Los recuerdos que guardo en mi memoria, acerca de las vacaciones que en mi infancia pasábamos con nuestros abuelitos maternos, son maravillosos.
En la estación del ferrocarril que llegaba a Ojinaga, Chihuahua, procedente de la capital del estado, nos esperaban ellos, en una troca Chevrolet color guinda, de modelo reciente.
Abrazos, emoción, besos, admiración, entusiasmo. Mi madre contenta pero con la serenidad que en ella fue característica, nosotros algo tímidos pero felices de estar en donde nos recibían de forma tan efusiva.
Al llegar a casa, nos esperaba una deliciosa comida preparada con el sazón tan especial del deseo de compartir en familia el fruto del trabajo.
En la cocina de la casa, había una mesa grande, mis abuelitos ocupaban siempre los extremos, esto era como símbolo de respeto.
Daban gracias a Dios como parte de un ritual, en forma breve oraban por los que no estaban presentes, y mi abuelita servía la comida.
Había un lavamanos y un pichel de peltre en una base de hierro, de donde pendía una toalla, eso venía a ser el lavabo, por las mañanas ahí nos lavábamos la cara, y en las horas de comer las manos.
Además tenían suficientes camas, sábanas y cobijas para dormir, no recuerdo que nadie hiciera tendidos en el piso.
En una máquina de coser mi abuelita se daba vuelo confeccionándonos ropa, con telas que compraba en Presidio, Texas, a mí me fastidiaba que interrumpieran mi juego para medirme las prendas que a decir verdad eran lindas.
Los domingos íbamos de día de campo a la orilla del río, mi abuelo preparaba una cuerda para que brincáramos y una pelota, cobijas para descansar bajo los árboles, comida y refrescos.
Ciertos días nos llevaba de compras a Presidio, nos ajuareaba de zapatos, calcetines, ropa interior, adornos y cintas para el cabello, colores y cuadernos de iluminar, sin faltar telas y retazos para elaborar los vestidos y pijamas que mi abuelita se empeñaba en hacernos.
¿Cómo olvidar unos barrilitos de cartón imitación madera que adquiría en la nevería, con nieve de vainilla, cereza o chocolate?
Como parte del desayuno, nos daban cuadritos de melón con queso cotagge, y a veces en la ensalada, chalupitas de apio con queso crema, yo decía que olía a chino, y a mi abuelito le hacía mucha gracia.
En una estancia estaba un juego de sillones con mecedora, era uno de mis juegos favoritos, después de haber saboreado una fresca rebanada de sandía o alguna otra golosina, me divertía de lo lindo en una de las mecedoras, pero en una ocasión fue tanto el impulso que llevaba la silla, que tiréel espejo de un gran ropero que ahí se encontraba, por fortuna no se quebró por un tapete que lo impidió con la misma velocidad que el espejo cayó, pero oyeron el estrepitoso ruido.
Asustada por ver las caras de quienes presentí querían darme algún par de nalgadas o algo más, intervino mi abuelito, me tomó en los brazos y me dijo- ¿no se lastimó?- No abuelito-.
La segunda pregunta que me hizo fue- ¿Lo hizo adrede? -No abuelito- Bueno, entonces lo que haremos será quitar de ahí el ropero para que usted pueda jugar en la mecedora sin tirar el espejo, ¿Le parece correcto? No permitió que nadie me pegara.
Entre mis escasos juguetes tenía costalitos y cajitas rojas de lámina del tabaco Príncipe Alberto que mi abuelito me regalaba para jugar a la tiendita.
Mi abuelita tenía un fuete detrás de la puerta de la cocina, cuando le preguntaba para qué era, decía –“para quien se porte mal”-, en el tiempo que estábamos de visita no recuerdo que lo hubiera utilizado.
Llegado el día en que debíamos regresar a Topia, había tristeza en la despedida, lágrimas, recomendaciones, aquel lugar que en mi infancia lo vi como un oasis a pesar de ser un gran desierto; tal vez porque en la casa de mis abuelitos había un ambiente de armonía, justicia, paz y amor, pero al llegar el momento de la partida se quedaba sin el bullicio y la algarabía de los nietos de Doña María y Don Alfonso, porque al subirnos al ferrocarril, se escuchaba la voz de un hombre que gritaba… VAAAMONOS.
Juana Carrera Asúnsolo
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