Sabias palabras, sabios consejos
Recuerdo a mi mamá preparando desde temprano los sándwiches de tres colores, el enrollado de jamón, las gelatinas de Jerez, el rompope y el pastel que decoró con la infaltables rosas pequeñitas que crecían en un arbusto en el patio de atrás de la casa.
Era el día de mi cumpleaños. Quince años. Pero nada en especial. Nada de vestido ampón color de rosa, nada de misa cantada, ni padrinos, ni discursos; nada de damas y chambelanes para bailar el vals. ¡Ay, no! Eso no iba conmigo. Ir a dar gracias a la iglesia acompañada de mi familia y una reunión en mi casa. Eso era todo. No recuerdo haber hecho yo las invitaciones, seguramente las hicieron mi mamá y mis hermanas por teléfono y de boca en boca.
Ya en la tarde fueron llegando las convidadas. Mis tías, mis primas, mis amigas, algunas compañeras de escuela, vecinas y “conocidas”.
Muchos abrazos y felicitaciones, alegres pláticas, sonrisas y regalos.
Y de repente me di cuenta. Afuera de mi casa había una reunión alterna. Si, afuera, ¡en la calle! Ahí estaban mi “recién adquirido” novio, mis amigos, mis compañeros de escuela y conocidos. Todos acompañados por mi hermano, a quien seguramente le tocó la encomienda de entretenerlos o convencerlos de ir a algún otro lugar.
De inmediato fui con mi mamá a informarle que los invitaría a pasar y entonces sucedió:
--No, hija a tu papá no le gustan esas cosas
--Pero, ¿qué cosas? Además ya están todos aquí y es mi cumpleaños. ¡Por favor!
--No. No se va a poder. Los muchachos no están invitados.
--Pero, ¿por qué?
--Porque así es la vida, hija. Qué le vamos a hacer.
Creo que en ese mismo momento, aunque no del todo consciente porque las lágrimas y la vergüenza no me dejaban pensar con claridad, supe que así no es la vida. No puede ser vida una en la que hay que dejar afuera a la mitad de la humanidad.
Y, bueno, a partir de entonces yo tenía un invaluable nuevo concepto de la vida, mi concepto de la vida, no el de mi mamá y estaba decidida a hacer las cosas a mi manera. Seguiría con mi novio, tendría amigos y asistiría a fiestas “mixtas” o sea, de muchachos y muchachas como lo hacía todo el mundo. ¡Por Dios, no estaba haciendo nada malo!
Sólo que pasé por alto un detalle, mi papá.
En mi familia se hacían las cosas como él decía, no había discusión posible. Y como esta niña estaba desafiando las reglas, había que encontrar una solución. Algo rápido, drástico, no un regaño ni advertencia, algo que me hiciera cambiar de actitud.
Y así fue que una lluviosa tarde de enero mis padres me llevaron al internado. En otra ciudad, suficientemente lejos de la tentación. Un colegio sólo para señoritas, nada de la “otra mitad de la humanidad”. Un lugar muy grande y hermoso, debo decir, pero que en ese momento me pareció el más triste y lúgubre sobre la tierra. No sé si era solo la lluvia o era yo la que no podía contener el llanto al saber que tenía que quedarme ahí.
Creo que mis papás deben haber confiado mucho en mi inteligencia y mi capacidad de adaptación, pues yo debía integrarme a un grupo que ya había vivido y convivido durante un semestre o más sin mí, o sea, que yo era la novata, la intrusa, la que no sabía ni qué. Y por si eso fuera poco, las monjas que atendían el colegio, las que serían mis maestras y a quienes yo debía recurrir para solventar desde la más básica necesidad, como ganchos para colgar mi ropa, hasta el más complicado conflicto, como no entender absolutamente nada en la clase de sicología de Father Wagner, hablaban sólo inglés, amén de que todas las clases eran obviamente, en ese mismo idioma. Sobra decir que, entonces, quitando “tenkiu”, “plis” o “juatsyurneim”, yo no hablaba más que español. ¡Estaba perdida!
Afortunadamente muchas de mis compañeras eran mexicanas, como yo, así que siempre les entendí a las que me daban mal las indicaciones para llegar a las canchas o a la biblioteca. O cuando, después de descubrir que yo no sabía nadar y que le tenía pavor al agua, algunas me amenazaban con empujarme a la alberca; o en las ocasiones en que se reían de mí porque no podía encontrar mi grabadora, uno de mis zapatos, o el vital e indispensable diccionario que ellas mismas habían escondido. La novatada. Yo lloraba como Magdalena y no sabía qué hacer. ¿Cómo me quejaba con las monjas si no podía hacerme entender? Me sentía totalmente desamparada. Entonces hablé por teléfono con mi mamá y le di una pormenorizada reseña de todos mis males. Yo estaba inconsolable. No era posible seguir así, ¡quería regresarme a mi casa! Y ella muy tranquila, me dijo:
--Hija, siento mucho todo lo que te está pasando, pero yo estoy muy lejos y desde acá no puedo hacer nada por ti. Vas a tener que arreglártelas tu sola. Saca fuerzas de flaqueza, y verás que cuando tus compañeras se den cuenta de que no tienes miedo te van a dejar de molestar.
Al no tener “para donde hacerme”, seguí su consejo y el día de hoy mis mejores amigas, mis hermanas por elección, son mis compañeras del internado.
