Sexual y ¿materno?
El cómo se ejerce la sexualidad en las mujeres es parte de todo un proceso. Conlleva el estar en un eterno pleito con las costumbres sociales y morales bajo las cuales te hayas criado. Sin embargo, a veces esto no es limitante de que, al final de cuentas, decidas que lo que hagas o no con tu cuerpo te compete a ti y nadie más que a ti misma. Y este último punto puede desencadenar las más oscuras sensaciones de vacío, remordimiento y culpa si no se analiza correctamente qué es lo que está pasando.
Fui una adolescente que, como todas, buscaba encarecidamente la aprobación del sexo masculino en todos los sentidos. Desde muy pequeña practiqué gimnasia rítmica, lo que me permitió modelar una figura relativamente esbelta y torneada que no era desapercibida por los congéneres del otro sexo. Pero esta supuesta ventaja, a largo plazo me trajo más problemas que beneficios ya que, por lo mismo de que era tan obvio lo torneado y modelado de mi figura, los encantos eran no sólo de admiración sino de deseo pervertido y hasta obsceno. Recuerdo muy vagamente que en mi adolescencia fui víctima de abuso sexual por parte de un individuo que trabajaba en un supermercado cercano a mi casa. Él siempre fue amable conmigo y procuraba tener detalles como dulces o cosas así. Sin embargo, lo que yo a mis tiernos doce años nunca percibí fue su deseo obsceno por querer acariciar mis partes íntimas e inclusive que yo lo hiciera con las de él. Un día, sin pensarlo, llegó hasta mi casa y me preguntó si estaba sola, a lo cual respondí que no, que se encontraba mi mamá en la casa pero que se estaba bañando. Entonces él, sin más, decidió entrar a mi casa y me pidió que me sentara en sus piernas porque quería platicar conmigo. Yo no vi ningún problema hasta que empezó a meter su mano por debajo de mi playera y comenzó a acariciar sin decoro mis aún no formados senos. Me empecé a sentir incómoda y rara y le dije que se detuviera, a lo cual hizo caso omiso; luego empezó a meter su mano en mi short de licra y eso fue lo que sin dudar puso mis sentidos cien por ciento en alerta y pánico.
Sin darme cuenta, el tipo en cuestión casi me desnuda en la puerta de mi casa y sin que yo pudiera hacer mucho, empecé a sollozar y a gritar a mi mamá, pero ella no escuchaba nada. No sé en qué momento pasó todo, pero mi mamá me tenía en la regadera duchándome y diciéndome que todo iba a estar bien y que no había pasado nada. No recuerdo a ciencia cierta que sucedió, sólo sé que alguien abusó de mi confianza y quiso hacer lo que le dio gana con mi aún no explorada sexualidad.
Con el paso de los años y el despertar de las hormonas fui dándome cuenta del porqué las mujeres somos la presa más cotizada entre los hombres: somos el fruto prohibido que siempre está en exhibición, pero nunca a disposición de cualquiera.
Los chicos eran mi perdición y el asunto eterno de la “virginidad” como que ya me empezaba a sacar urticaria. Casi siempre me junté con gente mayor que yo y, obvio, que ellos me mencionaron muchos de los gustos y placeres que se daban cuando “intimaban” con alguien más. Fue cuando me di cuenta de que eso era lo que yo quería y deseaba de corazón, pero no había encontrado a la persona indicada para hacerlo. En mi casa la virginidad era un asunto de vida o muerte: o lo eras o te convertías en prostituta, por lo que mi tendencia a buscar lo no autorizado me estaba causando grandes estragos a nivel familiar. Nunca he podido entender por qué la valía de una mujer está fundamentada en con cuántas personas ha estado íntimamente o con cuántos más ha tenido un encuentro sexual. Si ese fuera mi caso, definitivamente estaría más devaluada que la moneda nacional o ¡ya estaría cotizando en cetes!
Pero ¿qué es lo que siempre me ha llamado la atención del sexo? Creo que la respuesta es más simple que la pregunta: cómo dos personas se unen con la finalidad de compartir un espacio y un deseo sin que este termine en una eterna promesa rota o tenga que llegar al matrimonio. Porque esto último era la cantaleta eterna que escuché una y otra vez sobre quiénes osaban mantener relaciones sexuales con individuos que no fueran a ser su pareja sentimental o que ni siquiera les hubieran hecho una promesa de matrimonio. En mi adolescencia traté de apegarme al estricto código de “llegar virgen al matrimonio” y por ende no mantener ningún tipo de contacto físico con nadie que no fuera a ser mi pareja de por vida. Pero al mismo tiempo pensaba y discernía si en realidad valía la pena la espera en lugar de conocer mi cuerpo en todo su esplendor.
Al final de cuentas, cuerpos van, sensaciones vienen y decisiones consensuadas aparecen una y otra vez. Las mujeres somos seres sublimes y con características no propias para el género masculino. La creatividad, los detalles, el sentimentalismo, la autoflagelación, la censura y muchas veces la culpa, son parte de ese rito eterno de las mujeres para justificar nuestras decisiones en materia sexual, situación que ni por error sucede con los varones que sólo se limitan a sentir y no se mortifican en pensar porqué si o porqué no. Puedo decir que al final de este camino de cuerpos y sensaciones me queda pendiente el aprender a dejarme llevar por las sensaciones y dejar de lado las emociones, ya que estas últimas sólo complican la vorágine de explosiones corporales que dan lugar a la absoluta satisfacción de ser humana y de poder disfrutar de una sexualidad plena y responsable.
