Literatura Carcelaria

Enero, 2011

Ganando Terreno

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 Sin temor a equivocarme puedo asegurar que el logro más importante para una mujer es llegar a ser madre. Los avances profesionales son útiles y necesarios, pero no suficientes

         ¿Qué pasa cuando por alguna razón te apartan de este derecho de criar y educar a tus hijos?

         Estoy convencida de que son muchas las mujeres que han pasado por mi situación, convivo todos los días con estas historias.

         El 24 de Junio de 2006 mi Dios todopoderoso me permitió darle la vida a un hermoso Ángel con el que prometió darme la felicidad. Tan sólo unos escasos meses lo dejó a mi lado, ni siquiera medio año. Al mismo tiempo, alguien, por alguna razón, decidió que yo era culpable de un delito del que ni siquiera sabía su significado. Lo peor fue que con esa decisión se tomaron el derecho de apartarme de mi hijo.

         ¡Era un bebé casi recién nacido! Y no era culpable de nada. Ya estando en el CERESO, las visitas eran muy reducidas y poco constantes, la distancia se hacía más y más grande, mi hijo me desconocía y yo a él. Pasó el tiempo y cumplidos sus tres años, me trasladaron al CERESO de Puebla, un lugar muy amplio. Cárcel al fin, dirían por ahí, pero a mi me dio el premio de millón. Cuatro años y seis meses tiene mi hijo y el área de trabajo social me permitió, este diciembre, quedarme tres días con él. Jamás lo hubiera imaginado. ¡Qué bendición tan grande!

         Llegó su papá muy temprano para traerlo y con él su maleta de ropa y juguetes, mi hijo estaba muy emocionado, aunque venía un poco enfermo, tenía muchas ganas de quedarse aquí.

Días antes tuve que realizar varias llamadas para informarme de sus horarios, comida, gustos, etcétera.

Teniendo esta sentencia, pensé que nunca volvería a bañar a mi hijo y realizar todas esas cosas pequeñas, quizá, pero muy importantes.

Logré sentarme a la mesa con él y dar gracias a Dios por los alimentos, jugué con él hasta cansarme porque él nunca se agotó. Escribimos juntos la carta a los Reyes Magos, lo cuidé y estuve al pendiente de sus medicinas, lo apapaché y lo consentí hasta que se hartó. Al acostarnos le puse su pijama y le rasqué la espalda mientras se quedó dormido. Yo no podía dormir por contemplar su rostro, su forma de dormir, acariciar su carita y besar sus manos. Al despertar me decía: ¡Qué bueno que aquí estás mamita!

Aprendí a cantar pin-pon y la rata vieja y muchas cosas.

Estoy segura de que voy ganando terreno en su corazón y en su vida, tal vez son muchos años los que faltan para mi libertad, pero creo también en que Dios hará una obra en mi vida

Adriana Palacios Aguirre

23 años

Centro de Readaptación Social San Miguel Puebla

 

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