Talladoras de Palabras

Mayo, 2011

Segundo secreto Alejandra Carrasco

 Mi abuela se llamaba Antonia.

La saga es un camino solitario, ya te digo que es para personas que no se han realizado y que a veces fantasean mucho; pero hoy no toca hablar de la saga, hoy toca decir todo eso que me remueve como olas furiosas en el mar de Valparaíso, todas esas palabras que llevo atornilladas en el centro de mi núcleo femenino.

Yo crecí en una casa oscura, llena de pasillos estrechos, ladrillos violentos, plantas con espinas y muchas abreviaciones, no tuve a mi madre porque ella decidió vivir la vida sin mí y mi papá trabajaba demasiado como para decir algo al final del día, así que mi estadía en esa casa era bizarra, como decrépita pues yo vivía con una anciana de formas indefinidas; ahora la entiendo pero en ese tiempo me costaba mucho trabajo.

Mi abuela no era muy demostrativa, tampoco me prometió serlo ni darme besos, abrazos o consejos que tuvieran un comienzo o un final; lo más interesante del asunto es que ella hablaba en forma de acertijos. Yo solía meterme con ella a la cocina y mirarla partir los tomates, las cebollas, las calabazas y la odiosa carne de res, mientras me contaba historias de su vida y luego venían mis preguntas, que casi nunca tenían respuesta. Ella siempre se bloqueaba para decir las cosas, si alguien le preguntaba algo de importancia ella simplemente respondía: “Usted sabe’’, dejando el camino abierto y sin censuras para que uno hiciera lo que creyera más conveniente. Siempre que alguien estaba mortificado ella lo escuchaba atenta, parpadeando, cruzando y descruzando las manos, y luego, cuando aquel terminaba de hablar, ella se le quedaba mirando y le decía así nada más: “Si, está difícil’’. Y yo pensaba: “Qué mujer tan indiferente’’. Ahora entiendo muchas cosas… Mucho de todo ese enigma.

Era una mujer descuidada de su aspecto físico llevaba siempre una trenza mal hecha al costado izquierdo, el pelo era negro, con pocas canas que lo resaltaban y usaba siempre unos zapatos desgarbados, medias de lana o de estambre, faldas tejidas y, en verano, faldas con estampados discordantes que nunca hacían buen juego con las blusas o las sandalias de plástico; no tenía muchas arrugas para sus setenta y tres años y las manos eran rojas y enormes, usaba dos anillos en cada mano y algunas pulseras que alguno de sus hijos, pudientes y desinteresados en temáticas familiares, le obsequiaba cada día trece de junio o cada que consideraran que algo importante ocurría; su voz, esa voz era rasposa, gruesa, regañona y muy poco conceptual, no era una voz muy trillada pues hasta hoy nunca he vuelto a oír una voz de esas.

Caminaba siempre rápido y conforme fui creciendo y presentando dificultades mayores, ella decía: “No te apures, que haya un loco y no haya dos’’. Y yo decía en mis adentros: “Es algo que parece corto pero tiene cierta sabiduría’’. Siempre tenía frases o refranes para hacer alusión a un tema. Un día mis primos llegaron de la escuela primaria algo decaídos porque no pronunciaban bien la letra ‘’r’’ y ella se sonrió y les dijo: ‘’Niños, cada quien habla como su tragadero se lo permite’’. Y se hacía ese silencio que hay en los panteones cuando los muertos deciden callarse y ponerse a soñar que están vivos y yo sólo les decía: ‘’Vieron, no se asusten, mi abuela dice eso porque es muy sabia’’

Ella no era una persona educada, trabajó siendo una niña –como mis hijas- y no estudió más que enfermería ¡Qué cantidad de hazañas me contaba! Era algo mágico escuchar todo eso aunque fuera lo mismo de siempre, yo lo disfrutaba y la miraba con ese regocijo de los antiguos días idos. Cocinaba mientras me decía como funcionaba la vida en los días que ella fue joven, sonreía de vez en cuando y contenía la risa cuando yo decía algún sarcasmo.

Lamento no poder contar más acerca de otras mujeres pero en mi vida no ha habido muchas, sólo ella y ahora mis hijas, sólo me dieron un guijarro que no es muy parlante porque hay que escucharlo atentas, profundamente y bajo la clara luz de una luna muy brillosa.

Mi abuela se llamaba Antonia y murió dormida cuando los reyes magos estaban tomando café de olla en una calle conocida  de la ciudad de México; llevaba puesto un traje sastre negro con una pulsera y un anillo, me parece; le pintaron los labios color carmesí. La vi cuatro veces mientras los mariachis le estaban cantando en el cementerio ese día cuando yo llevaba puesto un suéter a rayas clásicas, pero sus refranes, sus historias y esas frases que parecen simplistas son las que más razón tienen y las que me marcaron en diferentes etapas de mi existencia.

La saga como dije es un camino sombrío, para gente que no se ha realizado como personas, que se escudan en sueños psicodélicos y yo a veces trato de dejar a un lado todo eso; si mi abuela estuviera viva y yo le contara sobre la saga, ella diría: ‘’Alex, que haya un loco y no haya dos’’.

 

Alejandra Carrasco

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22 Jun12:00

Mi comentario

Por María Josefina (no verificado)

Hola Alejandra

Te saludo con mucho gusto y te agradezco por compartir este hermoso texto donde presentas a tu abuela Antonia. Me llama mucho la atención como con tanto detalle narras las experiencias que tenías con ella y la forma en que se relacionaban. También logro leer el respeto que de alguna forma le tenías -y seguramente le sigues teniendo- cuando les dices a tus primos "... mi abuela dice eso porque es muy sabia", otra parte que me llama mucho la tención y que me gusta, porque me siento identificada , es en el segundo párrafo comentas"... ahora la entiendo, pero en ese tiempo me costaba mucho trabajo". Alejandra, gracias por permitirme conocerte un poco y también de tu abuela.

Mari Jo