“El Inicio…”
“Pero me vas a ver hasta el día que me muera”…
Mi tía Ernestina fue una persona muy importante en nuestras vidas… Nunca se casó y su vida siempre fue un enigma para mí; el peor insulto que podían hacerle era llamarla señora: “¡Señora, ¿dónde me ve el anillo? ¿Dónde mira al marido?, Se-ño-ri-ta, aunque le cueste!”. Yo volteaba para otro lado o si podía me alejaba un poco, no fueran a pensar que veníamos juntas…
Su pelo era blanco, corto con raya al lado y todas las noches, todas, dormía con tubos en el pelo. Siempre pensé en el martirio que sería dormir así…era sumamente pulcra y todo el tiempo andaba bien vestida, siempre admiré la hermosa piel de su rostro, suave, tersa; el cuidado de su cutis era toda una ceremonia diaria, después de lavarse la cara con agua y jabón, el siguiente paso era la crema, hasta la fecha oler un jabón Dove o una crema Hinds me llevan a recordar los momentos de mi tía frente al espejo.
Su carácter era frío, irónica y tremendamente mordaz; eso también me hizo pasar penas ajenas. En una ocasión, sentadas a la par de una gran señora, amable, atenta, buena, cariñosa, siempre me decía cosas bonitas, me hacía sentir bien, sin más ni más, volteó y le dijo: “Ya viste Anita, qué guapo se ve Gabino, cómo se nota que es un Medina”, ese comentario hizo que la mirara de forma inmediata y la odié cuando noté su sonrisa y el placer que emanaba de sus ojos, placer maquiavélico después de esparcir ponzoña; dirigí la mirada hacia Anita, la miré con vergüenza, no quería que pensara que yo era igual. Me sonrío con bondad, como diciendo: “No te preocupes, no me lastimó”, tomó aire y contestó sin enojo ni coraje, con resignación, como sólo una persona que ha perdonado de corazón responde: “Claro que es un Medina y se parece mucho a mi marido, nunca negaría su sangre, no importa que lo haya tenido con otra mujer”. Me hubiera reído a carcajadas, pero no lo hice, ya que al observar la cara de mi tía, apretaba la mandíbula y me di cuenta de cómo le dolió no haber podido causar el daño deseado; es un ejemplo de lo que recuerdo, casi todas historias amargas, como aquel día…
Íbamos caminando por la calle y mi hermano me iba molestando, hasta que no aguante más y lloré. Mi papá lo regañó y ella se metió para defenderlo. Mi hermano siempre fue su preferido, así que ella quiso llamarme la atención, pero allí estaba mi papá y no podía hacerlo, la miré triunfante. Me devolvió la mirada con enojo y me dijo “ya sé, mocosa, que me odias, pero me vas a ver hasta el día que me muera”… Yo tenía como siete u ocho años y pensé “sí como no… va a llegar a vieja y la trataré como me trata”, me sonreí, en mis pensamientos de niña la imaginaba vieja y a mi merced. Pasaron los años y yo estaba en una pausa educativa, para encontrar lo que realmente quería estudiar, así que dejé una carrera inconclusa y el resto del año lo pasé en casa de mis padres.
