Talleres Puebla

Enero, 2012

El mamá móvil

 El “mama-móvil” y otras aventuras

El mama móvil era la pequeña camionetita Fiat Múltiplo 600 que nos acompañó durante años en todas las travesías, tanto por la ciudad como en nuestras vacaciones a Tecolutla, pero sobre todo a Acapulco.

Mi madre, que no se tomó la molestia de prepararse para el volante en la escuela de manejo Quintana Roo ni  en ninguna otra, tenía la habilidad de sortear vehículos y transeúntes al mismo tiempo que regañar, hacer cuentas, encomendarnos a toda la corte celestial, rezar el “Bendita sea tu pureza” y “cuídense güeritos que Dios los ve”.

Antes de iniciar los recorridos, pasaba una especie de revista: todos peinados con linaza y las féminas con aretes “mujer sin aretes altar sin ramilletes”. Fuéramos a donde fuéramos siempre había paradas inesperadas… a la señora Teutli, la costurera, a la renovadora de calzado, con Álvaro el de los abarrotes o a la gasolinera, eso del tanque lleno en mi casa creo que no se dio nunca, ya sea porque estábamos en la quinta chilla o porque todos nos robábamos el vehículo. Con cinco pesos era suficiente para el paseo de la tarde. “Ven coche y se les ofrece viaje”. Y en cada una de las paradas había una tardanza, un saludo, “La amabilidad es la llave de oro de los corazones”, “El que da a sus hermanos rosas de consejos sanos y palabras cariñosas, siempre le queda en las manos algún perfume de rosas”.

Una tarde mi mamá, muy ufana, pensó que había descubierto la manera de que nadie se saliera con el carruco, compró en la ferretería La Sorpresa, con el señor Necoechea, un metro de gruesa cadena y un gran candado de combinación; la aseguró con los implementos a la reja de la bodega que había en el garaje y se fue feliz a sus caminatas por la ciudad. No debió pasar mucho rato y ya mi hermano Andrés tenía la solución: quitar la reja, subirla al techo, ponerse un sombrero y una pipa de mi papá pare parecer grande, y ¡vámonos a dar vueltas al Circuito de los Fuertes!; al regresar fue el caos, la reja no quedó en su lugar y hubo llanto y crujir de dientes.

Como era tan necesario el sol para llenarse de yodo, mamá nos llevaba a nadar a todos los lugares en que hubiera algo parecido a una alberca, ya fuera en la Receptora, Rancho Colorado o Agua Azul; con el tiempo nos hicimos socios del Alpha y ahí pasamos grandes temporadas.

Algunas veces la acompañábamos al Jubileo, devoción de seguir al Santísimo que recorre los templos de la ciudad, tres días en cada uno durante todo el año; en esos andares y surcando los más escabrosos caminos, conocimos barrios y colonias de la Puebla de los sesenta. Mi mamá era una mujer de fe, esa fe del carbonero, “de la que mueve montañas”. Lo único que le oí decir cuando hablaba de “Juanito el que se murió”: “Dios me lo dio, Dios me lo quitó y se fue sin el polvo del camino, cuando era diáfana y azul su primavera”.

Otros días hacíamos la ritual visita a lo que ahora se llama Salón Unisex, mis hermanos a la peluquería La Madrileña, con unos antiguos sillones de corte, un viejito mal encarado, un paragüero vienés en la entrada y junto a una pequeña librería: Don Bosco, donde año con año no podía faltar comprar El mas antiguo calendario de Galván. “Por favor, un corte duradero” y a los pobres los dejaban como sardos, a la brush, “con agua y cepillo se va lo amarillo” no sé cómo te quitaban lo amarillo ni que se tratara de ropa percudida. Las niñas a un salón de señoras “Casa blanca” allá por la 10 poniente y 5 norte, junto a la iglesia de la Merced, que se ostentaba como academia de belleza; había cortes gratis para las prácticas y todo bicho viviente estaba haciendo cola; nosotras que sí pagábamos, seguro poco. Nos cortaba Don Leovigildo, un gordo cacarizo con más facha de carnicero, “pero tiene muy buena mano”, decía mi mamá, afilaba su navaja en una gran banda y en un dos por tres estábamos listas.

A veces fallaba el carromatito y había que darle un empujón, pero no era difícil, en la pendiente de la calle en que vivíamos “de bajada hasta las calabazas ruedan”.

Los domingos por la tarde, íbamos a un cinito a un lado de la Compañía, la iglesia de los jesuitas, mejor conocido como el cine del Padre Zamudio, era todo un evento. Pacesita, una viejecita de negro total, incluyendo velo, a la que Fellini  hubiera contratado seguramente de cuervo para una de sus películas, vendía boletos, atendía la tiendita y como si fuera poco ayudaba al cácaro cada vez que se atoraba el rollo de la película, asunto bastante frecuente. “Diviértase y haga el bien”, decía Pacesita en cada intermedio, corte o cambio de rollo, y de pasada: “los niños Matienzo pasen a pagar sus dulces”; la próxima semana interesantes capítulos del Llanero Solitario con Hop along Cassidy. Después de tres o cuatro horas de divertirnos y hacer el bien, el mama móvil estaba listo para subir a propios y extraños y llegar a toda prisa para ver Teatro Fantástico que resultaba ser todo un acontecimiento.

La televisión en mi casa estaba en una cómoda cerrada con llave, sólo se abría los viernes para ver La ley del revólver, con Marshall Dilon, Chester y Kitty, y los domingos para ver a Cachirulo, programa para los niños, los papás de los niños y los papás de los papás de los niños, patrocinado por el Chocolate Express: “Este es el trenecito del Chocolate Express, que alegre y muy bonito y que sabroso es, tomando muy contento mi Chocolate Express que es rico y nutritivo y que sabroso es, Choco Choco, late late, Express”. Llegaban todos los Hinojosa y nos acomodábamos por debajo de la mesa, y empezaba el cuento, “había una vez…”, el escenario siempre era el mismo, si acaso cambiaban los árboles de lugar, paseaban doncellas, príncipes, mendigos, princesas, me acuerdo mucho de una que lloraba desconsolada a la sombra del árbol diciendo: ”yo estoy sola y mi abuela Paloma”, Terminado el cuento se presentaba mi mamá diciendo, los Hinojosa ya se van a su casa.

 

ARDNAJELA OZNEITAM

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