Talladoras de Palabras

Marzo, 2011

Quinto Secreto C.C. Suárez

Mi propio vórtice

Recuerdo muy bien que, cuando era muy jovencita, salvo algún familiar cercano, nunca me llamaron la atención los niños. Jamás hubiera podido ser niñera de familiares y amigos. Mas tarde tuve una postura muy imparcial hacia el matrimonio que fue cambiando en mi vida adulta y, al estar casada, jamás sentí el anhelo de la maternidad. En efecto, siempre vi la maternidad como algo que implicaba  demasiado como para anhelarla y, con el paso del tiempo, busqué embarazos con el entusiasmo hacia lo desconocido, por darle otro paso a mi vida. Después de mil intentos fallidos, puedo decir que, ciertas expectativas y sensaciones nuevas surgieron cuando una luz extraña me hacía sentir la certeza de estar embarazada, pero antes, no. Aunque nunca sentí un movimiento en mi vientre, hubiera podido jurar que estaba ahí.

Sucedió después de mil tratamientos y exámenes, después de una inseminación muy esperada; no debía exaltarme, cargar cosas pesadas, acercarme a la estufa y menos planchar. Fueron días de gran emoción y cosquilleante espera. Pasaban las horas de color rosa entre actividades realmente recreativas en casa cuando, de pronto, me asaltaba la conciencia y la certeza de estar gestando un ser vivo alimentado con mi sangre, latiendo con la vida de mi esposo y nuestro gran cariño. Era una certeza indescriptible, sin pruebas todavía, algo inexplicable que alimentaba mi secreto e incipiente deseo de ser madre, así como el anhelo de empezar una etapa nueva y diferente en mi existencia.

Sólo bastó un momento. Un instante impredecible y repentino. Una lluvia tormentosa de impotencia y rabia me envolvió en medio de la inmadurez matrimonial que todas las parejas viven y que es inevitable en la mayoría durante los primeros años. La seda color de rosa que me envolvía se tornó oscura en un segundo, como efecto de acuarela y, como un insecto mortífero y volador, la fatalidad revoloteó unos segundos alrededor de mi cuerpo; la sentí envolviéndome, acechándome con un temblor desde la cabeza a los pies; corrí inmediatamente a la cama para calmarme; me envolví con la sábana y me acurruqué quedándome quieta, como si me persiguiera algo malo y contara los segundos escondida dentro de un armario, atenta a todos los ruidos, rezando, rogando que todo estuviera bien. En medio de la incertidumbre me quedé dormida un buen rato, hasta que algo me despertó.

No habrá jamás nada que lo certifique, pero podría jurar que ese sangrado que llegó a mi existencia, no sólo traía la confirmación de un ciclo que empieza, cerrando toda esperanza sino alguna pequeña partícula que significaba mi hijo. Mi hijo desechado como si fuera cualquier tipo de flujo que merece terminar en el caño. Fue la segunda vez que lloré en mi vida a gritos hasta enronquecer. La primera se dio cuando murió mi mamá; tampoco voy a decir que me obsesioné como muchas mujeres con la maternidad pero, con ese llanto a gritos, se adhirió a mí una nueva sensación permanente. Ese escozor tan molesto que acompaña día a día a quienes se preguntan por qué las demás tienen hijos y yo no.

Sensaciones nuevas y otro modo de ver la vida me han acompañado en la última década; un ligero soplo de evolución se ha dejado sentir en mi proceso de madurez y, la conciencia de la intensidad que envuelve las percepciones de la mujer, me ha dejado claro que pertenezco a un género delicado y sutilmente conectado con frecuencias tan inmaterialmente elevadas que me hacen sentir privilegiada. Las considero elevadas porque pienso que todo aquello relacionado con la capacidad de entrega y compasión, entre otras cosas, son dones auténticos que no deben adulterarse, privarse u ocultarse.

Partiendo de esa idea, me asombra enormemente cuánto ha tenido qué sufrir y soportar la mujer en el pasado y aún en el presente por cuestión de sus emociones, sublimes por naturaleza. Y todavía, me asombra  todo aquello en que se ha tenido qué convertir la mujer, para proteger consciente o no, su interior emocionalmente vulnerable. Si los hombres pudieran tan sólo echar una mirada a nuestras percepciones, ¡temblarían! Pues estoy segura que no sabrían cómo enfrentarlas.

