Talladoras de Palabras

Septiembre, 2010

Tercer ritual Calixta

LA MALDICIÓN DESESPERADA

La decisión para elegir y poder parir esta escritura duró más de nueve días, por lo tanto sé que habrá problemas y el parto quizá sea difícil, pero esta noche he comenzado con dolores intensos y es necesario que camine y camine para que la escritura salga, sé que este parto será muy doloroso, pero aquí estoy, decidida a parir y agradecida con las parteras Serenas por ayudarme y recibir a mi criatura.

Entre los años 1968 y 1971, la miseria, el dolor, el llanto, la enfermedad, el alcoholismo y el hambre, entre otras cosas, rodeaban la vida de la familia, constituida por siete niños y dos niñas, todos menores de 14 años, yo era  (soy) la mayor y el más pequeño de mis hermanos tenía un año de edad. Al nacer mi último hermano, mi madre comenzó a tener problemas en los riñones, todo como consecuencia de la mala vida que llevaba con mi papá,  vivía desnutrición, pues la comida era primero para el esposo y luego para los hijos, al último era ella, además, mi papá era alcohólico, golpeaba mucho a mi mamá y todos nosotros lo único que hacíamos era gritar y llorar ante las escenas frecuentes de violencia.

Cada vez que mi mamá se embarazaba yo lloraba mucho, porque ella tenía los hijos pero yo los cuidaba dado que ella salía a trabajar, mi papá nunca asumió la responsabilidad de cuidarnos ni de atendernos.

Un momento muy doloroso fue el año de agonía de mi mamá, esto fue muy difícil para mí, ya que nadie de su familia ni de la familia de mi papá se interesó en visitarla en el hospital “20 de noviembre”, todos fueron indiferentes ante la situación tan problemática que vivíamos. Mejor Lupita, una amiga de mi mamá, pudo arreglar que en la tienda para los trabajadores de la Secretaría de Hacienda nos proporcionaran una despensa enorme cada mes, ya que los trabajadores dejaban de recibir su salario cuando la enfermedad rebasaba los doce meses.

Esta enorme despensa nos alcanzaba muy bien, aunque mis hermanos, los más pequeños, se fastidiaban de comer casi de diario lentejas, arroz, alubias y frijoles. Recuerdo que Carlos, uno de los hermanos más grandes, sacaba tortillas duras de una bolsa que mi mamá colgaba en la pared y él gustosamente las calentaba y les untaba chiles en vinagre, las comía tan delicioso que al rato ya nos tenía a todos rodeándolo para que nos hiciera una “tostadita”.

Para mí era muy agobiante atender por la mañana a mis hermanos y dejar la comida lista antes de irme al hospital, mi cuerpo aparentaba menos edad, era muy delgada; a mis catorce años pesaba como cuarenta kilos, así que me tenía que hacer peinados altos y pintarme los ojos y la boca para verme más grande y así poder ingresar al hospital. Me daba mucha tristeza ir sola, ya que cada vez veía peor a mi mamá, nadie me quería dar informes a mí y siempre decían que fuera por una persona mayor. La agonía y el sufrimiento de mi mamá fueron largos y muy dolorosos para ambas. Me dolía que mi mamá dijera que, cuando ella muriera, estaríamos mejor, que por lo menos con el seguro de vida que dejaría compraríamos un lugar donde vivir y dejaríamos de andar rentando.

Me molestaba mucho que me dijera eso y comenzaba a platicarle de todas las travesuras que hacían mis hermanos, trataba de distraerla y de que sonriera un poco, aunque al salir del hospital yo me fuera todo el camino llorando por la impotencia, por la soledad, por la miseria, porque además estaba por terminar la secundaria y yo quería seguir estudiando y sabía que ya no lo podría hacer. Me sentía agobiada por todo el trabajo que se me había impuesto y por la falta de apoyo de mi papá y su problema de alcoholismo. El 11 de enero de 2007, recordé mucho a mi mamá,  ella había nacido ese día pero en el año 1939. Al recordarla escribí lo siguiente:

