Cuando era niña me tocó cuidar de mis hermanos, por ser la mayor de los hijos. En ese entonces me parecía que el tiempo era muy largo para que ellos lograran valerse por sí mismos y resolvieran las cosas en las que mi mamá me pedía ayuda, tales como vestirse, comer, lavarse las manos, acompañarlos en muchas pequeñas acciones, que a mí no siempre me agradaba ayudarles, porque yo tenía que dedicarles tiempo, que a veces reclamaba para mí, como por ejemplo para leer, que era mi pasatiempo favorito.
Esto me puso en la mente que los niños tardan tanto en crecer, que yo nunca tendría hijos, pues eso me iba a llevar toda una vida.
Cuando ya estaba casada tardé muchos meses antes de decidirme a estar embarazada.
Los primeros meses, mi marido y yo disfrutamos mucho de estar juntos, de disponer de tiempo para compartir nuestras aficiones, como salir al cine, visitar exposiciones, asistir a conferencias, cursos, visitas a museos, etc.
Ahora, a la distancia, recuerdo que me pasó como a cualquiera que desea ser madre: “Fui preparando el nido”.
Comenzamos a pensar en la llegada de un bebé, y yo era la que insistía más, él, con mucho aplomo, jalaba un libro y se ponía a leer. Con ternura me decía: quizá el próximo mes. Así pasaron varios meses más.
Una noche de julio retiré el libro de sus manos, lo miré fijamente y le dije:
¾Mi deseo es tener un hijo, nada me daría mayor felicidad.
¾¿Estás segura?
¾Sí, hoy es mi día más fértil.
Fue el acto de amor más sentido, consciente, bello, tierno, sublime.
Me quedé muy quietecita, no me moví en toda la noche, guardaba en mi interior una linda semillita, la más hermosa, la mejor de todas, la que hace el milagro de la vida, la que me dio la oportunidad de la maternidad.
A la distancia, creo, con todo mi corazón, que Dios nos ama tanto que nos da la oportunidad de entender su amor a través del amor más genuino que como humanos somos capaces de sentir: el amor por los hijos.
Lidia Guadalupe García Hernández.
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