Talleres Chihuahua

Noviembre, 2011

Noches de mi niñez

En las noches de verano salíamos al patio a comer sandía, una hermosa y panzona sandía, verde oscuro, en ocasiones, o verde pálido con vetas blancas, en otras. Pero en todas de pulpa muy dulce, cargada de jugo, de ese que escurre por la barbilla y que al ratito se hace pegajoso. Papá la colocaba en la mesa y con el certero golpe de un grueso cuchillo, la partía en dos, dejando ver de inmediato el rojo intenso y aterciopelado de la pulpa. A mi me encantaba abalanzarme sobre ella y de inmediato cortar un trozo del corazón, de la parte  más profunda, no me importaba que me llamaran la atención por ser tan impulsiva y no esperar a ver si alguien más deseaba también comerlo y así compartirlo. Valía la pena el regaño con tal de sentir cómo su dulzura arenosa y fresca llenaba deliciosamente mi  boca.

Parados alrededor de la mesa cortábamos nuestra rebanada, cuidando que al comerla el jugo no cayera en la ropa, hacíamos malabarismos para evitarlo y en ángulo recto engullíamos la primera porción. Y luego otra y otra hasta que en la mesa sólo quedaba un montón de cáscaras, el piso negreando de semillitas y el estómago pleno y satisfecho.

Con la mesa limpia y cada uno en su silla favorita, compartíamos las experiencias del día. A mí me gustaba acostarme en el piso y dar la cara las estrellas, ver la inmensidad y las lucecitas titilando allá arriba, soñar lo que una niña puede soñar, fantasear mientras mi padres y mis hermanos platicaban, tejiendo cuentos en un instante. Me parecía escuchar las voces de las estrellas diciéndome cosas secretas.

La noche húmeda, calurosa, invitaba a los sapo-toros a cantar en la orilla del río, su  coro grueso y pesado nos llegaba hasta ese espacio familiar. Mamá solo decía: espero que  nos dejen dormir. Los párpados caían, cerrándose del sueño, pero yo luchaba por tenerlos abiertos, quería prolongar lo más posible ese momento mágico. Me atraía y al mismo  tiempo me repelía ese sonido misterioso que no sabía bien de donde provenía. Nunca había visto un animal de esos, solo los escuchaba cada verano. Me esforzaba por seguir el ir y venir de las polillas volando en forma de ocho alrededor del foco; a veces, alguna  deslumbrada chocaba en el vidrio y desmayada caía junto a mí. Invariablemente se paseaba una  lagartija en la pared, deteniéndose unos minutos para lucir sus huesillos a través de su piel trasparente, para luego reiniciar la marcha perdiéndose en alguna oscura esquina donde no la alcanzaba la luz artificial. Más allá, solo oscuridad, sombras profundas  y sonidos  desconocidos.

Avanzaba el tiempo y poco a poco la voz cadenciosa de mi padre me iba arrullando  aunque yo me opusiera y entonces él me miraba y decía: Es tarde y la niña ya se durmió, mañana será otro día, por hoy a la cama. Alguien, tal vez uno de mis hermanos mayores,  me levantaba y yo acurrucada en sus brazos tibios me rendía y para mi, la fiesta terminaba.

  Socorro Elvia López Campos

 

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09 Feb07:06

Gracias por la deliciosa

Por Anónima (no verificado)

Gracias por la deliciosa descripción de la sandia... y la placidez de tu infancia.