La agonía del cuerpo

El cuerpo ha perdido la alegría, parece que ha olvidado todo lo que le da vida.
Ahora lo embarga: el dolor, el ardor… sus poros gritan, lloran, se duelen,
Porque la enfermedad lo ha inundado.
El cuerpo escucha el dolor de otros cuerpos cercanos que al igual que él,
Se duelen y desean ya no estar… aquietarse.
El cuerpo es llanto y es grito
El cuerpo es de una madre que no quiere estar ahí
Porque sus pequeños y sus hijas la esperan
Desean sentir sus caricias, sus besos, los extrañan,
Necesitan su sonrisa, su presencia, su calor, necesitan de su amor.
El cuerpo lucha largo tiempo, se niega a dejar de existir,
Finalmente, se agota, se entrega a la tierra
Quien lo recibe con los brazos abiertos,
y lo estrecha,  y lo acoge, y lo transforma en ausencia.

La tarde del 13 de noviembre de 1971, al llegar al hospital, no me explico por qué no me fui directo al piso donde estaba mi mamá y acudí al área de informes a preguntar por su estado de salud. La trabajadora, al verme, me dijo que era necesario que fuera por una persona adulta; entonces sentí un dolor extraño en el corazón y comencé a caminar de manera automática hacia la parada del camión. Durante horas mis ojos no dejaron de llorar en un silencio interminable, sólo pensaba en que ése día ya no besaría a mi madre ni me miraría más con sus ojos pequeños pero grandes de amor inmenso. Por este acontecimiento me enojé mucho con Dios y comencé a reclamarle muchas cosas, Él sólo guardó silencio y dejó que desahogara mi tristeza, coraje e impotencia ante la muerte de mi madre.

Después del funeral, Lupita, la amiga de mi mamá, gestionó todo lo del seguro de vida y abrió una cuenta  a mi nombre, pero poniendo de albacea a mi abuela paterna, diciéndome que sólo si yo autorizaba ella podría sacar dinero del banco, yo sólo tenía 15 años y dependía totalmente de mi abuela. A pocos días del sepelio, mi abuela  nos llevó a vivir a su casa y nos hacinó a los nueve nietos y a mi papá en un cuarto de seis metros cuadrados, aun cuando su casa era grande.

En la casa de mi abuela, de diciembre de 1971 al 21 de diciembre de 1972, fue el peor año de mi vida y de la vida de todos mis hermanos, fue el crujir de dientes, el sudor no sólo en la frente sino en todo el cuerpo, ni siquiera mi papá con su alcoholismo y su violencia fue capaz de realizar un maltrato infantil tan extremo.

El hijo preferido de mi abuela, fruto de su segundo matrimonio, nunca quiso estudiar, así que mi abuelito lo metió a trabajar a la presidencia, él fue guardaespaldas de equis presidente, ustedes saben que ellos reciben capacitación de muchas formas. Lo único que recuerdo es que cuando llegaba a la casa ponía en su tocador una tremenda pistolota y un fajo de billetes.
Por las tardes yo me iba a la iglesia con mi tía, hija también del segundo matrimonio de mi abuela, cuatro años mayor que yo, asistíamos a las reuniones de jóvenes y era un momento muy bonito para mí, así que me agradaba ir, lo que me llamaba la atención es que siempre, antes de salir, alguno de mis hermanos me decía que no me fuera y se quedaba llorando; yo creía que era porque me extrañaban o porque no les gustaba quedarse en la casa, pero no los podía llevar porque sólo iban jóvenes. Mientras yo no estaba, mi abuela permitía que el tío Pepe, “el guardaespaldas”, aplicara a mis hermanitos todas sus técnicas de sometimiento, es decir, les metía los dedos mojados en las conexiones de una lámpara, les echaba el gas del refresco en la nariz, les metía la cabeza en una tina con agua hasta que comenzaran a forcejear con él, se les encimaba hasta sacarles el aire, les pegaba en el estómago y los dejaba tirados, casi desmallados; los bañaba con agua muy helada en el jardín y todo era llanto, dolor y gritos. Mis hermanos sólo esto me han platicado, pero realmente ignoro todo por lo que quizá pasaron y que, a lo mejor, no cuentan, prefieren callarlo, ahogarlo. Mi abuela calculaba la hora en que llegábamos su hija y yo, entonces amenazaba a mis hermanos sobre lo que harían con ellos si nos decían algo a mi papá o a mí.

