Triangulo de la infancia
Las lecciones más grandes de mi vida, las aprendí cuando era muy pequeña y las tres aristas de mi entonces pequeño triángulo hoy sostienen mente, cuerpo y corazón.
Corría el año 82 y el kínder se limitaba a la casa de una amable señora que había sacrificado patio, sala y comedor para enseñar a las niñas cómo vestir muñecas y a los niños a jugar futbol.
Yo, a mi corta edad, era invadida por la timidez y el miedo. La desdicha de verme envuelta entre niños desconocidos y lejos del cariño de mi madre me aterraba.
Casi siempre, una cuadra antes de llegar al kínder, ubicado en la calle de Chiapas en la colonia Roma, mi breve espíritu era poseído por la mismísima Maria Magdalena, y entonces lloraba inconsolablemente hasta mi madre me hacía entrar a la casa y la maestra me convencía de quedarme en la escuela con la promesa de un pan tostado con mantequilla y unas clases de costura de las que sería alumna exclusiva.
Así pasaban los días, entre lágrimas, panes con mantequilla y puntadas con hilos de colores que formaban letras sobre el cartoncillo.
Pero también existían esos días en que era inevitable que todos los chiquillos conviviéramos en el recreo, y jugábamos a los quemados o juegos de ronda y era entonces cuando aparecían mis pequeños verdugos.
Alejandro y Víctor, correlones y abusivos por naturaleza, eran la encarnación de Quijotillo en la Rueda de San Miguel, eran “el lobo feroz” en el cuento de caperucita y, por supuesto, caperucita era yo.
Un día, la maestra Rosita enfermó de una terrible gripa, que supongo no era tan terrible como lo eran para mí los días de su ausencia, días sin puntadas de colores y pan con mantequilla, aciagos y con recreos a merced de los lobos implacables, llenos de persecuciones y lágrimas.
Y yo, con mis pequeños pulmones, no lloraba ni una lágrima ni dos, lloraba hasta que se me acababa el aire, hasta que se inflamara la pleura y la pobre Estela, quien durante esos días se encargaba de la escuelita, lloraba a la par, pues no encontraba la manera, no había pan, abrazo o golosina que me hicieran callar. Un día, en medio de su desesperación, me ofreció llevarme a un lugar secreto donde estuviera a salvo de mis verdugos y este lugar no era otro que la recámara de la maestra.
La encontré tendida por aquella gripe, aun enferma sus ojos eran cálidos y chispeantes contrastando con su blanca tez y su cabello rojizo impecablemente peinado entre rulos. Me tomo de la mano, y preguntó:
—A ver, Susanita, ¿qué es lo que pasa?
Entre sollozos entrecortados y moquitos mezclados con lágrimas pude decir:
—Es que Víctor me asusta y Alejandro me pega, ¡y yo quiero a mi mamá!
La maestra tomó un pañuelo de la cómoda, me limpió la cara, me tomó de los hombros y dijo mirándome fijamente con aquellos ojos:
—Tienes que ser fuerte, Susanita, tú eres mi secretaria y tienes que poner el ejemplo a los demás niños. Si Víctor o Alejandro te molestan, ¡defiéndete!
Después de escuchar aquella frase decidí guardarla celosamente en mi pensamiento, tanto que ni siquiera puse atención a otras cosa que la maestra me dijo y simplemente en algún momento del día estaba a salvo en casa.
Días después, cuando llegaron los lobos, caperucita se defendió y se defendió de muchas maneras, a veces con palabras, otras con golpes, algunas con la ayuda de la maestra.
Nunca olvidaré aquel día en el kínder, cuando una mujer de cabello ondulado y mirada chispeante, me dio la primera gran lección de mi vida.
Ahora me defiendo del mundo y a veces de mi misma.
Fue Conchita, mi tía abuela, quien me enseñó el poder de la trascendencia.
Ella con sus tantísimos y yo mis poquísimos años, me dedicaba gran parte de su tiempo para jugar a las muñecas y a tomar el té. Consentía mis travesuras y solía hacerse de la vista gorda cuando, en sus narices, le robaba un pedazo de pan o me comía un par de sacarinas que sacaba del clóset
La otra parte de su tiempo la pasábamos viendo fotos y joyas que ella guardaba celosamente en su recámara y me prometía que, cuando fuera un poco más grande, me dejaría jugar con Conchito, aquel hermoso muñeco de porcelana de ojos azules que guardaba en lo más alto de su closet y que hoy conservo como un hermoso recuerdo.
Yo no me daba por vencida y siempre insistía en jugar con él y ella siempre decía “cuando seas un poco más grande.
Y entre tantos juegos, mientras las muñecas y los peluches tomaban el té, ella, involuntariamente, se quedaba dormida.
Y entonces, viendo casi arruinada mi reunión, la despertaba con insistencia, mientras ella suplicaba por 5 minutos de descanso, minutos que corrían a mi cuenta de: uno, dos tres, cuatro cinco…. ¡listo! ¡Ya despiértate, abuelita!
