Talladoras de Palabras

Mayo, 2010

Segundo escrito Suahil

TE ENCANTA SER EL CENTRO DE ATENCIÓN

En infinidad de situaciones y momentos de mi vida viene a mi memoria una y mil veces la frase favorita de mi madre: “¡claro!, pero si te encanta ser el centro de atención de todo, ¿verdad?” y, por más que han pasado los años y las situaciones y circunstancias han cambiado, la frase sigue latiendo en mi memoria como si fuera una lápida funeraria en dónde aparece mi epitafio que menciona “y sí, siempre fue el centro de atención de todo”.

Debería de haberme tomado las cosas más a la ligera cada vez que mi madre mencionaba esta frase, sin embargo; generalmente venía acompañada de algún reproche que con regularidad terminaba en “¡eres igualita a tu padre!”. Y hoy, después de casi nueve años de divorcio, de vez en cuando y presa de la desesperación por no ser la misma mujer fuerte y entrona que no le daba miedo nada ni nadie, que siempre fue la machorra que estuvo al frente de una familia porque el hombre de la casa se divertía en juergas y mujeres sin fin; hoy que la diabetes de mi madre ha casi fulminado el último suspiro de fortaleza, de nuevo recuerdo esta frase que en lo personal la sigo sintiendo como culpa y regocijo, como sal y mucha pimienta, porque a pesar de que fue dicha con saña y mala intención, me dio la idea de que, efectivamente, siempre iba a querer ser el centro de atención de todos y por todo y casi puedo decir: misión cumplida.

Pero después de esta frase cómo olvidar otra que aún el día del funeral de mi abuela materna fue para mis hermanos y primos el sello y estandarte con el que recordamos a nuestra viejecita a sus casi doce años de muerta: “una señorita jamás debe de andar sin maquillaje y sin un buen vestido, nunca se sabe lo que puede pasar o a quien te puedes encontrar”, jajaja, de sólo acordarme me da tanta risa esta frase, porque así como la de mi madre me recuerda los tabúes que hemos padecido las mujeres por siempre ser las muñequitas del pastel que deben de lucir perfectas, aunque por dentro estén pudriéndose y no puedan expresar dolor. Cuando mi abuela falleció, después de una larga agonía, un Alzheimer muy  avanzado y cuando una mala diálisis practicada en cierto centro de salud pública desencadenó que su muy maltrecho cuerpo ya no resistiera tan terrible procedimiento, mi tío salió de la habitación de mi abuela y me dijo en tono muy serio: “eres la nieta mayor de Doña Lola y lo menos que me puedo esperar es que te arregles como lo marca la ocasión”; en lugar de decir que mi abuelita acaba de fallecer; se limitó a decirme que me fuera a cambiar con la rigurosa etiqueta que exigía “tal evento”.

Al llegar a mi casa y voltear a mi closet recuerdo que no podía pensar en nada más que encontrar el perfecto atuendo negro y las zapatillas de tacón apropiadas y cada que veía mi atuendo recordaba lo que me decía mi abuelita antes de morir “una señorita jamás debe de andar sin maquillaje y sin un buen vestido, nunca se sabe lo que puede pasar o a quien te puedes encontrar”; sin más, me derrumbé en la cama ya casi lista para irme a la funeraria y, viendo las lágrimas negras del maquillaje, pensé ¿para qué? ¿Por qué ocultar el dolor de haberla perdido tras una máscara de frivolidad y excelente apariencia? Ya no la iba a volver a ver y sin embargo, sin saber de dónde o como una vocecita interior me dijo: “¿y así quieres que te vea en su última morada? ¡Cómo es posible que te dejes desmoronar por algo inevitable!”  Sin pensar, me volví a arreglar el maquillaje hasta quedar “perfecta” y después revisé uno a uno de mis hermanos la corbata y camisa que habían elegido. Nuestro deber era ir de negro riguroso e impecable sin ninguna arruga, sin ningún hilo suelto.

Mi abuela en vida fue la viva imagen de una Jacqueline Kennedy, siempre a la moda, siempre arreglada; aun y cuando sus últimos años los pasó postrada en una cama como un vegetal exigía con los ojos que su cabello estuviera perfectamente arreglado, que sus uñas al menos estuvieran cortas y limadas y su ropa fuera siempre pulcra, siempre limpia. A la fecha en mi casa conservo una fotografía de estudio donde luce regia: con sombrero de ala ancha, un vestido de flores y el maquillaje impecable que sólo deja ver lo espectacular y maravillosa que fue en vida.
“Nunca llores por debilidad”, me decía una amiga el día del funeral de mi abuelo, porque yo me sentí desfallecer, me dolía profundamente que mi familia estuviera hecha pedazos porque mis padres decidieron dar por finiquitado su matrimonio después de 28 años a la semana siguiente a mi graduación de la carrera profesional. Cuando pensaba en el porqué de esta situación caía en la cuenta de lo que me decía mi madre una y otra vez: “siempre quieres ser el centro de atención” y que mi abuela me decía que “una señorita jamás debe de andar sin maquillaje y sin un buen vestido, nunca se sabe lo que puede pasar o a quien te puedes encontrar” y ese día en el funeral, al escuchar las palabras de esta amiga, me quede pasmada de ver que era mi responsabilidad ser fuerte y jamás dejarme decaer frente a nadie. Opté por llorar a solas y sin que nadie me viera, decidí recibir el pésame con el temple de una reina y que nadie comentará “pobrecita, su mamá se fue con otra persona y su papá tuvo el descaro de llegar tomado después de una noche de juerga con su amante”. ¡Palabras estúpidas de gente estúpida! Así que tuve que salir a tomar aire, respirar y decir “esta tiene que ser mi actuación más soberbia, más ecuánime, más perfecta…” y sí, al final del día me dije: “efectivamente, para ser el centro de atención y cumplir como una señorita debes de ser PERFECTA”.

Qué equivocada he vivido todos estos años tratando de ser algo que estoy muy lejos de lograr; porque al final del día lo único que tengo es que soy tan humana como mi madre, mi abuela y mi amiga, y que sus palabras sólo son eso, palabras, que en el momento preciso y oportuno pueden ser el motor que cambia una vida o la sobredosis que mata el alma….

21 Dic11:13

Es muy cierto que vamos por

Por Catalina (no verificado)

Es muy cierto que vamos por la vida con mascaras y armaduras por miedo al que dirán y en lugar de mostrarnos tal y como somos tenemos tabues, verguenza y terminamos pensando no como quisieramos sino como nos toca vivir obteniendo como consecuencia dolor y frustraciòn, todos los seres humanos estamos convidados a  vivir como pensamos y no a  pensar como vivimos, aprender a vivir nosotros mismos nuestras vidas y no dejarnos vivir, si parece un juego de palabras, pero si nos detenemos por unos minutos  y analizarnos estas frases caemos en la conciencia de cual profundo mensaje encierran. Desgraciadamente en el malestar de la cultura se nos enseña que el expresarnos tal y como somos es una señal de debilidad e introversión y no debe ser así, todo lo contrario, el mostrarnos tal cual es signo de fortaleza pero sobre todo autenticidad.

Gracias Suahil por compartir.