Ignorando todos estos acontecimientos, por las noches, cuando acostaba a cada uno de mis hermanos, hacía lo que mi mamá me había enseñado, así que religiosamente los persignaba diciendo: “por la señal de la Santa Cruz de nuestros enemigos líbranos Señor, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, Amén”, pero yo no sabía que vivíamos con el enemigo, que dormíamos al lado de ellos, que los enemigos pertenecen a veces a la propia familia.

La violencia que ejercieron en mí fue doméstica, yo me encargaba de mantener la cocina, el comedor y los baños de la casa limpísimos, a cambio de que me dejaran ir con mi tía a la iglesia. Y por supuesto debía tener la ropa de todos mis hermanos y de mi papá limpia y planchada.

Un día de diciembre de 1972, dos de mis hermanos se enfermaron y me los llevé al Hospital de Hacienda situado en Lago Ontario y Golfo de San Lorenzo, la casa de mi abuela está por el oriente del Distrito Federal, así que significaba que, para llegar al hospital, se atravesaba toda la ciudad. Ése día me tardé mucho tiempo en regresar a la casa. Al llegar, mi tío, el “guardaespaldas”, me comenzó a molestar preguntándome qué por qué me había tardado tanto, que si me había ido a otro lado, que dónde me había ido, y otras tantas cosas con groserías, entonces no me dejé y comencé a responderle de manera altanera y grosera, esto lo irritó y me dio una cachetada tan fuerte que sentí que la cabeza se me iba a voltear, realmente vi estrellitas, sentí que el ojo derecho se me saldría por el golpe tan fuerte que recibí. Todos mis hermanos comenzaron a gritar y a llorar, entonces mi abuela intervino y le dijo que me dejara en paz. Por la noche, cuando llegó mi papá, le dije todo lo que había pasado y le exigí que nos fuéramos de ahí inmediatamente, al otro día mi papá contactó a uno de los fraccionadores de los terrenos de Ciudad Nezahualcóyotl y fuimos al banco, de los cuarenta mil pesos que nos habían dado del seguro de mi mamá, sólo quedaban veintiséis mil, ¡imagínense! no entiendo en qué se había gastado todo lo demás, pero en fin,  con eso mi papá compró dos terrenos y en tres días los albañiles construyeron tres cuartos provisionales. La situación en casa de mi abuela se hizo más tensa y, el 22 de diciembre, cuando llegó mi papá nos dijo: después de Navidad, nos vamos, yo le contesté: ¡vámonos ahora mismo, ya no aguantamos un minuto más en esta casa! Mi padre siempre me hacía caso, entonces cada uno agarramos nuestro suéter roto y nos salimos de esa casa con una alegría inmensa.

Cuando llegamos a la “tierra prometida”, la tierra en la que fluía salitre y polvo, encontramos los cuartos de tabique pelón, sin techo ni piso. Pero todos entramos a ellos como si fuera una residencia de las Lomas de Chapultepec. Mis hermanos corrían de un cuarto a otro preguntándole a mi papá que cuál sería su recámara, que cuál sería la cocina, que cuál el baño, que dónde iba a construir la sala y yo qué sé tantas preguntas al mismo tiempo. Mi papá ni los escuchaba, él estaba pensando donde jijos de la chingada iba a guisar los bisteces que había comprado. Su mirada se quedó fija  en un bote con el que acarreaban el agua los albañiles, fue y lo abrió con cincel y martillo hasta hacer una charola, mandó a mis hermanos a juntar todo el cartón y palos que encontraran; con eso prendió fuego. Mientras, todos observábamos alrededor cómo crecían las llamas, la vecina del lote de enfrente se acercó y preguntó: ¿dónde está la “señora”?, mi papá contestó: ¡aquí no hay señora!, sólo estoy yo y mis hijos, ¿qué se le ofrece?; a mi nada, contestó ella, me llamo Amparo y sólo vine a decirle que si necesitan algo vivo aquí enfrente…Intervine y de inmediato le agradecí y pedí un cuchillo para que mi papá cortara la cebolla y los chiles cuaresmeños. Ella, al ver que no traíamos nada, nos prestó vasos y platos. Ésa comida es inolvidable, ahora mismo siento el calor del fuego, percibo el olor de la carne mezclada con cebolla y chiles en rodajas, oigo el sonido del palo con el que mi padre movía el guiso y miro la alegría y la algarabía en el rostro de cada uno de mis hermanos, sobre todo del más pequeño, quien se había apresurado a acompañar a otro de mis hermanos a traer las “calientitas”.

