el valor de los primeros recuerdos, la idiosincrasia de los padres (y la madre tiene en todo un papel estelar), una frecuente –y diríamos que estudiada- indisciplina escolar que sirve para poner de manifiesto la precocidad y el carácter del personaje. También la llamada del sexo, la forma de asunción del propio destino… son figuras, en fin, admitidas, casi invariables, del relato autobiográfico.
¿Dónde reside entonces la libertad del escritor? Sin duda en la forma como se revisten dichas realidades de mención obligada en los relatos que nos ocupan, en el estilo que acaba por trazar los rasgos del hombre: “todo movimiento nos delata” decía Montaigne, a lo que Starobinsky añade: “toda percepción equivale a un movimiento y también nos delata”. Si nuestra personalidad se define por el carácter de sus percepciones tanto como por la forma de sus gestos o de sus actos, de sobra está decir que, en la autobiografía, más que en cualquier otra parte, el estilo será obra del individuo. Su escritura nos ofrecerá un conjunto de rasgos sintomáticos, algo así como un espesor de equivalencias, que definirán la obra constituyendo una significación de la misma, al poner en relación el texto en sí (significante) con los motivos iniciales de su redacción (significado).
En general, la naturalidad y la fluidez narrativa suelen las características más sobresalientes de la escritura autobiográfica, que destaca asimismo por su buena dosis de afectividad y su escasa dificultad de lectura. Aunque las diferencias entre unos textos y otros sean más que notables: así, cabe oponer el talante reflexivo y vuelto sobre sí de la prosa chaceliana al tono lírico de la arboleda Albertina, al carácter literario de las memorias de Barral, al estilo profundamente innovador de Los pasos contados, o al desenfado de Miguel Mihura. Es de notar, sin embargo, que los géneros autobiográficos han sido hasta el momento los más convencionales de la escritura: la mayoría de los textos autobiográficos suelen ajustarse más a las normas estilísticas de lógica y corrección, próximas al ensayo, que a la experimentación de lo que, en definitiva, debiera ser un libre discurso sobre el yo. De manera que muy pocos escritores se han abandonado a la subversión expresiva con la intención de apresar los vaivenes del alma, o de la experiencia, tal y como se producen. Acaso sea en el aspecto de su formalidad expresiva donde se manifieste de manera más evidente el arraigamiento histórico de la autobiografía, más preocupada por la auto-interpretación de la vida y de los hechos inscritos en su entorno que del alarde creativo. Käte Hamburger, en Die Logik der Dichtung (1968), subraya brillantemente su situación limítrofe y también el hecho de que algunos de los recursos más característicos de la ficcionalización no puedan penetrar en este tipo de relatos: por ejemplo, del relato autobiográfico están excluidos los verbos de proceso interior atribuido a terceros, el diálogo entre personajes si no está presente el narrador, el estilo indirecto libre, etc. Pero, vuelto el guante del revés, supone una exigencia para el autobiógrafo mantener sujetas las bridas de la imaginación y su poder creativo: resulta obvio que la autobiografía permite largos vuelos a la fantasía, a una recreación ad libitum de los hechos vividos. En otras palabras, puede tentar al artista a perder su honestidad y no es éste, pensamos, el objetivo primordial de la empresa autobiográfica, a medio camino entre lo ético, lo estético y lo ontológico.
Porque en efecto, la crónica de sucesos y personajes conocidos es el objetivo superficial, primerizo, de una experiencia más profunda que si bien aparentemente puede seguir el entramado objetivo del curriculum vitae, recorre un camino distinto, impulsado por la búsqueda de un sentido, de un centro. Acaso baqueteado por un ahonda insatisfacción, aunque, a lo peor, resulte una exhibición de vanidades o de altanería. Georg Gusdorf habla de la autobiografía digna de este nombre como de una experiencia iniciática, animada por una intención meta-histórica en cuanto se sitúa en la perspectiva de una ontología de la vida personal. En este sentido, la empresa autobiográfica viene a denunciar la alienación del hombre cotidiano cuyo vivir le impide vivir-se, explorar los repliegues del espacio interior, analizar los conflictos. La búsqueda y consecución de este espacio en el cual pueda manifestarse aquel plus de significaciones que con frecuencia no agotó la vida pública del individuo, o al que ésta ni siquiera dio salida, sí es el objetivo específico de la autobiografía.
Una especialista ya mencionada, Elizabeth W. Bruss escribía poco antes de su muerte, ocurrida en 1981, acerca de la probable desaparición del género autobiográfico, vinculado, como es evidente que lo está, a la complexión psico-espiritual de una época: la profunda transformación de los medios de expresión y de comunicación puede que contribuya a la rarificación de la actividad autobiográfica, tal como la conocemos, hasta extinguirla. Nada más natural para la crítica que hablar de su desaparición después de tanto como se ha escrito sobre su desarrollo. Aunque no sea ésta nuestra impresión: no hay más que observar con cierto detalle la ansiedad que suele mostrar el público y la facilidad con que consume este tipo de literatura, para suponer que la exposición pública del yo se ha convertido en una actividad moralmente aconsejable, y también muy comercial. Sus repercusiones trascienden, dicho sea de paso, las fronteras de la palabra escrita para invadir el mercado discográfico o cinematográfico y también periodístico.
Y es que resulta difícil imaginar la extinción de la autobiografía (¿cómo sería?), pues el deseo de referir y volver sobre la propia vida descansa en el más íntimo centro del ser humano, de tal modo que la imagen ofrecida al lector, siempre inacabada, constituye una amalgama de obras, testimonios, actitudes…, un cosmos en definitiva, cuyos múltiples órganos se hallan al servicio de dicho centro y han sido formados por él. Después de una vida demasiado plena, o demasiado lúcida, la expresión de ese centro suele brotar con naturalidad, casi como el eco de un murmullo que viniera a recordar las palabras de un Narciso en el estanque: Iste ego sum.
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