ARDNAJELA OZNEITAM
Pocos eventos me han resultado tan placenteros como el estado de buena esperanza, como dirían las abuelas; salvo un tiempo de náuseas, vómitos y desazón, todo lo demás fue reír y cantar, me sentí plena y llena, literalmente llena, subí de peso con singular alegría y cero culpas; desde tiempo inmemorial, cuando recitaba “Soy Alejandra Matienzo, cachetitos de manzana, prima hermana de la luna y estrella de la mañana”, tuve algunos kilitos de más con los que he batallado y sigo batallando, por eso, en los embarazos ¡qué gloria!, me lo permití todo, el problema vino después, cuando saliendo del hospital con la criatura en brazos, seguía con el mismo vestido, y parecía globo de Cantoya. En una de las dos ocasiones salí junto con Cheres, una querida amiga que había tenido un bebé un día después del mío, con la que compartí no sólo el cuarto, sino la cama por sobrepoblación en el hospital, ¡qué envidia!, llevaba unos jeans pegaditos como talla 8 y yo ¡mi vestido de piñata!
Me sentí verdaderamente plena, fueron niños muy deseados. Con Agus no tuve bronca, dejé las pastillas y al poco tiempo ya estaba esperando al chamaco.
Como al año y medio de nacido tuve una experiencia horrenda: en uno de esos descuidos y accidentes caseros, Agus se cayó a la alberca en Atlixco, para cuando me avisó Polli, mi sobrina, ya aquél cuerpecito flotaba desmadejado. Sólo recuerdo que lo saqué como pude y corrí y corrí hasta dárselo a su papá, a sabiendas de que, como médico, era el único de los veinte adultos que podría hacer algo, yo cumplí con desmayarme y el otro pobre tuvo que hacer todo lo demás. Supe que le sacó el agua apretándole las costillas con las piernitas un poco más arriba que la cabeza; supe que nunca perdió la calma y que se lo llevó rumbo al Seguro Social de San José; supe que en el camino el muchachito recobró el conocimiento… Mi susto y mi angustia fueron tales, que sólo recuerdo el rezo de mi mamá, y yo, apanicada en mi semiinconsciencia. Cuando llegamos a Puebla ya todo había pasado. Recuerdo como si fuera ayer la cara del muchachito de ojos brillantes haciendo trompetillas, ¡sí que fue un milagro!.
Fue tan fuerte esa experiencia que a partir de ahí mis ciclos, ovulaciones y todo lo referente al ramo se trastornó y a empezar con tratamientos, análisis, pruebas y consultas de afamados facultativos. Como en la vida hay que tener dos velas prendidas, mi mamá nos llevó a Cheres y a mí a barrerle a Santa Anita en una iglesia que no conocíamos por el barrio de San Antonio. Una viejecita muy encorvada nos dio unas diminutas escobas y las instrucciones, barrer un buen tramo de la iglesia, recoger la basura y guardarla en un plástico bien doblado para llevarla un tiempo debajo de la ropa. Con bastante poca devoción, lo hicimos al pie de la letra. Después de meses de espera y desespera, el éxito coronó nuestros esfuerzos y otra vez me sentí llena y plena, esta vez una niña, Ale, vino a aumentar la familia y la felicidad.
Espero haber sido buena mamá, le metí muchas ganas, años estuve en la sociedad de padres de familia del colegio Americano y formé junto con otras señoras amigas un grupo de catequesis, Asani. De religión aprendieron poco, pero tuvimos durante muchos años grupos de niños y jóvenes libres y pensantes.
A los veinte años de casada mi matrimonio terminó, sentí la piedra del Pípila sobre mis espaldas pensando qué difícil sería ser padre y madre y educar dos adolescentes. Con el tiempo me di cuenta que sólo podía ser madre y hacerlo lo mejor que pudiera .Económicamente, Agustín siempre ha estado ahí y la parte afectiva faltante parece que la resolvieron bien. He metido muchas patas, ahora lo veo en retrospectiva, pero bueno, se hace camino al andar.
Lo que sí sé es que ser madre es lo mejor que me ha pasado en la vida, crecer junto a dos seres maravillosos es un reto, a veces un agobio, una preocupación, una lágrima, una sonrisa, lo mismo te duele el corazón que se hincha de gozo.
Parafraseando a Juan Manuel Serrat en Esos locos bajitos;
Nada ni nadie puede impedir que sufran,
que las agujas avancen en el reloj,
que decidan por ellos , que se equivoquen ,
que crezcan y que un día
nos digan adiós.
Y qué decir de ser abuela, por el contrario de lo que con frecuencia forma parte de la noticia en la sección policiaca, nota roja: anciana sexagenaria arrollada al caer de microbús. Esta sexagenaria está descubriendo el milagro de la prolongación de la maternidad con dos nuevos locos bajitos que, con su sola presencia, llenan el espacio de energía, risas, llantos y berrinches, con la inocencia total y la capacidad de asombro, lo mismo para observar el nido de un colibrí, para desaparecer un huevo en la harina, para buscar con lupa una cochinilla. Aprendiendo a distinguir cosas, animales, personas. El día que Valeria, mi nieta, a sus tres añitos para buscarme me gritó “¡¿dónde estás, persona?!”, me sentí totalmente identificada, dándonos una a la otra, entregadas al juego, sin años, sin tiempo, gozando como dos personas ese pequeño espacio.
Son los instantes, los momentos, las épocas, los tiempos por los que ser madre y abuela han dado el sentido profundo a mi vida, me sigo sintiendo plena.
Gracias a la vida, que me ha dado tanto…
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Realmente ha sido de los
Por Anónimo (no verificado)Realmente ha sido de los mejores ensayos que he leido en las publicaciones de Demac, ya que al leerlo uno se siente completamente identificada con la experiencia de ser madre. La autora sabe poner perfectamente en palabras lo que es tan dificil de explicar.
Hagale llegar una felicitacion de mi parte.