Esa tarde la naturaleza nos dio la bienvenida levantando una polvareda que sentíamos tierra hasta en los dientes, aún así disfrutamos, saboreamos y comimos despacito el bistec de cada uno; alcanzó como para hacernos diez tacos. Todos pudimos apreciar en el horizonte un cielo que comenzaba a despedir al sol, la luz del día se desvanecía. Nuestra vida amanecía.

Antes que llegara la noche, mi papá escarbaba para encontrar la manguera del agua potable, esto era urgente. Pronto llegó la oscuridad y yo observaba a mi papá pensativo, inquieto, desesperanzado, pero para eso hay remedio, pronto fue y compró su tequila y comenzó a beberlo, prendió un cigarro de los “Delicados”,  y comenzó a platicarnos cosas que no entendíamos.

Mientras, yo pensaba… “esta tierra es nuestra”, pero la agarraba y la sentía chiclosa, fea… reflexionaba “quizá más adelante se componga”. Miraba alrededor y a lo lejos se veía uno que otro cuarto pequeño con techo de lámina de cartón, una sola casa tenía construcción con loza, era la tienda de “Quico”, el panorama era desolador, no teníamos luz, la señora Amparo contaba que había mucho “paracaidista”.

El día había traído muchas alegrías y éstas también agotan, así que llegó la noche, llevé a mis hermanos al cuarto que quedaba en medio de la construcción, sólo estaban las paredes, no había mas que los huecos en los que se colocarían después las ventanas, no había techo ni siquiera de lámina. Entre todos buscamos más cartones y los acomodamos en el piso de tierra. Me recargué en uno de los  ángulos del cuarto, me senté y cada uno de mis hermanos se fue acurrucando alrededor mío como si fuéramos cebollitas; mi papá se tiró cuan largo a nuestro lado y así nos quedamos, todos juntos. Mi hermano más pequeño  preguntó: ¿en cuál estrella está mi mamá? Está en una de las estrellas más brillantes, contesté, ¡mira, quizá es esa, la que más brilla ahora!, entonces todos levantamos la vista hacia el cielo, esa noche oscura se encontraba resplandeciente de estrellas, millones de estrellas, unas cercanas y otras lejanas, les enseñé a “los tres reyes magos”, jugamos a encontrar el conejo que está escondido en la luna, uno de mis hermanos mayores comenzó a mostrarles cuál  era la Osa Mayor, la Menor y otras cosas. La bóveda celeste nos imantó en su profundidad, sin fondo, sin límites. Ahí sentados éramos unos seres diminutos, abrazados por el amor fraterno y cubiertos con los brazos de Dios extendidos en su bóveda celeste. Tuvimos como cobija el amor fraterno y  como  techo el cielo con su luna y sus estrellas. Ésa noche, me reconcilié con Dios y recordé un salmo que había aprendido en uno de esos tantos días que fui a la Iglesia, y que dice: “Miren qué bueno y qué delicioso es que los hermanos vivan juntos en armonía… allí envía Dios bendición”. Curiosamente creo que nunca volví a persignar a mis hermanos. Hice una oración en voz alta y quizá fue tan larga y aburrida para ellos que uno a uno se fueron quedando dormidos, yo no cesaba de mirar el cielo, no cesaba de mirar, en palabras de Poniatowska, la insondable negrura de esa inmensidad sobre nuestra cabeza. Y recé: “Padre, a ti te canto y te alabo porque más grande que los cielos es tu amor y misericordia por nosotros. Amén”.

Calixta

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21 Dic11:28

Que prueba tan grande de fe,

Por Catalina (no verificado)

Que prueba tan grande de fe, templanza y fortaleza de vida nos dejas entrever en tu ritual, que maravillosa manera de plasmarlo y transmitirlo a los demás, ¡felicidades Calixta por tan inmensurable lección de vida! no cabe duda  que tienes un alma grande a Dios gracias.