El valor del perdón
Sólo el que perdona es el que obtiene
el beneficio de ser feliz.
¡Señor, dame la gracia de transformar
el dolor en amor!
Nunca antes me había atrevido a plasmar de manera escrita sentimientos tan íntimos y desagradables que en pocas ocasiones me asaltan, no me permito que afloren en mi ser, enferman el cuerpo y envilecen el alma. Sin embargo, he de confesar que, en ocasiones, indago y me cuestiono si será mejor mantenerlos enterrados en el rincón mas recóndito de mi memoria y creer que nunca surgieron, que no hubieron motivos ni razones que los suscitaran; otras tantas pienso que explayarlos me serviría para desfogarme, ahogarlos en mis lágrimas y por fin sentirme liberada. Quizá los supere y el dolor que de ellos emana ya no tenga ningún poder en mi, gracias a la mejor y única medicina para sanar y vivir, o mejor dicho, ¡resucitar!, hablo, sin lugar a dudas, ¡del valor del perdón!
En estos momentos estoy por descubrirlo; comenzaré compartiéndoles que los recuerdos más tristes que vienen a mi mente tienen como común generador el alcoholismo de mi padre, sí, no puedo decir que mi padre en si porque a él lo recuerdo como un hombre de carácter fuerte, de convicciones firmes, diplomático, determinante e impositivo y con cierto machismo arraigado; siempre hablando a gritos (ahora sé que es porque no se siente escuchado), inteligente, muy capaz laboralmente, pero con una enfermedad cruel y avasalladora, sí, digo bien, ¡avasalladora! Porque una vez que el humano entra en ella la salida es difícil, ¡hablo del alcoholismo!, este lo transforma en un ser visceral, confundido, con muy poco amor a si mismo y, por ende, a los demás.
Haciendo remembranzas, vienen a mi mente aquellas fiestas familiares y otras tantas en las que observaba a mi padre sumamente alcoholizado, tornándose siempre muy impetuoso y negativo. Los días laborales sólo lo veía muy temprano antes de que se fuera al trabajo y, si llegaba antes de las 20 horas, podía saludarlo, de otra manera ya no lo veía, porque para estos momentos tenía que estar en mi recámara dispuesta a descansar para el otro día asistir a mis quehaceres escolares.
Mi padre fue muy estricto en su educación, cosa que en verdad le agradezco, pero aún recuerdo que conmigo fue un poco exagerado en la misma, como soy la primogénita solía decirme con constancia que, por ser la mayor, tenía más responsabilidad porque sería el ejemplo a seguir de mis hermanos; por ende tenía que obrar con rectitud y sacar excelentes calificaciones, que gracias a Dios no me costaba mucho obtenerlas.
El principal motivo de peleas de mis padres era a razón de su alcoholismo: mi madre lloraba por sus infidelidades. Recuerdo con tristeza que mi padre llegaba borracho a casa los fines de semana y siempre renegando de Dios y de la familia, se tornaba muy agresivo con todos, incluso le decía a mi madre que estaba harto de todo y golpeaba las paredes; en una ocasión rompió de un puñetazo un roperito de conglomerado que mi madre, ingeniosamente, cubrió a manera de adorno con un papel metálico que recortó en forma de rombo para tapar el hueco. Todos estos momentos fueron difíciles para mí y mis hermanos, nos estresábamos demasiado y más que respeto le teníamos miedo.
Mi madre fue muy inteligente. Nosotros le preguntábamos el por qué de la actitud de nuestro padre, pero sobre todo el por qué de su alcoholismo. Yo no sé si a él alguna vez le pasó por la cabeza que, con esas acciones, lo único que lograba era establecer un distanciamiento con sus hijos, y más aún que le tuviéramos recelo y hasta sentimientos poco agradables mismos que no pasaron a más, ya que mi madre nos explicó el inmensurable valor del perdón. Ella nos decía: “aquel que te hace sufrir, sufre inmensamente más que tú, su padre está mal, el alcohol le trastorna el pensamiento, perdónenlo y pídanle a Dios que lo ilumine”.
