¿Qué es el tiempo? Para los físicos modernos es la cuarta dimensión. Platón dice que es la imagen de la eternidad en movimiento.
El tiempo es lineal, transcurre en una sola dirección siempre hacia adelante. Es la medida de lo cambiante, es la duración limitada de todos los seres, las cosas y las épocas. Lo dividimos en pasado, presente y futuro para poderlo manejar mejor y lo despedazamos en años, meses, semanas, días, horas y minutos, porque éstos son la referencia para guardarlo en nuestra memoria, pues de otro modo no lo podríamos recordar con claridad.
El tiempo es elástico, se estira o se encoge de acuerdo a nuestras emociones. Qué largo es cuando esperamos la llamada del hombre al que amamos o para ver a nuestros seres queridos, pero qué corto cuando estamos con ellos; eternos nos parecen los días difíciles, las enfermedades, las penurias, pero en instantes se convierten la risa de nuestros hijos, las reuniones con amigos, los viajes, o las noches de entrega y pasión.
El tiempo es paradójico, es nuestro verdugo, no perdona nunca y siempre deja en nosotros su huella imborrable en el físico y en el alma y, sin embargo, también es nuestro salvador, siendo el único que nos puede ayudar. El tiempo lo cura todo, dicen, y es cierto.
Cuando era niña el tiempo pasaba muy lento, tenía que esperar mucho de una noche de reyes a otra. Conforme fui creciendo se hizo más y más rápido y mientras más necesitaba que se alargara para poder cumplir con todo lo que la vida me exigía como esposa, ama de casa, madre, estudiante, hija y profesionista, él corría tan de prisa que parecía un potro desbocado tratando de alcanzar una yegua con quien aparearse.
La vida pasa y el tiempo se alarga, ahora ya no corre. Los hijos ya no están, el nido se queda vacio, ahora vivo sólo con mi marido; llega la jubilación, tengo pocas cosas que hacer y menos compromisos que cumplir, pero él sigue ahí. Ahora pasa lento, tan lento como cuando yo era niña, es tan largo como un gran río y va tan manso y tranquilo que parece que no tiene ninguna prisa por llegar al mar.
El tiempo y la experiencia deben ser parientes pues se parecen mucho. Cuando los necesitamos no los tenemos y cuando los tenemos ya no los necesitamos.
Cronos, como el dios del tiempo en la mitología griega, devoró a sus hijos y tal parece que hasta hoy quiere seguir haciéndolo, nos devora porque no sabemos que tenemos el derecho de disfrutarlo a solas, que debemos tener todos los días una cita amorosa con él, haciendo algo que nos guste, algo que nos haga crecer como seres humanos desarrollando nuestras capacidades. A veces esto no es fácil porque el tiempo es muy avaro y la mayoría de las veces tendremos que robarlo.
Yo lo hago desde hace mucho, le robo para leer, para escuchar música, para aprender algo nuevo, para tejer, para ir al cine, ver televisión, ir a conciertos, comer o tomar café con mis amigas, le robo a veces para no hacer nada, eso es delicioso, y sobre todo le robo para estar sola conmigo misma al hacer meditación, ese tiempo si no lo comparto con nadie, me pertenece sólo a mí. Y como ahora cada día le robo más, sobre todo los recuerdos felices del pasado, pues me he convertido en una buena ladrona, y quizás un día, espero que muy lejano aún, quiera cobrarme lo robado y me llevé con él a un lugar en donde no exista el movimiento y entonces podré comprobar que efectivamente el tiempo es eternidad.
Chelo Magaña.
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