Ahora que soy madre puedo imaginar cómo se sintió mi mamá, tanto el día en que me dejó en el colegio, como ese día de mi llamada, cuando me dio una de las más grandes lecciones de mi vida.
Entonces, nada de regresarse a la casa. Ahí seguí. En el colegio de señoritas.
Un colegio en el que seguíamos el plan de estudios de Estados Unidos, pero aquí en México. Un lugar en donde conviví con otra cultura, otras costumbres, otras personas. Cultura y costumbres muy diferentes a las de mi papá, en las que sí se podía una acercar a “la otra mitad de la humanidad”. Así que aunque los hombres no podían tomar clases con nosotras ni ¡horror!, mucho menos vivir en el colegio, si podían visitarnos después de clases o los fines de semana, y eran invitados a los eventos sociales que se organizaban varias veces al año. O sea que aquí sí “salió junto con pegado” y en el internado pude hacer lo que en mi casa estaba tan prohibido: una vida normal, con amigos y amigas, fiestas “mixtas” y todas esas “rarezas” que implican crecer.
Y así, lo que al principio me pareció un castigo totalmente inmerecido, se convirtió en una maravillosa oportunidad.
Vivía yo en un lugar lleno de luz, con hermosos jardines, y pasillos soleados. En donde pude darme cuenta que, efectivamente, así es la vida y que hay que sacar fuerzas de flaqueza para cambiar lo que no nos conviene. Un lugar con una biblioteca bellísima y muy grande en donde pude dar rienda suelta a mi gusto por la lectura, aprendí que lo mejor es disfrutar los poemas, las novelas o los ensayos en el idioma en el que fueron escritos. El lugar en donde me enamoré de las palabras e hice los primeros y muy tímidos intentos por escribir, que por cierto se quedaron perdidos en algún cuaderno después de no haberse convertido en una gran novela como mi implacable juicio exigía, y por consiguiente, nunca vieron la luz. Pero creo que fue mejor así, porque ahora escribo lo que quiero y porque quiero. No juzgo, no exijo, no espero perfección.
Porque ahora puedo soñar con palabras nuevas y rescatar las que habían estado escondidas. Puedo jugar con las que siempre han estado conmigo, hacerlas mis cómplices, mis compañeras. Puedo vivir y compartir con esta parte de la humanidad que tiene tanto que decir, y robarle a la otra mitad las palabras que ha guardado para sí.
María Teresa—Agosto, 2011
¿Qué te parece este texto? Escribe aquí tus comentarios o envíalos a diana.perez@demac.org.mx
Gracias, por compartir!!
Por Citlal Ramirez (no verificado)Que hermosos pensamientos,
que lindos recurdos,
y qye diferentes circunstancis nos unieron.
Si Marite, asi es la vida, y es maravillosa!
Gracias por ser parte de la mia.
y feliciddes, no dejes de compratir y de plasmar tus pensamientos y tus ideas con los demas,
nos enriqueses.
Con much cariño, con amor, y con todos los recuerdos que nos unieron y nos unen,
Citlal.
Mi admiración
Por María Enriqueta (no verificado)Hermosa Marité, tus escritos reflejan la intensidad de tu corazón. Esto de madres e hijas, lecciones y oportunidades, con fuerza y debilidad, es un tema lleno de vida. Estoy segura que has empezado a darle un nuevo sentido a tanta vida, que al compartirla nos das la oportunidad de escuchar nuestras propias historias y vernos como mujeres con construcciones diferentes. Sigue adelante que ya sabes que soy tu mas grande admiradora, que muere por seguir leyéndote, leyéndome, leyendo…
Felicidades amiga!
Por Laura (no verificado)Este pasaje de tu vida ya lo habías compartido antes conmigo, pero antes no pude saborearlo como ahora y tampoco estremecerme en tu soledad, confusión y temores que viviste en tus primeras semanas de ese internado.
Sabiamente supiste girar el rumbo del castigo, injusto y doloroso, en la mayor de las oportunidades para tu crecimiento, tu autonomía y tu fortaleza, de la misma manera en que día a día giras lo turbio en transparente y luminoso.
Gracias por abrirnos tu alma
Comentario sobre Ma. Teresa
Por Conchita (no verificado)Soy la hermana menor de esta quinceañera novata llegada de ese pequeño lugar donde no había lugar para muchas cosas e intereses de una jovencita de sólo quince años... a quien si siempre he admirado desde que era yo una niña y mis papás me llevaban con ellos a visitarla en " el internado", y de quien nunca me despegaba ya que la tuve cerca... desde entonces y hasta hoy, pero hago énfasis en el HOY porque después de leer esta experiencia de vida a tan corta edad y las consecuencias de ello, por así llamarlas, mi admiración ha crecido aún más, porque a través de sus palabras la he conocido otro poco, he visto nuevamente esa sabiduría y templanza , que de mi madre, que aún con el dolot más grande de haber dejado a su hija mayor SOLA frente a u mundo completamente desconocido para esa niña, le dió el valor para salir adelante y no sólo por esa ocasión, sino para toda una vida que venía por delante.... y QUÉ VIDA HERMANA!!!!
TE QUIERO y no me cansaré de decírtelo TE ADMIRO!!!!.
Con mucho amor:
Conchita.