Las reuniones familiares son escenarios de reconciliación, risas, pleitos, música y mil anécdotas para recordar con los nuestros.
Desde que llegué me gustó sentir el ambiente que caracteriza a las fiestas de mis parientes. Nunca han sido exclusivas para familiares, los amigos son absorbidos por este sistema y confieso que nunca imaginé encontrarme con Laura…
-¿Cómo estás? ¡Qué gusto verte! –le dije con toda sinceridad. Fuimos amigas en la universidad y luego dejamos de vernos por años.
-Excelente, me ha dado de nuevo por viajar y no sabes la de cosas que tengo por contarte… ¡te veo muy bien! –me dijo mientras nos dimos un abrazo de viejas amigas.
La verdad la encontré impecable; volver a hablar con ella me remontó a los diecinueve años, nos sentamos cerca del piano, aprovechando la magnífica atención de mis sobrinos quienes, para no perder la costumbre, echaron la casa por la ventana.
Justo cuando nos estábamos acordando de un chiste de Javier, uno de los compañeros de esos años que acabó siendo el amor de la vida de Laura y su primer esposo, se detuvo a saludarnos Miguel el menor de mis tíos, quien ha fungido más de hermano alcahuete que de imagen de autoridad.
-Estoy impresionado –nos dijo –Lupita es idéntica a ti cuando te acababas de casar. Tú en esa época ya andabas descubriendo las maravillas de Asia –le dijo a Laura -pero aquí la sobrina era la mujer más guapa de la ciudad, no puedo creer el parecido –insistió Miguel.
La casa se fue llenando de más caras conocidas que hablaban de épocas distintas, la comida estaba deliciosa; esas reuniones se caracterizan por cuidar cada detalle, por dar gusto a los invitados al punto de consentirnos y dejarnos con ganas de que se prolongue la pachanga todo lo posible.
Agradecí el tequila más reconciliador que he probado, la música narraba historias de antes y predecía nuevos amores. La fiesta resultó tan amena como la esperaba. No hay nada comparado al calor de una buena plática, acompañada de las personas que estimas en verdad y forman parte de tus cariños, de tu forma de ser.
Ya con los ojos cansados de reír y recordar, nos despedimos como si nos fuéramos a ver al día siguiente; coincidimos en encontrarnos el próximo año en el mismo lugar: la ofrenda de mi familia, la que se monta en el piano, la dedicada por igual a los parientes que hemos partido, como a los amigos que forman parte de nuestra historia y ni la muerte ha sido capaz de tocar.
Paulina Bianchini Gómez