Talladoras de Palabras

Julio, 2011

Segundo secreto Laura Beverido

 ¡Ah qué chambona!

Puedo oír la voz de mi mamá que me lo dice cuando a los 8 o 10 años dejé dorar demasiado el arroz.

¡Ah qué chambona!, se te fue un punto del tejido y hay que pescarlo desde abajo.

Ah qué chambona, es la reprimenda cariñosa y paciente de mi ‘má.

Mi mamá era antes que nada el eje de la familia: esposa y mamá. Guapa, muy guapa, trabajadora incansable, sabia, solidaria, cómplice y optimista. Costurera y buena cocinera también. La recuerdo en la máquina de coser, en la cocina o regando el jardín con la manguera.

Siempre tuvo la disposición para dejar que la casa se llenara con los amigos de sus hijos: primitos correteando y trepando en la primera infancia y hippies o bohemios con guitarra y pelo largo al final de la adolescencia.

Crió sola a sus cuatro hijos, tres adolescentes y una bebé, mientras mi papá estudiaba Arqueología, valiéndose de una casa llena de estudiantes pensionados (extranjeros o nacionales), y su taller de costura en el que era diseñadora, administradora y operaria.

Pero se dio tiempo para jugar a la “comidita” y así enseñarnos a cocinar en cazuelitas y anafres; hacer ropita para las muñecas o complicados vestuarios para teatro cuando mi hermano empezó a dirigir. Siempre encontró tiempo para “el otro”, siempre encontró la manera de enseñarnos sus valiosas habilidades, jugando.

Y cuando algo iba mal ¡Ah qué chambona!

Una frase que sí, señala el error pero suena a consuelo. Una frase que dice: puedo ver que lo hiciste mal pero no hagamos un drama, vamos a corregirlo. Una frase que invita a enmendar sin culpa o ansiedad. La culpa daña y la ansiedad estorba.

Y tenía la misma benevolencia para sí misma.

Cuando iba a empezar un vestido, de novia por ejemplo, extendía la tela (costosa y ajena), en la mesa del comedor y con tijera en mano sentenciaba: ¡En el nombre de Dios!, y casi inmediatamente, ¡ya metí la pata!

En el nombre de Dios...ya metí la pata!

Como ocurría con alguna frecuencia terminó por aceptar que metía la pata con la venia del Señor. Antes de culparse ya había encontrado la solución. 

Los errores suceden, propios y ajenos, hay que tomar responsabilidad de ellos pero sin dramatizar, paralizarse o peor aún, enojarse.

Mi mamá fue mi gran maestra... hasta que mi hija habló.

Y habló fuerte y claro, siempre, desde los dos años de edad y si mi mamá tuvo ternura y compasión en sus llamadas de atención, mi hija fue y sigue siendo contundente e implacable. Pero no me mal interpreten, ella es amorosa y solidaria.

Hace unos años, quince o veinte no lo recuerdo con precisión como no recuerdo tampoco si todo estaba bien o todo se había complicado y parecía que ya no había nada más que hacer, ella se me acercó y me preguntó:

¿Cuándo fue la última vez que hiciste algo por primera vez?

Parece sólo un juego de palabras pero fue la pregunta que cambió mi vida y que sigo haciéndome hasta la fecha. La hizo en un momento en que, paralizada, creí que la vida había llegado a un punto definitivo, a un estadio inalterable: la vida era lo que sería de ahí en adelante. Eso pensaba. Qué error. Qué horror.

Esa pregunta me llevó a la universidad, a la acuarela y a la cerámica, a cambiar de residencia, a tener novio y dejarlo, a aprender y enseñar, a recuperar a los viejos amigos y encontrar a los nuevos.

            Gracias, mi’ja.

 

Laura Beverido

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