Incansable y paciente, así era Conchita, no me gustaba separarme de ella. Entonces llegaron esas vacaciones en donde estaríamos fuera unos días, pero Conchita no podía ir, no quería ir, circunstancia que me puso muy triste.
Casi antes de partir, Conchita me pidió que no estuviera triste, pues a mi regreso volveríamos a jugar al té. Y yo, a mis pocos años, me preguntaba cómo iba a hacer para irme sin Conchita; ella se despidió agitando la mano y dijo:
—Cuando yo no esté contigo, sólo mira hacia el cielo y desde el cielo te voy a decir adiós.
Volvimos de las vacaciones y seguimos jugando a las muñecas y al té, pero pasó el tiempo y una tarde mi mamá se encerró con ella en su cuarto.
Mi hermano y yo oímos sollozar a mamá, pero nunca más la voz de Conchita. Entrada la noche llegaron unos señores vestidos de blanco y dejaron vacío el cuarto de mi abuelita, se había ido a otro lugar, había decidido tomar sus vacaciones.
Nunca regresó ni pudimos volver a jugar, pero siempre que la necesito miró al cielo y la recuerdo: sus lentes de gran aumento, sus breves cabellos negros rematados en una trenza y, con una enorme sonrisa, agitando su mano y diciéndome adiós.
Mercedes Rocha vivía la calle de Zacatecas, esquina con Mérida, en el departamento 204; su casa era como un pequeño museo, daba esa sensación de iluminación tenue, todo reluciente y en su sitio, y los objetos parecían cobrar vida y sonreírse unos a otros. La pequeña mesa de mármol estaba repleta de figurines de porcelana e invitaban a una curiosa niña a tocarlos, a soñar con ser algún día como aquella pastorcita que carga un becerrillo en sus hombros mientras el viento le vuela el vestido y las trenzas; estaba también aquel cojincillo con borlitas en las puntas que suplicaba ser abrazado. Aquella casa tenía un aroma muy particular, olía a nostalgia y a soledad.
Merceditas, como cariñosamente le llamábamos, era nuestra vecina. Fina, gentil como jamás conocí persona, educada a la antigua y con una nobleza invaluable. Nunca supe como fue que mi mamá decidió visitarla al menos una vez a la semana para platicar con ella y yo me nombré la dama de compañía oficial de esas tardes enteras de hablar de todo y de nada.
Tocábamos la puerta y la escuchábamos al otro lado arrastrar sus pies hasta que preguntaba: “¿Quién?”; al identificarnos, los cerrojos de la puerta corrían rápidamente siendo siempre su primera frase: “¡Qué gusto!”.
Entonces entrábamos en aquella casa museo, en aquella casa que parecía el cuarto de una princesa y buscaba el cojincito con borlitas para abrazarlo.
Después venía el té, las galletitas, los chocolates… en medio de la plática hacía pausas para sonreír y decirme lo linda que era y cuánto había crecido.
Merceditas era alta, con el cabello blanco, lindos ojos azules y una increíble sonrisa, nunca se había casado y vivía sola; su mayor dicha era salir cada día, en punto de las dos de la tarde, a comer al Sanborn´s, rezar el rosario a las seis e ir a misa los domingos, ver el noticiero de las de las ocho por la noche y comer su fruta favorita, los plátanos.
Muchos años después supe que su vida no había sido fácil, en su juventud perdió ambos senos por el cáncer y por ello nunca se casó. Sin embargo, siempre fue la hija, la tía, la hermana más querida y a pesar de su soledad, ¡parecía tan feliz y disfrutaba tanto la vida!
Recuerdo que, pese mi corta edad, podía ver en sus ojos una dulzura infinita y mucha paz. Le tenía tanto cariño que a veces sin más me lanzaba a abrazarla.
Por las tardes, en su casa, cuando llegaba el momento de despedirnos, Merceditas me invitaba a su recamara, abría su clóset y de un pequeño cajoncito sacaba una moneda; “para tus dulces”, decía.
Nunca las gastaba, coleccioné monedas por años pues las de Merceditas siempre eran nuevas y relucientes. Monedas que estaban destinadas a comprar dulzura y mi dulzura se convirtió en un pequeño tesoro.
Fui creciendo mientras ella envejecía y envejeció tan rápido como crecí. Aquella tarde de mi adolescencia, que la vi por última vez postrada en su cama, con escaras en la espalda, sus hermosos ojos azules vidriosos y la boca seca, alcanzó a susurrar, apenas un murmullo, que dentro de su clóset tenía algo para mí.
Todavía guardo una moneda, la última que me dio; para el banco no vale nada, para mi es la representación más grande de la generosidad.
Fueron Rosa, Concepción y Mercedes las aristas del triángulo de mi infancia, ese triángulo que hoy apunta al cielo. Tres mujeres que me enseñaron el valor de la dignidad, la trascendencia y la generosidad, para que algún día pueda ser yo la arista de otras mujeres.
Louve de France
Precioso, Louve de France.
Por Antónimo (no verificado)Precioso, Louve de France.
comentario
Por tina (no verificado)que bonito que tengas esos recuerdos, y la forma que los describes los hace mas bellos, gracias por compartirlos.
Tina