Simplemente, habría que mencionar nuestro distinto modo de ver el sexo. Es más posible que la mujer pueda concebirlo más como una conexión de amor que simplemente fisiológica. Eso, dicen los poetas, nos conecta con el cielo. Y nos permite mover la historia. Sin embargo, también nos vuelve vulnerables e idealistas, sobre todo a temprana edad. ¡Qué fácil ha sido para el mundo hacer trizas lo delicado! ¡Cuántos destinos se han entretejido dejando el alma rota de alguna mujer!

En mi caso, no puedo decir que yo haya tenido una sexualidad activa desde joven. Al contrario, siempre vi mi vida regida por estrictos cánones. Muy joven, me dediqué a trabajar, a sacar mi carrera profesional adelante, a llevar un noviazgo gratificante con una persona sana, etcétera. Pero lo que sí es verdad, es que… haciendo una retrospectiva, deduzco una fuerza superior que me privó de muchísimos peligros. Y, aunque no me evitó malos momentos, me bendijo con una primera vez llena de delicadeza y respeto, cariño y mucho amor. Extrañamente, fueron llegando a mi vida experiencias tan gratas que se han resumido en una hermosa boda, un amoroso matrimonio que ha enfrentado y superado muchas vicisitudes y, hoy por hoy, la adopción de mi pequeña Aurora. Los años me han dado un poco o un mucho de cada anhelo. Y no he tenido que dejar sueños atrás para ser madre, pues la madurez matrimonial se ha dado;  fluyendo suavemente, con el período de vivir mucho tiempo sin hijos, dedicándonos a nosotros mismos, a nuestra casa y a nuestro crecimiento, individual y de pareja.

En el momento de la maternidad se abre otro panorama. La percepción se agudiza, los sentidos viven alerta y la capacidad de amar se extiende y se hace presente en todo momento. Tanto, que mi hija y yo, hemos creado la frase “te amo hasta el sol, la luna y las estrellas, más allá de esta vida y, para siempre”. Mis costumbres y dedicaciones han cambiado, mis horarios se cierran a temprana hora y todo esto con gustosa aceptación.

Sexualmente no puedo decir que me falte algo por vivir. No se necesitan mil prácticas eróticas para lograr la plenitud. Lo que sí se requiere es estar. Estar con el corazón y poner el alma. De algún modo extraño, al ser correspondido, surge ese “algo más” que vuelve satisfactoria la vida en el ámbito sexual. Esa sensación de “tocar el cielo”, como dicen los poetas, realmente puede existir. Es un recorrido que se hace en pareja, que se logra con el tiempo y que sólo los dos pueden descubrir, crear y recrearse en él. Más allá del acto fisiológico, existe ese tópico intangible que nos envuelve y nos hace concluir y converger en uno solo ante un todo.

Simplemente, creo que la magia de mi género me ha facultado para estar consciente de todo esto. Percibirlo, descubrirlo, saborearlo, degustarlo a cada instante, gozando el presente ya sea rosa o negro. Conectarme con mi panorama y hacer un análisis que me permita advertir, en su dimensión, esta realidad impalpable de mi propio vórtice. La responsabilidad y el orgullo de vivir mi vida con significado y misión, transitando mi propia existencia con las particularidades inherentes a mi naturaleza.

C.C. Suárez

¿Qué opinas? Escribe aquí tus comentarios o envíalos a diana.perez@demac.org.mx

09 Mar01:16

felicidades

Por Anónimo (no verificado)

es grato ver que hay vidas que van logrando su cometido.  suavemente,  y sin ir contando nada, las cosas se van dando seguramente, a seres muy privilegidados.... gracias por compartir.

04 Jun18:38

me gusta particulamente la

Por Anónimo (no verificado)

me gusta particulamente la forma en que escribes.  describes los detalles elegantemente, sin salirte del tema o confundir.

las palabras surgen como si todas ellas se rindieran a tu antojo y a tu servicio. y asii una historia  sin   catastrofes, se convierte en un buen argumento que leer.   escribe pronto.

bladimir.