Aunque al igual que todos aquellos que les ha tocado conocer la miseria humana, difícilmente podíamos contener bajos sentimientos, y confieso que hubo ocasiones en las que su alcoholismo estaba tan avanzado que convulsionaba y parecía que un animal lo poseía, maullaba como un gato, mi madre lloraba desesperada ante este atroz espectáculo; con angustia, ella soplaba su nariz para darle respiración, decía que con las convulsiones perdía oxigeno y se destruían las neuronas.
Tanto me molestaba la actitud de mi padre que, sin pensar y de manera impulsiva, le decía a mi madre, déjalo, ya no te desesperes, no vale la pena luchar por alguien que no quiere luchar por él mismo, que no se quiere, que te hace sufrir tanto; confieso que en demasiadas ocasiones prefería que se divorciaran para que cada uno siguiera su camino y encontrara su verdadera felicidad, todo antes que seguir viviendo un infierno como ese.
Si no hubiese sido porque vivíamos en casa de mi abuela materna, una mujer sabia y profundamente espiritual que me enseñó de valores y del amor de Dios, seguro que otra hubiera sido mi historia, ¡muy triste, de eso estoy segura!
En muchísimas cosas mis padres no comulgaban, pensaban muy distinto y. pese a que yo tengo mucho de mi progenitor, la mayor influencia para forjarme como soy, la recibí de mi madre.
Mis recuerdos menos agradables son como cuando, por ejemplo, a mi padre le gustaba pellizcarnos las pompas a mi hermana y a mi en señal de un cariño atendiendo a sus palabras; a medida que íbamos creciendo eso nos incomodaba en demasía y lo hacía aún más cuando estaba bajo los efectos del alcohol; de pronto le entró el gusto por empezar a besar nuestros labios, (aclaro, sólo de contacto), según él era muy normal, pues en su familia lo hacían y, a pesar de que a mi madre y a nosotras no nos gustaba porque lo reconocíamos como una falta de respeto, él argumentaba que la morbosidad la teníamos nosotras en nuestros piensos.
En fin, lo más detestable de mis remembranzas fue aquella noche que llegó muy alcoholizado y se fue a meter bajo las sabanas de mi cama. Yo sentí mucho miedo, el hediondo olor que despedía de su boca y que transpiraba de su cuerpo me asqueaba. De pronto me volteé para darle la espalda y el se acercó estrechando mi cuerpo contra el suyo, sentí algo duro al nivel de mis caderas que me asustó; inesperadamente metió sus manos bajo la blusa de mi pijama y comenzó acariciarme y a decirme que me estaba desarrollando muy rápido. Obviamente me incomodé mucho e impulsivamente le retiré las manos. Nunca antes se las había sentido tan sucias como ese día. Molesto, me dijo que no me sintiera mal, que era mi padre y que no me acariciaba con maldad ni como hombre, simplemente como mi padre y nuevamente volvió abusar de mi cariño y la pureza de mi corazón. De repente sentí sus dedos tocando mi pubis exclamando a su vez, en tono de sorpresa, que ya me estaba convirtiendo en mujer porque percibió mis incipientes vellos de púber.
De manera arrebatada, y como pude, me levanté elevando la voz y le pedí que me dejara descansar, que me incomodaba y que, por favor, se retirara a su recamara. Seguido, mi madre hizo acto de presencia, le pedí en tono de suplica que, por favor, se lo llevara, que necesitaba dormir.
Como han de imaginar, aquella como otras tantas noches en las que él llegaba en ese estado no podía conciliar el sueño, mi estrés era bastante y mis traumas también.
