Talladoras de Palabras

Noviembre, 2011

Sexto Rojo Carmesí

Sexto Rojo Carmesí-23882

 La Montaña

Rojo Carmesí

Septiembre 2011

 

Haber gastado ya más de la mitad de los pasos que voy a dar en este mundo, me regala una cierta perspectiva de la ruta andada. Acepto que perdí muchas horas caminando sin destino, en círculos; desperdicié otras tantas, siguiendo veredas que me condujeron a ninguna parte y llegó el momento en que perdí el rumbo. Para que no me venciera el desaliento, me repetí una y otra vez que la majestuosa montaña que yo quería conquistar, existía y que, si avanzaba sin perderla de vista, llegaría y podría iniciar el ascenso. Ilusa.

Seguramente muchas de las mujeres que me precedieron −y una que otra que vendrá detrás− también se movilizaron sin tener un mapa, una brújula, una ligera idea de los obstáculos a vencer. ¿Emprender el camino sin prepararnos previamente será una constante entre nosotras? o ¿Fue uno más de mis errores?  Sobre la marcha tuve que asimilar que, desafortunadamente, querer no basta para poder. Es indispensable contar con la preparación, el apoyo, la disciplina que cada objetivo requiere.

En mi recorrido encontré a tantas que, al igual que yo, penosamente se esforzaban por avanzar en solitario hacia una nueva forma de vivir, que tuve que cuestionarme: ¿Por qué nosotras no hemos aprendido a formar equipos, a establecer alianzas, a fijar metas comunes, a reconocer liderazgos, para poder tener más logros que fracasos? ¿A quién le conviene que sigamos esforzándonos, aislada y arduamente, sin alcanzar la cumbre? No a nosotras.

No es una justificación para la falta de realizaciones trascendentes, pero mi generación literalmente abrió caminos insospechados a mano limpia, y casi sin antecedentes o historias de éxito que sirvieran como inspiración. Me encantaría tener la certeza de que sólo un reducido grupo de despistadas no logramos ascender; pero mucho me temo que fuimos mayoría quienes nos quedamos acampando en los valles y faldas de la montaña. 

Las más audaces y mejor preparadas, las más visionarias y realmente comprometidas con su proyecto personal, lograron consolidarse en sus artes o profesiones; viajaron para ampliar sus horizontes, realizaron estudios de posgrado y, merecidamente, alcanzaron su cumbre. A cambio, casi todas tuvieron que pagar costos realmente altos: feroz competencia de quienes debieron ser sus aliadas naturales, incomprensión a su vocación, divorcios, culpabilidad elevada a la “n” potencia por no cumplir con los roles que la sociedad impone a las mujeres, soledad…

Siempre tengo más preguntas que respuestas: ¿Por qué cada mínimo logro o reconocimiento que fui obteniendo, por y para mí, llegó acompañado por la velada advertencia de que no era conveniente hacer a un lado mis obligaciones primordiales de madre, esposa e hija? ¿Cuántas veces algo o alguien se encargó de recordarme que si descuidaba “lo valioso”, irremediablemente me quedaría sin marido, sin hijas, sin familia? ¿Por qué la mejor propuesta laboral de toda mi vida llegó justo cuando me quedé sin Josefina, la señora que me apoyaba en el cuidado de mis hijas mientras yo trabajaba?

Con una niña en primaria y otra que empezaba el kínder, tuve que renunciar a mi trabajo y volver a ser mamá de tiempo completo. En esa época me repetía que nunca más iba a depender de terceras personas. Ahora me doy cuenta de que yo no dependía de nadie, sino que tenía dos niñas pequeñas que necesitaban atención, amor, cuidado y, ellas si, dependían de mí. Entendí que lo importante era avanzar juntos y al paso que nos marcaban las hijas.

Como familia, una vez más tuvimos que adaptarnos a los cambios. Más gastos, menos ingresos, inflación galopante. El trabajo doméstico me absorbió y mis horizontes se achataban más y más. Para que no se pudrieran, guardé mis ambiciones personales en el congelador. Cuando más lo necesitaba(mos), recibí una propuesta laboral menos atractiva, pero más al alcance de mis posibilidades.  Mi esposo y yo sopesamos pros y contras y regresé a trabajar, ahora sin apoyo doméstico. Entramos a formar parte del divertido club “hágalo todo usted mismo(a)” y poco a poco me reconecté al mundo de los adultos. Sorprendentemente volví a soñar con proyectos propios. Como entonces el único tiempo libre que me quedaba, lo tenía que utilizar para asearme y dormir, otra vez fui incapaz de materializar mis sueños.

¿Cuál ha sido mi principal propulsor a lo largo de tantos años? ¿Qué fuerza interior me ha empujado? Como me arranqué casi todas las etiquetas que fueron adhiriéndome sin mi consentimiento (obedezco y callo, es mi cruz, nunca lo diré, las niñas no debemos hacer tal o cual cosa, tú mandas, etcétera), tuve que emprender una incesante búsqueda para encontrar con qué rellenar todos los huecos que quedaron en mí. Creo que mi terquedad para combatir los prejuicios en contra de las mujeres también ha sido un factor determinante para no bajar la guardia. Finalmente, el orgullo o la casta me han dado la fuerza necesaria para levantarme las muchas veces que me he caído.

¿Cómo me veo a mi misma? A mis sesenta y pocos: sana, lúcida, llevando a cuestas cicatrices físicas y emocionales que me recuerdan que pude sobrevivir a pequeñas y grandes batallas; que todavía albergo deseos de seguir aprendiendo y que estoy decidida a darme la oportunidad de llenar mis horas con experiencias enriquecedoras. Acepto lo magro de mis logros pero al mismo tiempo, me enorgullezco de que los conseguí a base de esfuerzo, de tesón, de constancia.  Me he mantenido fiel a mis convicciones a pesar de los costos que tuve que pagar. 

Me siento bien porque a lo largo de muchos años, me he disciplinado para no desalentar los sueños, los proyectos, los anhelos de quienes generosamente los han compartido conmigo. Sigo pensando que en esta vida todo es posible y que, aún quienes no hemos logrado conquistar nuestra cumbre, podemos y debemos dar a conocer nuestras experiencias para que otros alpinistas no cometan errores básicos y, con información confiable y desinteresada, se enfoquen en alcanzar la cima.

 

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