Talladoras de Palabras

Julio, 2011

Segundo secreto Rojo Carmesí

Segundo secreto Rojo Carmesí-23840

 Cráteres

Rojo Carmesí

Julio 2011

Empiezo a cuestionarme: ¿Será que ya estoy metida en el peligroso juego del “ni me acuerdo”? ¿De veras merecía que las mujeres que me rodeaban me arrojaran piedras cuando empecé a tomar mis propias decisiones? A saber…

Metafóricamente hablando, por supuesto que he recibido y atesoro valiosas aportaciones que me han servido para maniobrar mejor en la vida; pero por más que busco y rebusco en mi memoria, ninguna me llegó a través de una mujer.

Con valor me remonto en el tiempo y, de la mano de mi mamá, regreso a las calles donde ella acostumbraba hacer sus compras o visitar amistades. Recuerdo que frecuentemente nos deteníamos para platicar con sus conocidos. Yo ya sabía responder con amabilidad a los saludos y, si me lo preguntaban, les informaba mi edad, cómo estaba mi papá y si me gustaba ir a la escuela. Cuando nos despedíamos casi siempre recibía yo una caricia en la cabeza.

Algunas mujeres me preguntaron por qué yo no me parecía a mi mamá: tan bonita, tan blanca, tan fina. Mi madre les respondía que mis hermanos y yo habíamos sacado la cara de mi papá. Entre risas esas mujeres le decían que ella nunca iba a recibir reclamaciones del marido.

Uno de esos días nos encontramos a una mujer vieja que hacía mucho tiempo no había visto a mi mamá. Doña No-me-acuerdo le hizo muchas preguntas para ponerse al corriente. Cuando llegaron al tema de los hijos y se enteró que yo era la mayor, pensé que había llegado mi turno de responder a lo que siempre me preguntaban; sin embargo, esa mujer no me miró, no me acarició, no me hizo ninguna pregunta. Solo dijo: “Pobrecita, nació mujercita. Nació para sufrir.”

Esa frase me sacudió. A mis cinco-seis años, nadie me había pobreteado. Además, yo no lograba entender por qué la vieja decía que yo había nacido para sufrir. No recuerdo que mi mamá hubiera neutralizado el comentario. Yo tampoco dije nada porque, en esos tiempos, las niñas educadas no cuestionábamos a los adultos. Indudablemente, las palabras de esa mujer formaron mi primer cráter.

Mi niñez y adolescencia transcurrieron en un grato ambiente familiar. Con gusto y sin grandes esfuerzos, cumplía con lo que se esperaba de mí y, a cambio, recibía cariño y protección. Todo empezó a complicarse cuando ingresé a la universidad y honestamente tuve que reconocer que no me gustaba la carrera que había elegido. Como compensación también descubrí, maravillada, una libertad de pensamiento que nunca había imaginado.

¿Cómo enfrentar mi primer gran conflicto existencial? Mi inexperiencia me hizo barajar sólo dos alternativas: cambiarme de carrera y continuar estirando la mano para recibir mi manutención durante varios años más -con el agravante de que había perdido un año escolar por mi mala elección-, o buscar la manera de ser económicamente independiente para adueñarme de la libertad que ya había vislumbrado. 

Hablé con mis padres y me dijeron, sin mayores comentarios: “no hay problema, si no te gusta la carrera, deja la universidad”. Con su apoyo, terminé en tiempo record una carrera comercial, empecé a trabajar como secretaria bilingüe y me encantó ganar mi propio dinero. Nuevamente se ensancharon mis horizontes. Soñaba con viajar a Canadá, a Europa… volar con mis propias alas. Por mi emoción, olvidé que las “señoritas decentes” salían con chaperón y que esperaban que, cómo “buena hija”, yo entregara el sueldo a mi mamá para que ella lo administrara. Para que me quedara bien claro, otra mujer me golpeó con: “pasaste de arquitecto a albañil”.

En 1969 yo languidecía por la sutilísima “guerra fría” que me habían declarado en casa; me ahogaba y sabía que no tenía muchas posibilidades de negociar. Literalmente todo empezó a calentarse cuando mi novio y yo avisamos que nos casaríamos. La pregunta que no me hicieron pero que flotaba en el aire era: ¿estás embarazada?

En el inolvidable abril de 1970 obtuve la ansiada libertad a cambio de una austera boda, con vestido de novia usado y sin fiesta. En medio de un alud de opiniones, la que sí dejó cráter fue la que me lanzó mi abuela: “¿qué tú no vales un vestido nuevo?”.

Meses después, la relación con mi familia se tensaría aún más porque avisamos que no queríamos tener hijos en un futuro cercano y que yo trabajaría. Para entonces, yo había aprendido a esquivar las pedradas o a defenderme si consideraba que valía la pena. 

Por salud mental, traté de olvidar las linduras que me dedicaron:

“Cuando quieras, no vas a poder embarazarte”

“Te estás arriesgando a tener hijos deformes”

“Hasta cuándo te va a tener trabajando”

“Luego no te quejes de que se haga un desobligado”

Ojalá pudiera yo aprender de nuestra luna que sigue girando y dándonos luz, a pesar de estar llena de cráteres.

 

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02 Ago00:37

comentario

Por Anónimo (no verificado)

ES INTERESANTE LA HISTORIA ENRIQUECE LO Q MUCHAS PEQUES NO SABEN EN ESE MOMENTO DE SU NIÑEZ, Y Q DEJAN HUELLA PROFUNDAS QUE DEBEN SANAR PARA NO HACERNOS DAÑO EN NINGUN MOMENTO DE ESA BELLA VIDA Q DIOS NOS REGALO.