En el extremo oriente de un pueblo triste está la Panadería de Santa Rosa. Es un lugar oscuro y poco alegre, lo abren a las siete, lo cierran antes de las nueve.
A veces, en las noches, entre los estantes y las vitrinas, se escucha el corretear de un ratón.
Abajo, en los estantes más cercanos al suelo están todas las conchas, uniformadas en tonos de beige, con sus protuberancias dulces formando rayas como de costumbre, espirales de conciencia cargadas y cuadrados problemáticos, llenos de preocupación.
Bajo las listas de precios están los pastelillos más caros y los pays rellenos de confianza porque saben que casi todos se venderán pronto.
Cerca de la entrada, en una caja de madera, están los bolillos hacinados, son conspiradores rebeldes y forman parejas murmurantes con sus novias, las teleras.
Desde la entrada no pueden verse, pero detrás del mostrador están los panes de ayer, desesperados, tristes; las hojaldras deprimidas, los panes negros esquizoides y los volcanes fúricos.
En cajas de cartón acomodadas de cualquier modo, hay piedras y polvorones, orejas quebradas y otras piezas crudas o quemadas.
Falta mencionar que en los estantes de en medio, contra la pared del fondo, están los más; los panes de dulce, preocupados por su apariencia, peinándose los flecos de azúcar, los pequeños bisquets dulces, vestidos con falditas de crema batida.
Guardados en las vitrinas están los pasteles gordos, vanidosos y llenos de secretos deliciosos, mirando desde ahí hacia los estantes.
Haciendo sentir mal a las mantecadas que con su uniforme rojo, plisado; brillantes de sudor, están formadas, muy quietas, en las charolas de las banderillas altas, de frágil temperamento, vestidas de caramelo, y las sensuales donas glaseadas, preocupadas por su maquillaje; se quedan tímidas e inmóviles en sus lugares, y las corbatas un poco pálidas, son ignoradas por los cuernos perfumados de mantequilla que entablan conversaciones frívolas con las chilindrinas.
Estos son los panes de Santa Rosa, dulces y salados, encerrados aquí, esperando salir pronto, más pronto que tarde.
Maye Moreno Márquez
Autora de Casa Calabaza, para el periódico mural de Santa Martha.
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Recordé
Por Amaranta (no verificado)Excelente texto!!!
Cual camión que va hacia el pasado, estas letras me llevaron por los laberintos de la memoria para volver a recorrer la panadería a la que mi abue me llevaba de pequeña en la colonia Santa María la Ribera. Caminábamos numerosas cuadras para llegar a las 6 pm en punto a escoger el rico pan recién salido del horno. Mis favoritos: la concha de chocolate, el bolillo y la paleta cubierta con chocolate, mmmmmmmmmm, exquisitos.
Con cada párrafo, pude imaginarme a los panes tal cual los describe Maye, con su ropita, sus alegrías, sus tristezas, frustraciones, manifestaciones, sus coqueteos y sus cachondeos.
Gracias Maye por ayudarme a despertar la imaginación y dar lux a uno de mis más bellos y sabrosos recuerdos.
Abraxos