Talleres Xalapa

Noviembre, 2011

La leyenda de la mujer quelite

 Érase una vez una mujer quelite que siempre se distinguía de entre la multitud por sus hojitas rebeldes por aquí y por allá. Siempre iba de un lugar a otro y encantaba los espacios con su labia y su entusiasmo por emprender nuevos horizontes. Se rodeaba de muchas plantas que se unían a su causa de justicia y libertad y vagó mucho tiempo dejando enseñanzas a muchos. La mujer quelite viajaba rodeada de naturaleza, amaba el campo y todo aquello relacionado con su patria. Siempre vestía colorada, naranja, amarilla, rosa, morado, todos los colores que resaltaban el verde vivo de su espíritu. Colgaba siempre de sus orejas aretes muy peculiares. Algunas veces eran personitas curiosas, otras veces flores, otras veces semillas, en fin, tenía gran variedad para lucir.

Después de haber vagado por muchos lugares y conocer otras hierbas de olor, viajó a un lugar húmedo para conocer nuevas plantas y llegó a la tierra del café y los sones jarochos. Ahí encontró mucha variedad. Conoció muchos lugares nuevos y pensó qué hacer en un nuevo lugar como éste. Entonces recordó un deseo profundo que siempre tuvo además de la lucha por la justicia y esas cosas que tanto amaba; ser una primavera, aquélla ave que cuentan que obtuvo el don del canto después de haber sido repartidos todos los dones de belleza y excentricidad en el reino. Entonces se dio a la tarea de ahondar en el aprendizaje del canto. Volar lo dejaría para más tarde, a fin de cuentas, siempre había volado libre en el pensamiento desde el día en que nació. Cuando el sol se ponía, la mujer quelite estiraba su verde cuello y esperaba que saliera el sonido de su boca, lo malo es que se podía quedar esperando horas y horas, con esa paciencia que tanto la distinguía y nada. Como la mujer quelite era muy perseverante no desistía de su intento y ensayaba todos los días el mismo ritual cuando salía el sol pero no conseguía nada. Se ayudó del gordolobo para mejorar su práctica, visitó a la miel para suavizar su canto, se enfiestó con el tequila para ver si por ahí le salía algo, pero nada. Entonces por primera vez se detuvo y pensó que había fracasado a su deseo. Decidió encerrarse por un tiempo para investigar por qué no habría conseguido tal meta y no obtuvo ninguna respuesta.

Un día, mientras caminaba por los campos se le acercó el sol y le preguntó que porqué estaba tan opaca y desanimada. La mujer quelite le respondió que después de haber logrado tantas metas en la vida, no había logrado una que tanto deseaba. El sol le dijo que contara aquélla tragedia. Entonces la mujer quelite comenzó a contarle la historia de su vida y cómo llegó a la frustración de no lograr el canto de la primavera. Entonces, terminada la historia, el sol se detuvo y se le quedó viendo. Sonrió y le dijo fuerte y claramente: mujer quelite has sido perseverante y justa con quien te rodea, has defendido con tallos y hojas tus convicciones, has ayudado a muchos y ahora que has deseado el canto de la primavera no lo has conseguido, por ello, yo, el rey sol te daré un don que no todas las plantas lo poseen, además del color y la vitalidad de la clorofila, te cedo el don de la confiabilidad. Entonces, la mujer quelite se quedó sentada y meditó aquello que el sol le había dado. Después de una noche salió feliz de su morada y caminó dispuesta a poner en práctica aquel don. En aquél lugar, nuevo, húmedo y ávido de confiabilidad, la mujer quelite empezó a reunirse con sus nuevas plantitas. Comenzó a ver que por alguna extraña y mágica razón las plantitas y las hierbas le contaban muchas cosas y ella disfrutaba y se nutría cada vez más de aquéllas historias. Le gustó tanto esta nueva labor, que se decidió a formar grupos de plantitas por todos lados. La mujer quelite, en menos de lo que había imaginado, era ya la confidente número uno de aquél sitio en donde, de planta en planta fueron dispersando su labor. Todas agradecidas y llenas de historias le regalaban un pedacito de su alma y así, poco a poco, la mujer quelite fue recuperando su brillo y verdor. Desde entonces, cuenta la leyenda, que donde haya quelites habrá sabor, olor y mágicamente la libertad y confianza de contar las historias que guarda el alma.

Alicia Sevilla

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