De la materia, ocupando un lugar en el espacio.
Mi espacio es como una gran pecera, rodeada de cristales y con una inmensa puerta de madera que corona el lugar dando la sensación de estar atrapada en un lugar y en un tiempo, es cálido,
me envuelve la iluminación artificial que contrasta con los reflejos de la luz solar que invade otro espacio que no me pertenece y también con la oscuridad y algún borroso rayo de luna que me acompaña en la noche. Aquí, en este lugar, paso la mayor parte del día, es también en este lugar donde mi mente vuela y, algunas noches, la pecera se convierte en cualquier lugar del mundo con tan solo cerrar los ojos. Me siento segura, protegida, pero a ratos también sola.
Hay papeles revueltos, un escritorio que me abraza, envolviéndome en su color maple, parece un escritorio moderno y no como cualquier otro, pero este es especial, por que percibo su propia esencia. Cada cosa esta dispuesta en un orden estricto. La pluma no puede ocupar un espacio diferente que no sea la lapicera situada a la izquierda, las hojas no se dispersan por la madera y prefieren ocupar la charola que encontró lugar a la derecha; yo, no puedo ni quiero ocupar otro lugar que no sea de espalda a la puerta viendo hacia aquel cuadro firmado por Romero.
Encarnando, un difícil arte abstracto que se traduce en pequeñas motas de colores, negras, amarillas y rojas como personas corriendo entre la multitud. Este lugar es todo calma, sólo a veces, a lo lejos alcanzo a escuchar algunos murmullos de la gente de habita otros espacios, por mi parte procuro quedarme envuelta en la melodía que nace del teclado de la computadora o bien, me pierdo en el ahogado chasquido que hace mi lápiz al deslizarse sobre la hoja.
Hace tiempo que comprobé que soy nocturna, tal vez también taciturna, hablando en términos de palabras, prefiero escribir de noche. ¿Las razones? Podría encontrar de todo tipo, la principal es que me siento completa de noche, por las mañanas hay tanto por hacer, tanto en qué pensar, tanto que resolver, tanto que depende de los demás. Por el contrario, en la noche todos duermen, huyen a otros espacios y mi lugar de escape es una hoja en blanco para llenar, una foto que describir, una opinión que dar. Encuentro otra razón y es que para escribir hay que tener la cabeza fría y el corazón abierto. En la noche me acompaña la frialdad de luna y me olvido del sujetador que oprime a diario mi pecho.
Me llamo Claudia porque mi madre escogió ese nombre, a ella le gustaba como sonaba. “Claudia” le pareció un nombre con gran personalidad para una niña que sonreía todo el tiempo y, además, comenzaba con C, como su nombre, Carmen. Pero nací un 19 de Septiembre así que mi abuelita comentó que había nacido el día de las “Susanas” y haciendo una broma dijo que me llamaría “Susanita”; mi hermano, de apenas 3 años, lo escuchó y desde aquel día me llamó “Susanita” así que, ante la insistencia del niño encontraron la combinación perfecta y me llamaron “Claudia Susana”.
Claudia, del latín “coja” y Susana, del hebreo, “lirio”.
Me gusta mi nombre, su historia, su paradoja, su realidad, mi nombre es una flor que cojea, un lirio que no tiene raíces para anclarse, es libre, navega en las aguas como un nenúfar que es un lirio Es bello, parece amenazante, guarda un secreto… su cojera.
Claudia suena a la chica de la escuela, a la amiga del trabajo, a la que todos conocen, a la asistente que tiene un jefe, a la que vive en la casa uno. Huele a perfume de lavanda, viste de violeta y pana, usa medias de rejilla, zapatos de flamenco, rojos, que pisan fuerte y hacen ecos ondulados por donde pasa.
Es Susana la hija, la hermana, la futura esposa, la novia, la amante, la invencible, la fuerte, la apasionada, la que le teme a todo y no le teme a nada, la que ama con terrible fuerza, la que no quiere aprender a odiar. Susana huele a nobleza, sabe a sinceridad, suena como un murmullo en el oído, se parece a un lirio, a una blanca flor que se abre poco a poco y en su centro habita una pequeña llama de vida.
Claudia Susana, se mimetiza con un animal, en algún momento autonombrado “Louve de France” en simple homenaje a Isabel de Francia, capaz de dar todo por lo que más ama, me convertí en la protagonista de mi propia Licantropía aun cuando son los lobos la fiera más condenada. Así fue como me empezaron a llamar Loba.
Y cuando me preguntan:
— ¿No te ofende?
— ¿Ofenderme? — respondo—, es para mí un halago tal comparación.
Sólo los lobos son capaces de eterna fidelidad, de vivir la soledad dignamente y los únicos que, siendo omegas, se convierten en alphas.
COMENTARIO
Por cc (no verificado)me ha tenido atrapada de principio a fin.... bellas autoreflexiones!!! felicidades.
C.C.
Es impresionante como nos transformamos...
Por Anónimo (no verificado)...como nos empoderamos cuando el arma es la pluma y la escritura nuestra batalla
Me gustó la analogía del lobo....muchas ocasiones me sentí La loba esteparia....tratando de pasar desapercibida...temiendo a los reflectores, sintiéndome enferma.
La transformación fue posterior, una loba sana, ágil, decidida, insistente, resistente, protectora de sus cachorros.
Esa constante posesión y cambio de roles, mujer, madre, hermana, compañera, proveedora, amante, amiga y una larga lista de adjetivos.
Son motivantes los trabajos de las hermanas talladoras, gracias