Aunque llegando y haciendo una retrospectiva del porqué las mujeres tenemos esta afinidad por una sexualidad plena, me viene a la mente el cuestionamiento eterno de que “tenemos una responsabilidad de vida”, lo cual se resume a que todo el objetivo de saber, conocer y explorar este asunto sexual se reduce a una inminente capacidad de reproducir y producir en un ser vivo tras todas esas sensaciones experimentadas durante un orgasmo.
Para la mayoría de las mujeres la capacidad de reproducirse es parte de su autorrealización como ser humano y esto a su vez les permite el seguir adelante con sus objetivos y construir y hacer un plan de vida que la deje estar en paz consigo misma y con los demás. Pero ¿qué tan cierta es esta realización al ejercer el derecho a la maternidad? Durante muchos años la mujer estuvo estigmatizada a la sola actividad de la crianza y educación de los hijos, su derecho a una sexualidad plena y satisfactoria quedaba limitada a la cantidad de hijos y el tipo de ciudadanos que formaban. Las cosas fueron cambiando en el trayecto de los años y hoy los papeles han cambiado tan drásticamente que es difícil concebir la idea de que una mujer piense que todo su mundo gira alrededor de un hijo.
El juego de la ruleta rusa lo experimentas todo el tiempo cuando empiezas a explorar tu sexualidad. En mis años mozos no existió la cantidad de información con la que cuentan los jóvenes hoy en día. Antes, comprar un preservativo era peor que pedir cigarros en la tiendita de la esquina y era mejor visto comprar un six de cervezas que ir al ginecólogo a consulta para conocer los programas de planificación familiar. Y si nos limitamos a estas prácticas, mis parejas sexuales ni por error se tomaban la molestia de buscar una protección antes de tener un encuentro amoroso y se practicaba el “venirse afuera” como método ideal de anticoncepción o el “sólo la puntita” como arma idónea para no eyacular dentro de la dama.
Lamentablemente muchos de estos “métodos” alternos dieron por resultado damiselas embarazadas a sus 15, 16, 17 ó 18 años, y como consecuencia surgieron los matrimonios emergentes que, al paso de los años, terminaron en divorcios inminentes al acabarse el amor mutuo y el placer duradero. ¿Cuántas de nosotras no fuimos a una farmacia a comprar una prueba casera de embarazo? Yo creo que ese fue el pan nuestro de cada día en el ejercicio real de la sexualidad. Pero ¿en qué ha cambiado después de 20 años? Creo, y estoy segura, que el cambio ha sido mínimo. Las mujeres siguen ejerciendo su sexualidad de forma limitada, la maternidad sigue siendo una “responsabilidad” inherente de ser mujer como el estudiar la secundaria y terminar hasta la prepa.
En mi caso aún no ejerzo esta responsabilidad por muchos motivos, unos involucrados con salud y otros involucrados con un nulo deseo o afinidad a pasar por ese proceso. Qué raro es pensar que no me sienta atraída por la idea de ser mamá cuando durante toda mi vida pensé y estuve absolutamente segura de que lo iba a ser. Hoy, ese deseo lo siento nulificado, quizás por miedo, por terror a la responsabilidad, por pánico de no hacer un buen papel o tal vez por creer que ese “trabajo” no está destinado para mí. Cuando te casas piensas que es parte del paquete el querer tener hijos y formar una familia. En mi caso lo fue hasta el momento en que mi pareja decidió que “no era tiempo, y no estaba preparado para ser padre”. A partir de ahí mi concepción de la maternidad cambió 180° y a la fecha las cosas no han sido fáciles.
Algunas personas mencionan que en “revancha” de esa negativa hace algunos años generé una defensa y negativa a todo lo que tuviera que ver con la maternidad, sin embargo, y para ser honesta, no creo que tenga que ver con ello. Reconozco que deseaba en el alma convertirme en mamá y la idea me encantaba. Después de ese encontronazo me di cuenta que quizás no era tiempo y que las cosas se darían cuando fuera prudente. Hoy, padezco de endometriosis y por ende me encuentro bajo un tratamiento que me produce una menopausia química y los efectos secundarios que atañen a esto. Hoy, mi matrimonio pende de un hilo dado mi absoluta negativa a embarazarme como remedio a mi padecimiento. Siempre he creído y pensado que la solución a las rupturas entre parejas NUNCA será en función a traer a alguien más a este mundo y en estos momentos me siento condicionada y coaccionada a hacerlo si es que quiero seguir en un “feliz” matrimonio. ¿Qué complicado es decidir no sólo hacerte cargo de tu vida, sino el asumir la responsabilidad de la vida de otro ser? La vanidad, el perder la figura, tú tiempo y tu espacio creo son condicionantes que poco tienen que ver con la sensación de no “desear” engendrar a alguien más. ¿Acaso es más fuerte la moralidad y certeza de cometer un error? No sé si lo sepa, no tengo idea si tendré la respuesta; lo que sí sé con absoluta seriedad es que el día que por fin Dios y mi corazón hagan las paces y decida ser mamá, será maravilloso ver crecer a un ser que tendrá la absoluta confianza y libertad de acción y pensamiento permitiéndole con ello ser libre y vivir en paz….
Suahil Rivera
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