Lazos de familia
Las mujeres de mi familia tienen la sangre maldita, algún conjuro les envenenó el corazón, entrañas de animal desalmado que repudia al ser que le dio la vida, y que a su vez, transmite a su descendencia ese odio absurdo que corroe todo amor filial, incondicional. Leche que sabe a hiel...
De niña me acercaba a mi madre, me refugiaba en lo largo de su falda, en el olor caliente de su pecho, en la verdad de sus palabras negándome a sentir diferencia entre mis hermanas y yo; las madres aman, corrigen, regañan, no son malas. Yo era una niña y la amaba. Ella era el mundo que mejor conocía. Y en la oscuridad de ese baño donde me encerraba para no molestarla cuando llegaba alguna visita, le pedía perdón a distancia y lloraba y prometía ser buena y no volver a provocarla...
Mi abue, que vivía largos periodos con nuestra familia, a medias la justificaba, y con la otra mitad le reprochaba su amargura que consideraba arbitraria. Yo, mientras, sentía que hay dolores inevitables que Dios nos manda. Y todos los días rezaba y pedía en secreto ser como ella quería que fuera, ser perfecta.
El tiempo con su día a día y yo con una adolescencia que en verdad dolía, fueron acrecentando nuestras diferencias. Unos celos ciegos e inclementes empezaron a trastornar a mi madre por el amor y las confidencias que me unían a mi abuela, quien paradójicamente era su madre.
Me casé joven, obligada por un poco de amor y por una enorme necesidad de tener mi propia casa, de ser valorada.
“Nuestra libertad nos permite escoger la actitud con que vivimos”, me dijo mi mejor amiga, recibí este regalo acompañado de besos y abrazos.
Y con este firme propósito decidí, bajo la misma condición de mujer adulta y casada, entender a mi madre, sin embargo esa reciente madurez solo sirvió para recrudecer el rencor que a estas alturas me inspiraba y resolví explicar su actitud hurgando en su vida, y encontré una tatarabuela y una bisabuela bajo su misma línea, despiadadas, duras, desamoradas como las mujeres de nuestra prole.
Como siempre, mi abue me daba el amor que necesitaba y me susurraba, con los ojos, con la boca y con todo lo que hablara, “el cuerpo termina hablando donde tú lo escuchas”. Y sólo a base de tanto escucharla, rasqué en lo más recóndito de mi alma y me hablé de lo que nunca se habla y tuve oídos para mis entrañas y ellas aceptaron ser más tiernas y me dieron el derecho de dejar de sufrir, de desmentir todas las mentiras que me fueron contadas; que la que es madre ama a sus hijos y que los hijos aman a la que los parió, todo esto por simple gracia, y detuve al tiempo, todo el tiempo que quise, para dejarlo correr en el abandono de la orfandad.
Es por esta historia, Mariana, que cuando tu naciste, no tuviste más abuela que tu bisabuela y más tías que las que inventé para ti, porque sólo después de muchas generaciones de mujeres de nuestra familia, con un árbol genealógico de sabia maldita, decreté cambiar nuestra historia, sólo para ti, y romper con esta cadena, para empezar con un solo eslabón, el de nuestras vidas y con únicamente dos mujeres tras tu espalda.
Y escucha hija: “cuando quieras algo, pídetelo solo a ti”.
Ma. Paz.
¿Qué te parece este texto? Escribe aquí tus comentarios o envíalos a diana.perez@demac.org.mx
(:
Por Aketzhaly (no verificado)Me has dejado sin la posibilidad de explicar lo que sentí al leer tu escrito.
Talento y verdad, podría resumir (: