Obras comentadas

Julio, 2010

Presentación del libro Misereres y Exsultates

Libro Misereres y Exsultates de Celine Armenta

El mundo, la voz y la verdad

Beatriz Meyer

 

Hace ya más de doscientos años que Daniel Defoe, el autor de Robinson Crusoe, escribió una de las novelas más deliciosas con una mujer como protagonista: Moll Flanders. En su prefacio, el autor de esta biografía apócrifa nos dice:

“El mundo está tan absorto últimamente en novelas y romances que será difícil que una historia personal se tome por genuina…”

Antes de la novela, el uso de la primera voz para narrar una historia presentaba un problema grave para el fabulador: la primera persona del singular correspondía casi siempre a la voz de las cartas y los diarios íntimos. A las confesiones, claro. Judiciales, religiosas, testamentarias. Pero no a la ficción. La escritura de textos de imaginación debió echar mano de la tercera persona, esa metiche, irreverente y omnisciente voz que seguía a los personajes en cada momento de sus aventuras, fuesen de la índole que fueran. Más de dos siglos después, la primera voz cobró de nuevo importancia y se puso de moda y ahora sirve para ganar premios internacionales de novela pero también, y aquí es donde esa tímida y evasiva relación del yo con el mundo adquiere proporciones épicas, la primera persona del singular nos ha regresado a las mesillas de noche, a la cajuela empolvada del auto y al cajón del escritorio de nuestra oficina ese género audaz, generoso, cada vez más popular: la autobiografía.

Dice Marcela Guijosa en su libro Escribir nuestra vida, un manual para entrarle a este torito, que los relatos autobiográficos de vidas “comunes y corrientes” —como ella las califica—, empiezan a cobrar inusitada fuerza gracias a un registro propio del espíritu de estos inquietantes tiempos, un vibrato que se expande por aquellos sectores marginados de la sociedad: mujeres, gays, enfermos y enfermas de las más diversas anomalías, desde las psiquiátricas hasta aquellas nimbadas de heroicidad mediática. La diferencia, según la Guijosa, es que en estas historias los autores desean contar su verdad.

Y la verdad, como la voz, es personal. Afortunado aquel autor o autora que provoque un eco en sus lectores, un amago de reconocimiento, una pizca de identificación de la verdad ajena con la propia. En términos de la confección literaria, ese fenómeno es el equivalente a golpear una veta de oro en un páramo de roca. Es entonces cuando nuestra vida y su sustancia pasan sin pudor a ser de otro. Los lectores se adueñan de las vicisitudes, las inflexiones, y, sobre todo, de las emociones contenidas en la biografía. Anteriormente, lo más que podía recoger un lector de biografías era una lección moralizante, un ejemplo a seguir o a no seguir.

En el caso de la novela mencionada al principio, Moll Flanders, su autor hace uso de esa inercia para mostrarnos la vida de una mujer a la que él le inventa no sólo una historia y una voz, sino también un alma. A pesar de los años transcurridos desde su publicación en 1722, Moll Flanders sigue siendo el ejemplo de la novela contada a la manera de una autobiografía, en la que una mujer, en su empeño por demostrar su maldad e inquina, exhibe en cambio su inteligencia, su conciencia de sí misma y sus deseos en una época en la que las mujeres, con sólo poner un pie fuera de su casa, corrían el peligro de caer en el abismo sin fondo de su propia naturaleza corrupta. Y Daniel Defoe inventa a una pícara inmortal, una divertidísima observadora de la realidad de su tiempo. Es tan redonda, que una piensa si el autor no se robó la historia de las mujeres de carne y hueso de su entorno.

Pero, y otra vez va la Guijosa por delante, la necesidad de escribir la historia va más allá de los objetivos de la literatura. Porque abreva en los recuerdos para sacudirlos, reinterpretarlos, entenderlos. O simple y sencillamente para no olvidarlos. A lo mejor para compartirlos. Para revelar secretos dolorosos y escondidos. Aquella temporada en el infierno. O en el cielo. O en el convento, suma de ambos.

