Lorena Aguayo Hagemann
En las playas solitarias y en la vida a la orilla del mar siempre he encontrado paz. La paz que me da el saber que no hay tanto que hacer que mucho importe, que basta con sacar el agua de la noria a cubetazos con la cuerda y la polea, o lavar los platos en el mar para la siguiente comida, o bien limpiar el pescado que sacó mi hermano. Que la vida es buena y te alimenta si confías, que no hay prisa, que te puedes soltar y la Tierra te sostiene, te nutre y te arrulla. Si sólo te puedes comer un pescado por comida, ¡no es necesario pescar todo el día! Sólo confía y agradece el que te comes hoy, que te lo ha dado el gran mar.
En la playa mi corazón se expande y mi alma se funde con el azul del horizonte. Cada día se ve, se vive, marcado por el sol que nace y se pone seguido del espacio mágico teñido de azul antes de que entre la noche. Ese espacio que nos prepara a prender el quinqué y adentrarnos en el mundo de las sombras.
Aquí en la playa me encuentro con mi calma, con mi paz, con un ritmo natural. Las barcas a lo lejos me invitan a navegar, las nubes juguetonas me llevan en su viaje, y a veces mi padre regresa contento de aventuras mañaneras con el arpón y los pulpos aún vivos, orgulloso de compartir su fresco manjar.
En la playa lo demás no cuenta, sólo cuenta el estar vivo listo para disfrutar. Camino en la orilla del mar y siento, siento al permitir que mis dedos se hundan en la suave arena amoldándose a mi paso. Voy dejando rastro. Sí, un rastro o una huella que perdurará cuando mucho unas cuantas horas. Percibo el ir y venir de las olas como un canto siempre cambiante, o puedo contemplar la luna aparecer gloriosa en el horizonte.
Mis playas son solitarias, poco transitadas. Son de esas playas en donde el rigor del océano se siente en su escandaloso oleaje espumoso. Allí podía sentir mi pequeñez, mi fragilidad, al compararme con la fuerza avasalladora del mar. Si acaso se podía ver transitar unas cuantas almas solitarias; pescadores que se pierden a lo lejos en la bruma del atardecer cargando su atarraya. La furia del océano me inspira respeto al verlo azotarse sin cesar en las rocas caprichosas a la orilla o en el mar.
A lo largo de mi vida he tenido siempre paraísos como éstos. Los busco, los siento y los frecuento. Regreso a beber de esos manantiales cuando mi cuerpo y mi ser tienen sed; la sed de vida que brota de una criatura que vive entre concreto, adoquín y asfalto, igual a la sed de una planta que lleva largo tiempo sin ser regada.
En la playa mis hojas se fortalecen, mi raíz penetra profundo en la Tierra y yo florezco.
El mar es mi refugio, un oasis de paz… un compañero de vida.
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felicidades¡¡¡
Por alejandra arriaga (no verificado)En este escrito camino contigo en la playa, siento el oleaje, me tranquilizo con el sonido del mar. Gracias por compartirnos tu historia, disfrute mucho de esta y de todas las demas en clase, realmente tienes ese don de trasnmitirnos y hacernos sentir. Te admiro mucho. Felicidades eres una gran talladora de palabras¡¡
Hermoso!!!
Por lissy (no verificado)Que hermosa manera de expresar tu naturaleza. Muchas felicidades ya es tuya la escritura creo que es un don oculto nunca vuelvas a guardar la pluma... ahora nuestra mejor herramienta. Muchas felicidades, gracias por tu optimismo, alegria, tu capacidad de compartir, tu trasparencia. Eres un Mujeròn