Literatura Carcelaria

Octubre, 2011

Mirarte inmóvil

 Ana Lilia

CERESO de San Miguel, Puebla

Nadie parece escuchar los lamentos que brotan de mi alma al faltarme una parte de mí. Todas mis fuerzas se desvanecen al no sentirte cerca, al pensar que algo te pueda ocurrir, que algo no esté bien en ti, amor mío. Lo único que le pido a Dios es que me deje verte aunque sea en sueños, para abrazarte y decirte, no pasa nada niño mío. Cobijarte en mis brazos como cuando eras pequeño.

He esperado con paciencia a que el tiempo, siempre el sabio tiempo, me responda. Te quiero tanto, hijo mío, que no me cansaré de pedirle a Dios que algún día pueda estrecharte en mis brazos y vuelvas a cantarme esa canción que te salía del alma, de tu corazón herido, únicamente esa hoja escrita por ti:

“Hola, soy tu hijo, escogí el cobijo de esta habitación para hablarte con el corazón y decirte que te extraño, que me hizo daño que te fueras de mi vida tan temprano, pero aunque ya no pueda tocar tu mano, estoy seguro que no te fuiste en vano. Madre, hija pero sobre todo, mamá gran ser humano. Pasaba sin cuidado, pasaba sin destino con mano dura, me enseñaste lo que nadie y me enseñaste que el que pierde es el que se conforma, no existe norma porque la autoridad no te respeta“.

Esto es lo único, tu canción y tu foto a mi lado.

El amor es una energía de increíble poder, confío en Dios y en esa fuerza de amor de madre que me hace seguir adelante, esperando que algún día nuestros corazones vean esa luz y a la paz llegaremos y la victoria destruirá completamente esas cadenas de amargura y dolor, pero hoy, hijo mío, te miro inmóvil.

 

¿Qué opinas de este texto? Escribe aquí tus comentarios o envíalos a diana.perez@demac.org.mx