Fue un domingo por la mañana, domingo de ramos, y estaba parada en el umbral de la puerta cuando pasó un amigo: “vamos a ver un cultivo de mi papá”, me dijo; pensé que volveríamos rápido, motivo por el cual no avisé a nadie. Cuando volví mi hermana estaba descompuesta, al verme me dijo “¿Dónde andabas?… mi tía se nos muere”. La tía se había desvanecido en brazos de mi mamá. Por suerte pasó un vecino en su carro y la llevaron a un sanatorio, no sabíamos a qué lugar, así que tuvimos que esperar… le había dado un derrame cerebral y no se conocían las consecuencias…
Días después, cuando volvió a la casa, el resultado nos tomó por sorpresa, podía valerse por sí misma, pero había borrado completamente su memoria, por increíble que parezca, volvió a ser niña. Estoy convencida que ese derrame para ella fue una bendición, mis primos, primas y especialmente yo, perdonamos todas las amarguras que nos había causado; los primeros meses después de su regreso del hospital, había que cuidarla por la noche, nos turnábamos entre semana, un día mi mamá, un día mi abuelita y un día yo. El fin de semana llegaba una de mis tías y nos ayudaba. Fue una noche, en la que escuché platicar a la tía con mi abuelita… ella lloraba amargamente, uno de los pocos momentos en que recobró la cordura, “¿Por qué me pasa esto? ¿Qué hice para merecer este castigo? ¿Por qué Dios no me recoge?”, y recordé todos mis momentos junto a ella, aquella frase que me dijo años atrás “Me verás hasta el día que me muera”… lloré muy quedo, pero a raudales. Fue uno de esos llantos con los que una siente cómo se limpia el alma por dentro, le pedí a Dios desde el fondo de mi corazón, que ese momento de lucidez se fuera con la misma velocidad con la que había llegado, el odio por fin se había transformado en amor, el rencor en perdón, ahora podía cuidarla, bañarla, llevarla a pasear, la acompañaba en sus juegos y estaba a su lado en sus silencios. No importaban los malos momentos vividos en el pasado, el presente compensaba por mucho cualquier cosa que hubiésemos vivido…
Cuando murió, yo estaba en la Universidad, fue a mediados de una semana de agosto, me encontraba en la casa de mi novio mirando la tele, acababa de llover y en el patio se había formado unos charcos de agua… splash, splash… inmediatamente pienso en que algo pasó en mi casa, pero me conforto pensando que mi madre me llamaría. Voy de visita a mi casa ese fin de semana, me bajo contenta del taxi, pero cuando veo en el marco de la puerta que hay un moño negro, un frío recorre mi cuerpo, entro corriendo y miro a mis tías. Pregunto con miedo, aún cuando en el fondo de mi ser conozco la respuesta: mi tía falleció justo el día que escuché el sonido del charco de agua… mi tía había ido a despedirse de mí y se lo agradecí desde el fondo de mi alma. Tía Tina, te recuerdo con mucho cariño y amor, te voy a recordar “Hasta el día que me muera…
“Si ustedes no se quieren…”
Tengo la suerte de tener una amiga maravillosa, me da gusto haberla encontrado en esta vida y tener el privilegio de contar con su amistad, trabajar con ella es muy enriquecedor, ya que todos los días se aprende algo nuevo…
Se llama Milagro, pero de cariño le decimos Mili; es delgada, tez clara y pelo muy corto, excelente conversadora… a Mili le gustaba salir a caminar, su mejor cualidad es el inmenso amor que tiene por supersona, se cuida mucho y al menor aviso de su cuerpo, es la número uno en el consultorio médico.
Una mañana, llegamos a la oficina donde trabajábamos en esa época, estábamos con una compañera. Mili nos contó que acababa de hacerse su Papanicolaou y preguntó si estábamos al día con nuestro examen. Me dio pena contestar que tenía dos años sin hacerme ese estudio, pero la respuesta de Gloria fue más sorprendente: “Yo nunca me he practicado ese examen, y no pienso hacerlo, eso de que un hombre le esté metiendo los dedos a una no me gusta, además de algo nos tenemos que morir”. Milagro contestó de forma inmediata y en su tono se adivinaba enojo y frustración, “miren, si ustedes no se quieren, está bien, pero quieran a sus hijas (yo tengo dos y Gloria tenía una), no lo hagan por ustedes, háganlo por ellas, porque merecen tener a su madre a su lado, merecen crecer con una madre junto a ellas, por ellas vayan y háganse su examen”. Me dejó pensando y ese mismo fin de semana fui al ginecólogo, que era el médico de Mili y ella me lo había recomendado.
Terminamos el proyecto en que trabajábamos y nuestros encuentros se volvieron esporádicos. Después de dos añosrecibí una llamada de Ofelia, una compañera nuestra que había ocupado el lugar de Gloria cuando se retiró del proyecto: “Hola Mireya ¿Cómo estás? ¿Tendrás el número de la doctora Yadira?, tengo una noticia que darte… Gloria tiene cáncer de matriz, parece que ya es muy tarde y está en fase terminal”… respiré profundo.