Al otro día le dije a mi madre todo lo ocurrido para que ella hablara con él, así lo hizo pero mi padre, molesto, delante de mi madre, se volvió a excusar de su acción con el mismo argumento de siempre, que él me veía como su hija y que sus caricias no tenían morbo alguno, pero sobre todo, que por ser mi padre nunca haría algo que me hiciera daño. Lo que no entendía o no le convenía entender es que ese daño ya me lo estaba haciendo.
Gracias a la excelente relación que llevaba con mi abuela, y como veía a mi padre queriendo reincidir en su actitud de los pellizquitos y los besitos de pico y mi madre no hacia más porque simple y sencillamente todo le disculpaba, argumentando que lo amaba demasiado y que nunca podría dejarlo porque no se concebía con otro hombre, y como ella no tenía ninguna profesión ¿quién nos iba a mantener?, termine platicándole todo a mi abuela para que ella interviniera. Así lo hizo, hablando fuertemente con mi madre y pidiéndole de favor que cuando mi padre estuviera bajo los efectos del alcohol, de preferencia no se acercara a ninguna de sus hijas. Infinitamente le agradeceré a mi abuela su fortaleza y su protección, no sólo en acciones, también en oraciones.
Con los años he aprendido que no hay mejor medicina que el perdón, a mi padre el alcohol lo pierde, ya en etapa adulta cometió otra falta de respeto a mi persona pero esta fue sólo de manera verbal, misma que nos llevó a un distanciamiento. Sin embargo, una de mis mejores amigas, que en ese entonces estaba tomando una terapia psicológica y que también había pasado por problemas de esta índole, me compartió algo que he aplicado y que me ha dado excelentes resultados. A propósito, me parece oportuno transmitir que la escritura es catártica, terapéutica, te ayuda a externar, te desfogas, te liberas, concientizas, pero también es importante ser parte de las soluciones, no sólo del conflicto y de las cuitas que nos embargan y, en muchos casos, nos identifican y unen; el valor del perdón es lo más grande, ¡sólo aquel que perdona de verdad es capaz de amar!, ¡sólo los amados aman!, el perdón es abandonar la resistencia en contra de algo o alguien; mi amiga me dijo: amiga, perdona a tu padre y a tu madre y perdónate a ti misma para que puedas ser feliz, ve a tu padre como lo que es, un ser enfermo. Lo que busca en el alcohol es algo que le hace falta; y a tu madre una mujer enferma en su co dependencia por él o en su poco amor a sí misma. Son tus padres, no es sano vivir albergando odios, rencores o resentimientos en tu interior, porque terminan por aniquilarte, son como un cáncer que te mata lentamente. En tanto, pídele a Dios por ellos, tu cumples si les haces ver sus yerros, pero sólo en ellos está el cambio, estas batallas son personales, tú obtén la tuya a través del perdón. Recuerda que el beneficio del mismo sólo lo obtiene el que perdona, pero ojo, no confundas, el hecho de que perdones no significa que las cosas vuelvan a ser como antes de las heridas o que permitas “x” o “y” situación, tienes que ser inteligente. Esto último me sorprendió, nunca antes lo había pensado, porque en el malestar de nuestra cultura creemos que perdonar de verdad es dar permiso para que todo vuelva a ser igual que antes de la ofensa.
Hoy por hoy soy feliz, amo a mi padre, amo a mi madre, los conozco y los acepto con virtudes y defectos, amo el valor del perdón porque este me hace feliz.
Catalina Araceli Castañeda Estrada
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Aracelí no vaciló en
Por amparo (no verificado)Aracelí no vaciló en defenderse cuando se vio fisicamente violentada y tuvo la entereza de hablar con su madre y con su abuela para pedir su apoyo. Estas dos mujeres reaccionaron como pocas madres o abuelas lo hacen: enfrentando de manera directa al padre agresor y recriminándole su coducta. Se trata sin duda de una familia de mujeres valientes que se apoyan mutuamente. Después de recorrer sus recuerdos, Aracelí conoce a sus padres como son y alcanza genuinamete el perdón y llega al amor. Gracias pir sutestimnio ejemplar y !felicidades!