Y cuando literatura y biografía coinciden, no importa si la historia es tratada como ficción o según los más rigurosos cánones del género. Porque literatura y biografía juntos equivalen a una voz y su verdad. Una verdad que trascenderá el ejemplo, el secreto, el olvido. Una voz que nos hará sentir como en casa, a gusto por sus pasillos, aunque sean tan extraños y fríos como los de un convento.

Verdad y voz que se reflejan en el alma de quien lee Misereres y Exsultates, la autobiografía de Celine Armenta publicada por Documentación y Estudios de Mujeres AC, en su colección Premios Demac. O mejor dicho, que una va recogiendo como prendas tiradas aquí y allá mientras lee página tras página sobre los diez años transcurridos por Celine dentro del claustro y sobre los diez que le llevó colgar los hábitos en medio de perplejidad y dudas, dolor y preguntas, muchas preguntas.

Debo confesar que me leí el libro a lo largo de toda una semana, a ratos, cobijada por sus palabras, riendo y, por qué no decirlo, llorando como impúdica Magdalena. Sé que me lo podía haber leído de un tirón en dos horas, pero me encontré degustando la voz de Celine como hacía mucho no lo hacía ni con Stieg Larsson. De a poquito, el timbre cantarino de sus palabras se me asentó en el ánimo y me hizo recordar las tardes en torno a la mesa de nuestro primer taller en Demac, las risas y los comentarios agudísimos que para nada la doctora Armenta nos escatima en Misereres y Exsultates, los dos extremos por donde camina su historia. Una historia sorprendente, y no por su tema (las dos decisiones; ser y dejar de ser monja), sino porque esclarece, a buen ritmo y extraordinaria prosa, algunos de los mitos más profundamente arraigados en el inconsciente colectivo respecto de esos fantasmas que caminan por las calles citadinas con su toca y sus zapatos de hombre, agarradas de las manos para torear el tráfico y mirar al mundo como pidiendo perdón por atreverse a materializarse frente a los incautos.

Contada en fragmentos aparentemente sin orden cronológico, Misereres y Exsultates (¡vaya nombre más feo¡) hace un pacto con los maridajes literarios actuales: del ensayo salta al cuento y de la poesía resbala al cántico religioso, sin olvidar el rigor académico y la insobornable crítica de la investigación. A lo largo de 196 páginas con todo y bibliografía, la historia de Celine Armenta procura plantear dudas y nostalgias a la lectora (o lector), y mientras zarandea conceptos y olvida ponerle inciensos a Octavio Paz, nos devuelve generosa una nueva imagen de Juana Inés de la Cruz, quien acaba por ser (siempre fue), en palabras de Celine, mujer para sí, mujer para otras mujeres y mujer para Dios.

Y en este rabioso ejercicio estructural, la autora de Misereres no olvida su asunto: hablarnos de sí misma, su infancia, sus hermanos, sus padres (más él que ella), sus primeros propósitos de adolescente, sus pactos con la vida y sus posibilidades. Poco a poco Celine nos introduce en su universo de mujer pensante, permanentemente pensante. Su juventud, su primer amor, sus pulsiones y descubrimientos que preceden pero nunca le hacen olvidar su deseo de convertirse en monja. Como tampoco la desilusión y la salida del convento diez años después entorpecen la claridad de sus asertos posteriores, cuando la vorágine del mundo real le da ímpetus para cuestionar, ahondar, revolcar conceptos manidos y hasta erigidos en verdades absolutas. En un capítulo casi final, Celine se da el tiempo de regalarnos un ensayo lúcido y divertido sobre Marcela Lagarde (gran matrona de los estudios de género) y sus conceptos sobre las monjas. Ideas que lucharon contra el lugar común y acabaron convirtiéndose también en lugares comunes, según la visión impúdica de tan lúcida de la contestataria Celine.

Pero así es Celine. Un viento renovador, una voz que, al menos en mi caso, se instaló en los vericuetos más hondos de mi conciencia junto con dos o tres tequilas que me tomé a la salud de esta escritora, ex monja, atea y lesbiana que ya me hacía falta tener, visible y a la mano, en el primer anaquel del librero donde coloco aquellos títulos cercanos a mi corazón.

Gracias.   

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