Gloria no vivió más de dos meses, no pudimos verla porque no tenía fuerzas ni ganas para ver a nadie. Su agonía fue larga, pero fue una mujer tan valiente que luchó hasta el último segundo; Yadira fue la única que logró comunicarse con ella pocos días antes de su fallecimiento; la motivó para que siguiera luchando y contestó que lo haría, que si no fuera por su hija ella habría dejado de luchar muchos meses atrás…Gloria perdió la batalla, su funeral fue muy concurrido ya que era una mujer luchadora, siempre apoyando a las demás mujeres…
El día de su funeral estaba sentada cerca del féretro cuando se acercó su hija, una niña hermosa de nueve años, con un pelo tan largo que le llegaba a la cintura, tez morena y ojos oscuros muy bellos. Lloró con tanto dolor, que todas las personas presentes lloramos con ella intentado imaginar su dolor… cuando su tío se acercó para consolarla, ella le dijo: “yo sabía que iba a ser doloroso, ya me lo había explicado, sólo que no pensé que pudiera sentir tanto dolor”… justo en ese momento recordé la plática que tuvimos uno o dos años atrás… me enojé tanto con Gloria y recordé a Mili diciéndonos…”si no se quieren ustedes, háganlo por sus hijas…”
“Todas las cosas pasan por algo…”
He tardado muchos días en escribir esta historia, lo había postergado, tal vez porque es uno de los momentos más dolorosos que me ha tocado vivir…
Recién había terminado la universidad, tenía un novio con el que me veía viviendo mi cuento de hadas, uno de esos tiempos en que una se siente invencible y me embaracé. Eso me causó un sinfín de sentimientos encontrados: por un lado, felicidad de sentirme una mujer completa, a punto de vivir una etapa muy anhelada; por otro, tristeza y pena frente a mis padres, tantos años de estudio, pero sobre todo no haber conseguido ese primer trabajo que tanto anhela una después de salir de la universidad, saber que no podría retribuir de la manera que hubiera querido a mis padres…
Estaba de visita en casa de mi novio cuando sentí ganas de orinar, me dirigí al baño y justo cuando terminaba de salir mi orín, sentí como bajaba una pelota de mi cuerpo, la ví salir, era como un globo con agua muy clara. Por instinto, intenté empujarla hacia adentro, tarea totalmente imposible, y cual pompa de jabón se reventó, yo no sabía a ciencia cierta qué era pero me imaginaba que era la bolsa placentaria, sin embargo no ví ningún bebé. Sin titubear, me dirigí a un sanatorio cercano donde me hicieron un ultrasonido y me dijeron que no había nada que hacer, mi bebé estaba todavía vivo, pero no tenía líquido amniótico para seguir creciendo. Apenas tenía cuatro meses de gestación, así que sería prácticamente imposible salvarlo. Le pedí al doctor que localizara a mi novio, fue él quien le avisó a mi madre y a mi hermana. Cuando mi mamita llegó, con sólo mirarla, supe que no había lugar para explicaciones de ningún tipo, en su mirada sólo había amor y se lo agradecí en mi interior… Mi madre se acercó a la silla que estaba junto a mi cama, tomó mi mano y me dijo “mi amor, sé que estas sufriendo, pero todo pasa por algo”. Yo estaba deshecha y eso no me dio ningún consuelo, era un hijo amado, deseado, por lo menos de mi parte. Mi madre me dio un beso y con su sola presencia me sentí fortalecida, es de esas personas generosas que siempre están dispuestas a ayudar, que no juzgan, que aman desinteresadamente; a las que todo mundo acude cuando se necesita de un apoyo. En esos momentos de tanto dolor, agradecí tenerla a mi lado. Me hicieron un legrado y hasta la fecha el único recuerdo que conservé de ese bebé es un ultrasonido que me habían hecho un par de meses antes…
¿Que si las cosas pasan por algo? ¡Por supuesto!, ahora puedo verlo: ese hombre que estaba a mi lado era un misógino, mujeriego, que llevaba una doble vida y que yo no pude o no quise verlo; sin embargo hoy vivo plenamente, Dios me ha bendecido con dos maravillosas hijas y un esposo que está muy lejos de ser lo que el otro tipo era….
Almita
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